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jueves, 31 de diciembre de 2015

Estrellas en Colisión - Guía de lectura

¡Los Universos de Star Wars y Star Trek colisionan en una aventura que se desarrolla a la velocidad de la Luz!

Fotomontaje de David E. Duarte (1996)

Presentación
  1. El destructor de Estrellas
  2. El sobreviviente de Yavin
  3. Confrontación en órbita
  4. Universos en colisión
  5. El visitante de otra galaxia
  6. En las garras del Imperio
  7. No es el Corelliano que buscaban
  8. Un día de suerte
  9. El juego del ratón
  10. El final está cerca
  11. Cazador y presa
  12. Emboscada
  13. Atando cabos sueltos
  14. Epilogo

Star Trek es una marca registrada de Paramount Pictures. Star Wars es una marca registrada de Lucasfilm Ltd. Todos los personajes y referencias (con excepción de aquellos creados especificamente para esta historia) son propiedad de Paramount Pictures y Lucasfilm Ltd. respectivamente. Ni el autor ni esta obra tienen relación alguna directa o indirecta con Paramount Pictures ni Lucasfilm Ltd. Esta obra se realiza con carácter de fan-fiction, sin ánimo de lucro. Aunque algunos de los eventos están inspirados en las series de televisión, video juegos y películas, esta historia en sí es un producto original que espero disfruten.

Estrellas en Colisión - Epilogo



Concluyó así ese extraño viaje a lo que podríamos llamar otro Universo. Tiempo después, cuando la Federación hubo establecido la paz con el pueblo Klingon, supe que ellos encontraron los restos de la nave que trajo a Kemra a nuestro Universo y que adaptaron sus hiperimpulsores en una de sus Aves de presa. De dicha nave no volvió a tenerse noticias y los Klingon creen que simplemente se destruyó al alcanzar una velocidad por encima del límite, razón por la que abandonaron su investigación. Nosotros sabemos que la nave sobrevivió, pero quizás nunca sepamos qué pasó con su tripulación. ¿Será posible que todavía sean prisioneros del Imperio? Quizás nunca lo sepamos con certeza, aunque he escuchado rumores no confirmados, de que luego de conocer sobre nuestra odisea, los Klingon podrían estar preparando una misión de rescate. ¿Será posible?

Como sea, a la fecha, nadie ha reportado tener una experiencia como la nuestra. Debo confesar, que luego de mis muchos años de viajes por este Universo, fue aquella la primera vez que realmente sentí que habíamos llegado adonde ningún ser humano ha estado antes.

¡Y cuán satisfecho me hace sentir eso!

(Tomado de las Crónicas de los viajes de James T. Kirk, publicado de forma póstuma luego de su misteriosa desaparición en el Nexus en 2294, durante el viaje inaugural de una nueva USS Enterprise).

* * *

A bordo del Superdestructor Executor, Darth Vader reflexiona. Sus pensamientos no tienen nada que ver con la destrucción del Terror durante un reciente Asalto Rebelde, en el que también se perdió el Centro de Investigaciones Imperiales en Imraad Alpha. Nada más ajeno a sus pensamientos que estos a los que consideraba, daños colaterales sin importancia. Lo que realmente le importaba, era la revelación que sustrajo de los recuerdos de Kemra sobre Luke, su hijo. Cuando compartió este hallazgo con el Emperador, consiguió el visto bueno que necesitaba para buscarlo por toda la Galaxia, usando los recursos que fueran necesarios. Otro se hubiera preocupado por ese repentino interés del Emperador en el linaje de los Skywalker, pero le resultaba sin cuidado los planes que el Emperador tuviera. Él tenía los suyos propios. Primero, se encargaría de esa víbora de Xizor y su agenda secreta, y luego…

”Cuando te encuentre, Luke, podremos derrocar al Emperador y regir juntos la Galaxia, ¡como padre e hijo!"

* * *

En Coruscant, el planeta que otrora fuera la sede de la Republica y que hoy es reconocido como la Capital del Imperio, el Emperador Palpatine desciende a las entrañas de un laboratorio secreto, donde personalmente supervisa las investigaciones allí realizadas. En una de las salas de investigación, un grupo de científicos ha realizado un hallazgo sorprendente. Después de mucho intentar, han conseguido reactivar la memoria protegida de un antiguo androide de protocolo, del que sólo conservan la cabeza y al que han podido identificar como D474.

“Interesante”, masculla Palpatine mientras observa e interpreta la información proyectada en la pantalla frente a él. “Si esto es cierto, existe todo un Universo allá afuera esperando. Si he de llevar orden y paz a esos mundos, necesitaré que el hijo de Anakin Skywalker se una al lado oscuro de la Fuerza, después de todo”.

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Estrellas en Colisión - Capítulo 13

Atando cabos sueltos



La USS Enterprise entró al hiperespacio siguiendo la ruta previamente programada por Kemra en las computadoras de navegación. Igual que ocurriera durante el viaje de ida, los campos magnéticos resultantes amenazaron con desestabilizar el reactor, sólo que esta vez Scotty estaba preparado y rápidamente controló la situación, liberando de golpe la energía residual para conseguir el impulso necesario para ir más allá de los límites pre-establecidos. Los escudos deflectores estaban esforzándose al máximo para mantener la nave intacta.

“Aguanta, belleza, por favor”, pensó nuevamente Kirk, tendido en una de las camas de la enfermería.

Finalmente el impulso fue cediendo y la Enterprise comenzó a detenerse. Sin esperar por el permiso del doctor McCoy, Kirk abandonó la enfermería y fue directamente al puente de mando, donde reanudó sus labores como Capitán.

“Reporte nuestra posición, señor Chekov”, solicitó Kirk.

El teniente consultó sus instrumentos y comparó notas con Sulu antes de responder.

“Estamos cerca de la estación espacial Brasilia. Capitán, ¡regresamos!”.

Hubo manifestaciones de júbilo en el puente. Incluso Spock, que se mantenía siempre calmado, celebraba a su modo particular el regreso y aceptaba de buena gana el abrazo de Uhura. Kirk sonrió, era bueno estar de vuelta, lejos de aquel Imperio.

De pronto, la Enterprise se estremeció violentamente y varias de las luces de varias de las consolas en el puente comenzaron a titilar, como luces de Navidad. Algo había explotado, pero no era claro si había ocurrido adentro o afuera de la nave. Quizás ambas. ¿Habían sido impactados por algún torpedo? O ¿acaso las máquinas habían reventado por cuenta de la presión del viaje?

“Spock, ¿qué acaba de ocurrir?”, preguntó preocupado.

“Perdemos potencia rápidamente, Capitán. Aparentemente tuvimos una explosión en la sala de máquinas, pero no puedo determinar la causa. No consigo obtener respuesta alguna de Scott”.

Kirk abandonó el puente de mando y subió al ascensor. Se desplazó luego por la cubierta de acceso a la sala de máquinas y al llegar, el caos que encontró confirmaba el reporte de explosión. Algunos técnicos con heridas leves eran llevados por sus compañeros a la enfermería, mientras otros contenían pequeños focos de incendios. Al fondo, en el lugar donde el reactor debía estar, encontró los restos humeantes de los instrumentos usados para controlar los impulsores y un gran vacío detrás de ellos. El reactor no estaba, había sido expulsado de la nave. Sentado frente a aquel vacío, estaba el ingeniero en Jefe Montgomery Scott, que contemplaba el escenario con la mirada perdida, confundido.

“Scotty... ¿qué ha ocurrido?”, le preguntó Kirk, inclinándose junto a él.

“Capitán, yo… Es algo que tenía que hacer en cuanto regresamos a nuestro Universo. La tecnología de estos motores no era segura, no estábamos listos… o eso creía. Ahora, no lo sé…”

“Scotty, ¿qué pasó con el reactor modificado?”, preguntó de nuevo Kirk, desconcertado.

“Yo… Creo que lo destruí”.

* * *

Los técnicos imperiales que consiguieron estabilizar el reactor del Avenger sin duda merecen una condecoración por la labor desempeñada. Su logro no fue una tarea fácil en las condiciones en que trabajaron, cualquier reconocimiento sería poco. Desafortunadamente, una cosa era estabilizar el núcleo del reactor para evitar que se convirtiera en una nova miniatura y otra muy diferente, conseguir que de nuevo operara normalmente, de forma que muchos de los sistemas de sustentación del Destructor comenzaron a fallar. Sin los medios para sostenerse por si mismo, el Avenger comenzó un rápido descenso hacia el planeta Imraad, atraído por su gravedad.

Con una dificil maniobra debido a los daños recibidos, el Superdestructor Terror activó su rayo tractor y atrapó con él la estructura del Destructor Avenger, evitando lo que parecía ser una muerte segura para los 1000 de los poco más de 1500 tripulantes entre operadores, técnicos, androides, pilotos y soldados que todavía no habían podido evacuar la nave.

Unas horas después, cuando la situación estuvo bajo control y las máquinas del Avenger fueron reparadas en su totalidad, Darth Vader tuvo una rápida plática con Needa.

“Usted me ha fallado, Capitán”, le dijo. “La tecnología en teletransportación de esa nave habría significado una gran adquisición para el Imperio. Por otra parte, sus hombres en Imraad no pudieron evitar el sabotaje a la estación y eso podría poner en peligro la investigación que allí se adelantaba”. Needa tragó saliva mientras mantenía su cabeza en alto y sus ojos fijos en la oscura máscara de Darth Vader. Temía lo peor. “Agradezca que fue precisamente usted quien me encontró y que gracias a su oportuna gestión, pude curar mis heridas, de lo contrario…”. Hizo una pausa dramática que Needa supo comprender perfectamente y que agradeció con una reverencia. “Esta es una carta que sólo podrá jugar una vez, Capitán Needa. No me falle de nuevo”.

Con esto, Vader dio por terminada la conferencia y se retiró. Desde el puente de mando del Avenger, Needa observó el TIE de Vader dirigirse hacia el Superdestructor y dió un respiro de tranquilidad. Había sobrevivido al juicio del señor del Sith y estaba feliz por eso. Tanto, que cuando su nuevo primer Oficial se acercó, todavía estaba sonriendo.

“Reporte del escuadrón que perseguía a la nave Corelliana que escapó de la base en Imraad, Capitán”, dijo el primer Oficial luego de saludar. “Los TIEs le dieron cacería y la abordaron cerca al planeta Dreighton. Su piloto opuso resistencia y murió en el enfrentamiento”.

“Lo importante era que la información que ese contrabandista Corelliano llevaba consigo no llegara a la Alianza Rebelde”, comentó Needa, conservando todavía su recién adquirido buen humor. “¿Algo más?”

“Si señor”, respondió prontamente el primer Oficial. “Durante el viaje de regreso, los caza se toparon con una escuadra de alas-X rebeldes que patrullaban la zona. Los TIEs iban equipados con la nueva tecnología furtiva que adaptamos de la nave alienígena que fue robada de la base y la probaron con éxito en combate. Esos rebeldes no tuvieron oportunidad alguna, señor”.

“¡Excelente! Así que no todo fue un fracaso”, dijo Needa. “Parece que estos TIEs Fantasma todavía pueden ser el arma definitiva del Imperio en contra de la Alianza Rebelde”.

Ya el primer Oficial se retiraba, cuando Needa recordó algo y le detuvo.

“¿Qué fue de los restos del androide de protocolo que acompañaba a los prisioneros?”, preguntó.

“Sus restos fueron enviados a Coruscant por solicitud de Lord Vader, señor”.

* * *

Kirk se detuvo fuera de uno de los cuartos de reposo de la estación Prometeo II. Anunció su presencia y procedió a ingresar al cuarto en cuanto recibió aprobación. Adentro, una enfermera terminaba algunos exámenes médicos de control al teniente Scott. Cuando la enfermera se hubo retirado, Kirk se acercó.

“Scotty, ¿por qué borraste de las computadoras los diseños de Kemra y destruiste el reactor?”, preguntó.

Scotty bajó su mirada apenado. Había tenido dudas respecto al porqué de su comportamiento, pero durante la convalecencia, esas dudas poco a poco fueron resolviéndose conforme sus recuerdos se tornaban más claros.

“Estoy casi seguro que fue cosa de Kemra, Capitán. De alguna forma uso esa técnica Jedi para hacerme pensar que lo mejor para todos era destruir su investigación. Yo me siento muy apenado por esto, Capitán".

“Entiendo. Yo fui testigo de primera mano de lo que Kemra era capaz de hacer”. Kirk le dio unas palmadas en el hombro y se despidió. “Descansa, Scotty. Me aseguraré que la Federación no te levante cargos por esto”.

Al salir, Kirk aceptó de mala gana que quizás Kemra obró de forma acertada. Históricamente, la humanidad había usado todo invento científico para fines poco o nada altruistas y aunque las cosas habían cambiado un poco en el último siglo, los viejos hábitos son difíciles de erradicar, así que para qué arriesgarse.

“Donde quiera que estés ahora, Kemra… que la Fuerza te acompañe”, suspiró.

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domingo, 27 de diciembre de 2015

Estrellas en Colisión - Capítulo 12

Emboscada



Kirk ingresó al puente de mando de la Enterprise, seguido por Sulu y Spock.

“Scott se transportó hace unos minutos desde una nave Klingon, señor”, reportó Uhura. “Trajo consigo lo necesario para reparar los motores y ya tiene a su equipo trabajando en ello”.

“Señor, permítame regresarle el mando de la nave”, dijo Sulu, invitándole con un gesto a acomodarse de nuevo en la silla del Capitán.

“Gracias, señor Sulu. Siempre es bueno estar de vuelta”.

Cumplida su misión, Sulu regresó al lugar donde realmente se sentía cómodo, frente a la consola de navegación de la Enterprise.

“Capitán”, dijo Spock llamando la atención de Kirk. “No veo registro del abordaje de Kemra”.

“Eso es porque permanece todavía abordo de la nave Klingon”, respondió Uhura. “Según informó, la nave no está en condiciones de realizar un salto al hiperespacio, así que va a detonarla para que su tecnología de camuflaje no pueda ser usada por el Imperio”.

“Es una lástima, nosotros también podríamos aprovechar esa tecnología. Pero tiene razón, es mejor no correr riesgos”, acotó Kirk.

Repentinamente, las máquinas de propulsión de la Enterprise ronronearon, haciendo vibrar toda la estructura de la nave. La potencia del reactor, amplificado por las modificaciones de Kemra, se hicieron sentir con fuerza. En contraste, era casi imperceptible la vibración producida por los viejos reactores materia/antimateria, usados para alimentar los escudos y las armas de la nave. El intercomunicador anunció casi de inmediato una llamada de Scott, quien dejó constancia explicita de que las reparaciones habían concluido con éxito.

“¡Gracias, Scotty!”, respondió Kirk al escuchar su reporte. “Señor Sulu, gire la nave de cara al espacio abierto... Uhura, póngase en contacto con Kemra y dígale que regrese. Es hora de volver a casa”.

La maniobra no pasó desapercibida para la tripulación del Avenger. Needa, que continuaba de frente a una de las ventanas del puente, fue de los primeros en percibir el movimiento en la nave intrusa.

“Que los artilleros se preparen”, ordenó. “Si intentan escapar, van a llevarse una gran desilusión”.

Concentrado en impartir órdenes a la tripulación, Needa no escuchó los pasos que se acercaban, pero el resoplar producido por la respiración forzada a través de su máscara, delató la presencia de Darth Vader a sus espaldas.

“Que nadie abra fuego”, fue la contraorden de Vader. Needa quiso protestar, pero no se atrevió. No tenía las agallas para hacerlo. Nadie en el Imperio, aparte del Emperador, podría esperar seguir viviendo luego de protestar una orden suya.

“Sus armas están apuntándonos”, informó Spock. “Sin embargo, no parecen tener intención de disparar, Capitán”.

“Algo se proponen, pero con otra poca de suerte, estaremos lejos para cuando lo hagan. Uhura, ¿ya está a bordo Kemra?”

“¡Capitán!”, exclamó Chekov antes que Uhura pudiera responder. “¿Es real esa cosa?”

Todos en el puente miraron hacia la pantalla frontal. Afuera, podían verse estrellas, aunque no tantas como antes. La mayor parte del panorama era opacado por la presencia de un objeto recién salido del hiperespacio, una nave tan grande que hacía ver al Destructor Estelar a sus espaldas como un obstáculo insignificante. A bordo del Ave de presa Klingon, Kemra no pudo disimular su sorpresa.

“¡Un Superdestructor Estelar!”, exclamó.

Las alarmas de la Enterprise ordenaban a cada oficial y civil abordo adoptar posiciones “seguras”, lo cual significaba, que todo aquel prescindible para la operación de la nave debía acudir a la habitación refugio más cercana y esperar el desenlace, cualquiera que fuera.

“De la vuelta, señor Sulu”, ordenó Kirk.

“Pero Capitán, el Destructor nos obstruye el paso”, replicó el teniente.

“Lo sé”, respondió. “Pero tendremos más oportunidad enfrentándolo, que batiéndonos contra esa monstruosidad de acorazado”.

Una llamada desde la nave Klingon fue anunciada por Uhura. La imagen de Kemra se proyectó en la pantalla frontal. Se le veía calmado, como de costumbre.

“Capitán, un duelo con cualquiera de ellos resultaría mortal para la nave. ¿Tiene los planos del Destructor, tal como acordamos? Si es así, quizás podamos intentar algo diferente. Como un amigo mío solía decir: existen otras alternativas”.

Una caja metálica se materializó cerca de los estabilizadores del reactor que alimentaba los poderosos motores del Destructor Estelar Avenger. Su contenido era el núcleo de un torpedo de protones de baja intensidad, modificado de forma improvisada con un temporizador ajustado a unos cuantos segundos. En cuanto el conteo llegó a ceros, el artefacto detonó. El daño causado por la explosión hizo que el reactor rápidamente alcanzara masa crítica y amenazara con destruirse. Las alarmas de evacuación no se hicieron esperar y el pánico cundió en toda la nave.

“¡Maldición!”, exclamó Needa. No podía creer que esto estuviera sucediendo. ¿Cómo era posible que las cosas se estuvieran saliendo de control tan rápido? Dio instrucciones de evacuar a todo el personal que no fuera requerido para contener la situación.

“Que todos desocupen el puente de mando, Capitán. Acompañe a los técnicos y asegúrese que reparen ese reactor”, ordenó Vader serenamente, sin dar señales de planear moverse de su sitio.

“Como usted ordene, Lord Vader”, fue la sumisa respuesta de Needa, aceptada esta vez sin reparos. Hizo un gesto a los hombres en el puente y salió junto con ellos. “No voy a perder esta nave”, se dijo.

Alertados por la inesperada secuencia de eventos, los cañones del Superdestructor fueron apuntados hacia la Enterprise. La potencia de fuego combinada de esos cañones sobradamente podría vaporizar la nave, pero no tuvieron tal oportunidad. Ninguno de sus sensores pudo detectar el camuflaje de la nave Klingon, que invisible a los ojos de humanos y maquinas, se posicionó de forma estratégica cerca de las gigantescas toberas del Superdestructor. Antes de teletransportarse, Kemra la programó para acercarse aún más antes de autodestruirse. La explosión sirvió para desestabilizar la nave, de forma que les hizo imposible a sus pilotos el poder maniobrarla de forma efectiva durante varios minutos, reduciendo su efectividad para restringir el escape de la nave alienígena que flotaba entre ellos y el Destructor Avenger.

La Enterprise tenía ahora vía libre para escapar.

“Buen trabajo. Señor Sulu, ¡vamos a casa!”, ordenó Kirk.

“Un momento Capitán”, dijo Spock con un dejo de alerta en su voz, algo poco común en un vulcano. “Los sensores registraron actividad de los tubos de teletransporte de la nave Klingon, pero me temo que Kemra no se encuentra a bordo de la Enterprise”.

“Que no…”, Kirk no podía salir de su asombro. “Si no está aquí, ¿a dónde diablos se teletransportó?”

Kemra no conseguía acostumbrarse al cosquilleo en manos y plantas de los pies, como tampoco a la sensación de nausea causada por la desorientación momentánea de los sentidos luego del viaje de sus moléculas a través del vacío del espacio. En cuanto se hubo materializado, busco entre sus ropajes y sacó de ellos un tubo metálico. Lo había llevado consigo todo el tiempo y se las amañó para no perderlo mientras estuvieron en Imraad. Una que otra vez estuvo tentado a usarlo, pero decidió que era mejor mantenerlo como una última opción. Esta era esa “última” opción.

“La Fuerza está contigo, Kemra. Aún después de tantos años, todavía te acompaña”, escuchó decir a una voz artificial, proyectada desde el fondo del puente de mando. “Te creí muerto hace mucho. Dime, ¿por qué has regresado?”

Kemra caminó hacia el lugar de donde venía la voz. Vio una silueta enorme y luego un haz de luz rojo que se proyectó desde su mano derecha, era un sable de luz, el arma tradicional de los Jedi y los Sith.

“He venido a poner fin a tu reinado del terror, Anakin”, respondió Kemra. Había sentido el llamado y había acudido. Estaba cansado de huir, iba por fin a confrontar a su antiguo compañero de armas. Accionó un control en el tubo metálico que portaba y un haz de luz azul claro surgió de él. Por vez primera en muchos años, su sable de luz cobraba vida. Adoptó su posición de defensa y esperó.

“Anakin murió en Mustafar. Obi-wan lo asesinó. Ahora sólo queda Darth Vader”, replicó el señor del Sith, avanzando amenazante.

Los sables de luz chocaron y destellos de luz salpicaron el piso del puente de mando. Kemra fue quien avanzó a la ofensiva y Vader se limitó a rechazar sus embestidas, una y otra vez. Por un breve instante, Kemra creyó tener una oportunidad, pero se dio cuenta tarde de su error. Estaba demasiado viejo y fuera de forma y su sentido común se vio nublado por la euforia del éxito de su reciente incursión en Imraad. Viejo tonto, no era rival para Vader, ahora lo sabía. Ahora era él quien difícilmente conseguía rechazar sus embestidas.

“Este es el final de tu camino, Kemra. Y tu destino será morir en mis manos, de la misma forma en que murió Obi-Wan”, se jactó Vader.

Aquella sorpresiva revelación hizo que Kemra se congelara y descuidara sus bloqueos mentales, permitiendo que sus memorias inundaran su mente con los recuerdos de aquella última vez, que estuvo con su buen amigo, Obi-wan…

“El pequeño Luke es nuestra última esperanza. Si el emperador se entera de su existencia antes de que esté listo para enfrentarlo, todo estará perdido”, escuchó decir a Obi-wan. “Por favor Allec, olvida todo sobre ese niño. Olvida todo sobre el hijo de Anakin Skywalker…”

“¡Mi hijo!”, exclamó Darth Vader con sorpresa. Al igual que Kemra antes, Vader se congeló. Palpatine le había dicho que su hijo y su esposa habían muerto. El muy maldito le había mentido. Obi-wan le había mentido. Su hijo había sobrevivido y ahora le quedaba muy claro todo. Aquel piloto en la Estrella de la Muerte, el que escapó de sus garras, el que tuvo la Fuerza a su favor, tenía que ser él. Aquel piloto no podía ser otro que su hijo… Luke Skywalker.

Kemra reparó en lo estúpido que había sido al dejar que sus pensamientos y emociones de pena y dolor lo traicionaran. Sin proponérselo, acababa de revelar un secreto que había jurado llevar consigo a la tumba. “Maldita sea”, fue lo único que atinó decir.

Se lanzó furioso contra Vader. Nuevamente las espadas láser chocaron y fuertes destellos se produjeron. Se movieron por los corredores del puente, esquivando, arremetiendo, enzarzados en una danza mortal que se cambiaba levemente la coreografía al vaivén del escenario. Bajo circunstancias normales, Kemra no habría sido rival para Vader, pero el poco tiempo tomado por el señor del Sith para su recuperación compensaba la diferencia de edades, emparejando un poco la pelea. Sólo un poco.

Ayudado por sus poderes, Vader empujó al viejo Jedi y lanzó una estocada que consiguió herirlo en un costado, haciéndolo caer. Finalmente, Kemra estaba a merced de Vader, no quedaba más que esperar el golpe final.

“Ahora por fin, la purga será completa”, dijo Vader, sosteniendo su sable de luz frente al rostro de Kemra. “Con tu muerte, la orden de los Caballeros Jedi finalmente desaparecerá y quedará condenada al olvido eterno”.

Vader levantó el sable con sus dos manos, dispuesto a asestar el golpe fatal con todo su poder. Nada más importaba. Tan confiado estaba, que no prestó atención a una ligera perturbación producida por la materialización de un puñado de electrones que dieron forma a una figura humana. El desconocido disparó su arma y Vader tuvo que cambiar su ataque a mitad de camino para desviar el laser con su sable de luz. Ese momento de distracción fue aprovechado por Kemra, quien canalizó la Fuerza en un empujón que envió al señor del Sith a varios metros de distancia, golpeándolo contra un tablero de comandos que se hizo añicos con el impacto.

“¡Kemra!”, dijo Kirk mientras ayudaba a levantar al viejo jedi. “No sé qué está pasando aquí, ¡pero nos regresamos ahora mismo!”.

“Capitán, no debió venir por mí. Es demasiado arriesgado…”, dijo Kemra con la voz apagada. La herida causada por el sable de luz era bastante profunda.

“¡Tonterías!”, replicó Kirk sosteniéndolo con un brazo. “Eres un miembro más de mi tripulación, Allec. No nos iremos sin ti”. Activo su intercomunicador y ordenó: “¡Transpórtenos!”

Los dos comenzaron a energizarse. Pero entonces, algo ocurrió. Un dolor como nunca antes había sentido, hizo que Kirk dejara escapar un grito de agonía. Sintió su cuerpo desmembrarse conforme sus moléculas eran jaladas por los sistemas de teletransporte de la Enterprise, mientras al mismo tiempo eran jalonadas hacia el puente de mando por Darth Vader, quien haciendo uso de la Fuerza, les impedía escapar.

“Lo siento, Capitán. Pero me temo que no podré hacer el viaje de regreso con ustedes”, murmuró Kemra. “Larga vida y prosperidad”.

El viejo Jedi hizo un ademán y con ayuda de la Fuerza, consiguió apartarse del chorro de electrones que formaban el túnel por el que debían viajar hasta la Enterprise. Se puso de pie, levantó su sable de luz y esperó por Vader. El señor del Sith liberó su agarre sobre el otro invasor y de un salto, alcanzó a Kemra con su sable. Fue todo.

En la sala de transporte de la Enterprise, un adolorido James Kirk finalmente se materializó.

“Jim, ¿estás bien?”, preguntó Spock.

Lamentablemente, el Capitán estaba casi en shock. Atendiendo al llamado de Spock, McCoy llegó en la sala y lo revisó. Inmediatamente ordenó llevarlo a la enfermería. Era la primera vez que veían algo como esto pasar. En los tubos de teletransporte estaban apareciendo Kirk y Kemra y de pronto, se quedaron allí, suspendidos a medio materializar. Todos en la sala escucharon al Capitán gritar de dolor, así como las palabras de Kemra. Al igual que antes, Spock solicitó que escanearan el puente de mando del Destructor pero esta vez, las lecturas de los sensores no dieron buenas noticias. No había señales de vida de Kemra.

“Señor Spock, sé que no necesito recordárselo, pero de acuerdo al reglamento de la Federación, si el Capitán de la nave queda incapacitado para dirigir, el Primer Oficial debe tomar el mando”, dijo Uhura por el intercomunicador. “¿Qué ordena, Capitán?”

Mientras los técnicos imperiales le daban al Capitán Needa la buena noticia de que el daño del reactor estaba bajo control, el Avenger se estremeció una vez más. Esta vez, la fuerte vibración fue causada por la turbulencia producida por la Enterprise al pasar a su lado a alta velocidad. Inmediatamente, Needa ordenó a los técnicos rastrear la nave, pero todo esfuerzo resultó inútil.

La nave había entrado al hiperespacio… o más allá.

miércoles, 27 de mayo de 2015

Estrellas en Colisión - Capítulo 11

Cazador y presa



Sulu acudió tan rápido como pudo a la sala de teletransportación. Allí encontró al Capitán Kirk, al señor Spock y al doctor McCoy. Estaban bastante bronceados, como si hubieran sido expuestos a un excesivo calor momentos antes de ser teletransportados. ¡Y lo estuvieron! Fueron jalados del transbordador cuando abandonaban el Destructor Estelar, justo antes de que explotara.

“¿De dónde rayos salió esa nave?”, gritó Kirk sorprendido. “¡Apareció de la nada disparando a mansalva!”.

“Aunque inesperado, su ataque ayudó a encubrir la detonación del transbordador”, contestó Spock con pasmosa calma. “Es lo que llamaría una feliz coincidencia”.

“Al menos estamos a salvo. ¿Hay noticias de Scott y Kemra?”, preguntó Kirk.

Sulu guardó silencio.

* * * *

“Disculpe, teniente”, dijo el oficial técnico acercándose a grandes zancadas. Hizo la venia correspondiente al rango del teniente Dackra y prosiguió. “No es que quiera cuestionar su autoridad, Señor, pero ¿es prudente dejar a esos hombres a solas en la bodega Cero-Nueve? No es que cuestione la voluntad del Emperador pero la verdad, no parece que aquellos hombres fueran sus emisarios”

Dackra estaba confundido, no entendía de qué le hablaba aquel hombre.

“¿A quiénes se refiere usted exactamente?”, cuestionó molesto por no recibir la información completa.

“De los hombres que se presentaron en la bodega y nos hicieron salir a todos. Dijeron que eran emisarios del Emperador”. El oficial se sintió confundido, le costaba ordenar sus ideas. “Ahora que lo pienso, podría jurar que son los mismos que trajo ese caza-recompensas, los mismos que encerramos en el almacén de…”

“Esos hombres escaparon”, lo interrumpió Dackra impaciente. “¿Dónde dijo que están ahora?”

Un momento después, un grupo de soldados irrumpió en la bodega Cero-Nueve. La orden que recibieron de Dackra fue clara y contundente: “¡Disparen a matar!”. Sin esperar, fueron hasta el fondo de la bodega y se ubicaron frente a la nave alienígena allí retenida. Uno de los soldados se acercó a la puerta de entrada, presto a instalar en ella un explosivo para abrirla por la fuerza, pero no tuvo chance. El soldado cayó al piso muerto, la coraza de su armadura blanca no fue lo suficientemente fuerte para protegerlo del impacto mortal del láser disparado por las defensas automáticas de la nave. Inmediatamente, los demás soldados abrieron fuego con sus armas.

“¡No es posible!”, exclamó el técnico mientras saltaba tras unas cajas, al igual que Dackra, para protegerse de los láser repelidos por el campo de fuerza que rodeaba la nave. “Durante meses tratamos de ponerla en marcha y todo parecía indicar que esa nave estaba muerta”, le gritó al teniente.

“Otro será el muerto si no recuperamos esa nave”, le respondió Dackra. El técnico no supo interpretar a cuál de ellos dos se refería con esa afirmación.

Dentro del Ave de presa Klingon, en el cuarto de máquinas, Scotty lanzaba un grito de euforia por el intercomunicador. En el puente de mando, Kemra apenas si esbozó una sonrisa.

“Te dije que podría despertar a esta bebé, Allec”.

“Bien hecho, Scott. ¿Crees que podamos tener suficiente poder para salir de aquí?”

“Suficiente para irnos y para reabastecer la Enterprise. La nave es toda suya, Capitán”.

Eso sí le causó gracia. Ni en sus más osadas fantasías, Kemra habría pensado que podría capitanear una nave espacial. Pero helo aquí, comandando una nave Klingon. Finalmente sus muchas horas de estudio podrían ser puestas a prueba. Ahora, si recordaba bien…

Los motores del Ave de presa rugieron, primero tímidamente, desperezándose luego de los muchos meses que estuvieron dormidos y luego, con más fuerza, abalanzándola torpemente hacia adelante, rompiendo varios anaqueles, cajas y estantes de la bodega, haciendo de paso que los soldados se replegaran hacia la salida.

“¿Qué planean hacer? No hay forma en que puedan salir de aquí”, pensó Dackra.

La nave comenzó a rotar sobre su eje, hasta quedar de frente a la pared posterior.

“¿Estás seguro de esto, Scott?”, preguntó nuevamente Kemra por el intercomunicador.

“Absolutamente”, respondió el Ingeniero en Jefe de la Enterprise.

Kemra bajó el escudo de fuerza protector y disparó un par de misiles contra el muro. Justo antes del impacto, levantó nuevamente el campo de fuerza. Si lo hubiera hecho una fracción de segundo más tarde, habrían sido hechos pedazos por el impacto de la explosión. Por fortuna, sus reflejos Jedi no estaban tan oxidados como creía. En cuanto el fuego y el humo se dispersaron, vieron frente a ellos el impresionante paisaje verde de Imraad. El centro de investigaciones había sido construido al borde de un acantilado y los sensores de la nave le habían permitido ver a Scotty que más allá de esos muros tenían mucho espacio libre por donde huir.

“Te lo dije”, recalcó con su burlón acento escocés en cuanto entró al puente de mando.

“Fanfarrón”, murmuró Kemra, divertido con la situación.

El ave de presa cruzó el enorme boquete abierto en el muro y viró para quedar de frente a las instalaciones del centro de investigaciones. De pie junto a la abertura, Dackra levantó su puño maldiciéndolos, mientras algunos soldados continuaban inútilmente disparando. Nuevamente, Kemra desactivó el escudo de fuerza y disparó una ronda de misiles.

Ya el humo se había dispersado cuando el Gran Almirante Sarn arribó para inspeccionar personalmente los restos del ala oeste del Centro de investigaciones Imperial. El teniente Dackra, un grupo de técnicos y un pequeño contingente de soldados estaban muertos. “Que afortunados”, pensó Sarn, a sabiendas que él no tendría tanta suerte cuando rindiera cuentas ante el mismísimo Emperador. Su única esperanza para salvar el pellejo constaba en apurar el paso y perfeccionar la tecnología Fantasma, la misma que, según escuchó decir a los pocos testigos que sobrevivieron, usó la nave alienígena para desaparecer en medio del aire.

* * * *

Skeele entró en el puente de mando y se acercó al Capitán Needa, que permanecía de pie junto a uno de los miradores, contemplando la nave que respondía al nombre de Enterprise, preguntándose si todavía podría hacerse dueño de sus secretos, algo de lo que no se sentía ya tan seguro como antes.

“El caza recompensas se ha marchado, Señor”, reportó Skeele. “Según dijo, las ráfagas que disparó al transbordador de los prisioneros no debieron causar su destrucción”.

“Bien. No hay nada que podamos hacer al respecto”, respondió como distraído. La noticia no parecía importarle demasiado. “¿Qué hay del prisionero que traía de Imraad? ¿Está listo para ser interrogado?”

“Me temo que eso no será posible, Señor”, respondió Skeele. “El caza recompensas dejó al prisionero muy mal herido y hace un momento murió en la enfermería”.

Needa no pareció extrañado con la noticia. Skeele dio media vuelta con intención de alejarse.

“¿Seguro fue así como pasó, Skeele?”. Skeele se detuvo y se volvió de nuevo hacia su Capitán. “Sabes, me he estado preguntando cómo pudo infiltrarse en nuestro Destructor un simpatizante de Xizor. Supongo que el Emperador no estará muy contento cuando sepa que este infiltrado quiso atentar contra la vida de Lord Vader. Es preocupante que la mafia haya conseguido permear nuestra seguridad. ¿No crees posible que este desertor pudiera ser otro infiltrado?”.

“Si el desertor sabía algo al respecto, creo nunca podremos saberlo, Señor”.

Needa rió.

“Estas muy convencido de eso, ¿verdad?”. Skeele no dijo nada. Needa prosiguió. “Verás, antes del atentado, recibí una llamada bastante singular. Quien la hizo pudo burlar los protocolos de seguridad de nuestro sistema de comunicaciones. De no ser por la información que me entregó, habría ordenado que lo ejecutaran en cuanto puso un pie en este Destructor”.

“¿Quién…?”

“Como dije, lo importante fue la información que entregó”, continuó Needa sin permitir a Skeele terminar su pregunta. “Xizor comenzó como un gánster de segunda, que supo usar su poder e influencia para convertirse en amo del bajo mundo intergaláctico. ¿Qué intenciones ocultas lo pueden motivar para comprar a los hombres del Emperador y atentar contra Lord Vader? ¿Crees que esa escoria pueda querer remplazarlo como su mano derecha y una vez en ese puesto, derrocar al Emperador y nombrarse a él mismo como su remplazo?”.

“No puedo siquiera imaginarlo, Señor”, respondió Skeele. “Estos son tiempos difíciles y algunos hombres pueden tener dudas sobre su lealtad al Imperio. Ya no se puede confiar en nadie”.

“Cierto. Por eso tuve que hacer algunas llamadas para confirmar los hechos. Así las cosas, Teniente… ¿a quién debe su lealtad? ¿Al Emperador o a este tal Príncipe Xizor?”

La pregunta tomó a Skeele por sorpresa. Needa sabía de su traición, de forma que cuanto había hecho para silenciar al renegado que lo descubrió y amenazó con delatarlo, resultó en vano. De nada valía haberlo asesinado a sangre fría luego que Bobba Fett lo entregara. Quizás no fue tan buena idea que intentaran asesinar a Darth Vader, pero la oportunidad era excepcional y su muerte habría facilitado mucho las cosas. Skeele ya no tenía fe en las falsas promesas del Emperador Palpatine y más que nada, quería vengar la muerte de su hermano. Xizor le había prometido que si lo ayudaba, él personalmente se encargaría de ejecutarlo. Y por alguna razón, esa fue una promesa en la que Skeele si creía.

Los ya alertados soldados imperiales apostados en el puente rodearon a Skeele. Viéndose descubierto y sabiendo que no podría revelar las verdaderas intenciones del Príncipe Xizor y mantenerse con vida, Skeele recurrió a un bien planeado as bajo la manga para poder escapar. De su cinturón de dotación extrajo un pequeño control y lo sostuvo frente a Needa.

“¡Atrás! Este control detonará un explosivo bien oculto en las máquinas del Destructor, destruyéndolo. No creo que quiera eso, ¿verdad Capitán?”

“Por supuesto que no” fue la lacónica respuesta del Capitán del Avenger, mientras veía al traidor caminar de espaldas, hacia la puerta de salida del puente. “Aunque sospecho que lo harás de todas formas para conseguir tu propósito y matar a Lord Vader, ¿verdad?”

La puerta del puente se abrió. Hubo un destello rojo, un zumbido y Skeele gritó cuando su mano fue abruptamente separada del resto de su cuerpo por el corte limpio de un sable láser. A una señal de Needa, los soldados tomaron prisionero al teniente, que sostenía en shock el muñón de donde, hasta hace un momento, se encontraba su mano derecha.

“Enciérrenlo hasta que decida qué hacer con él”, ordenó Lord Vader, mientras colgaba de nuevo su sable láser de su cinturón. Se volvió hacia uno de los oficiales del puente y le ordenó: “Encárguese de buscar y desmantelar la bomba que Skeele plantó”.

La calma retornó de nuevo al puente de mando y Needa regresó a su puesto frente al mirador. Le costaba aceptar la traición de Skeele. No lo creyó cuando Bobba Fett le llamó a su habitación y lo puso en conferencia con el desertor, ni cuando confirmó cada una de sus afirmaciones. No fue sino hasta cuando Skeele le reportó la “abrupta” muerte del desertor, que se rindió ante la evidencia. Skeele tenía razón en algo: eran tiempos difíciles y ya no se podía confiar en nadie.

Mientras contemplaba la nave intrusa, sintió la presencia de Darth Vader a su lado. El Señor del Sith no saludó al Capitán, no tenía por qué hacerlo. Fue Needa quien se volvió para dar el respectivo saludo militar al que consideraba su superior, en aspectos mucho más relevantes que un simple rango militar.

“Así que, esa es la nave misteriosa, Capitán”. La voz de Vader, reproducida a través de los pequeños parlantes de la máscara, sonaba artificial y de cierta forma, alteraba los nervios de quien la escuchaba, ayudando a incrementar el temor que ya de por si su enorme figura inspiraba. Tal era el poder del lado oscuro de la Fuerza. Pero había otro lado en la Fuerza, uno de luz, que también podía hacerse sentir, incluso a grandes distancias. “Hay alguien allí afuera, alguien a quien quiero ¿Ha informado ya al Emperador de mi regreso?”

“Así es, mi Lord”, respondió Needa. “El Emperador ha enviado al Súper Destructor Terror para recogerlo. Me pidió que le informara que ya que el gobernador Tarkin ha muerto en la Estrella de la Muerte, usted está oficialmente al mando de toda la flota Imperial y…”

“¿Cuánto tardará el Terror para llegar?”, interrumpió Vader.

“Arribara en cualquier momento, mi Lord”.

Vader miró hacia la nave intrusa.

“¡Perfecto! Pronto vendrás a mí… Kemra”.

Sin dar explicación alguna, el señor del Sith abandonó el puente.

* * * *

A bordo del Ave de presa Klingon, el piloto automático conducía mientras Scott y Kemra preparaban todo para transferir la carga de Deuterio que tanto necesitaban para resucitar los motores de la Enterprise.

“Definitivamente prefiero los viejos reactores de combinación materia/antimateria”, comentó Scott. “Es menos peligroso conseguir el combustible que los mueve”.

“En eso creo que tienes razón, Scott”, replicó Kemra. “La Federación no está lista para usar la potencia de un propulsor como el que implementé para que nos trajera hasta aquí”. Scott miró al viejo Jedi y sin percatarse, cayó en trance mientras lo escuchaba. “Haré algo respecto a esos motores en cuanto regresemos a nuestro Universo”, murmuró Kemra. Mientras pronunciaba estas palabras, Scott las repetía una por una al pie de la letra, como si fueran las suyas propias.

jueves, 30 de abril de 2015

Estrellas en colisión - Capítulo 10

El final está cerca



“Bitácora de vuelo, fecha estelar 9611.14”. Sulu hizo una pausa, no se sentía cómodo recitando la fecha estelar en la grabadora de bitácora. Era un voto de confianza enorme el que había depositado en él el Capitán Kirk, dejándolo al mando en su ausencia. Aspiró una gran bocanada de aire y continuó. “Soy el teniente comandante Hikaru Sulu, temporalmente al mando de la USS Enterprise. Han pasado varias horas desde que las dos expediciones abandonaron la nave. La dirigida por el Capitán Kirk partió hacia la gigantesca nave Imperial apostada frente a nosotros, con el propósito de ganar tiempo para la segunda expedición, conformada por los ingenieros Allec Kemra y el teniente Montgomery Scott, que buscan recuperar lo necesario para restablecer el poder a los reactores de la Enterprise y así poder regresar a nuestra galaxia. Abordo ya las reparaciones han terminado. De momento, tenemos potencia para los escudos y para las armas, pero no la suficiente como para un combate demasiado largo. Esperemos tener noticias pronto, las dos expediciones han mantenido silencio desde que partieron. No nos queda más que esperar lo mejor y estar preparados para lo que sea”.

Sulu apagó la grabadora. Sintió los ojos de sus compañeros en el puente posarse sobre él, casi se arrepentía de haber dicho eso último. “Estar preparados”, eso era lo que Kirk siempre les decía. Ese podía ser el factor diferencia entre perecer o sobrevivir para visitar nuevos mundos otro día.

El sonido de alerta de una llamada entrante rompió el silencio en el puente.

“Señor, es el Capitán Kirk”, anunció Uhura.

Horas antes, en la sala de conferencias del Destructor Estelar Avenger, James Kirk observa a su amigo Leonard McCoy, médico en Jefe de la Enterprise, salir acompañado por el androide D474 a un destino incierto. Bones, como le apodaba desde los primeros días de amistad, iba siguiendo al Capitán Needa y era escoltado por dos guardias imperiales. Kirk sólo esperaba que pudieran reunirse nuevamente y regresar a salvo.

“¿Procedemos, Spock?”, preguntó al poco rato.

“¿Cuál estrategia propones para someter a estos soldados vestidos en armadura?”, preguntó el vulcano frunciendo el ceño y señalando con la vista a los otros dos soldados imperiales que, empuñando amenazantes sus armas, quedaron ahí para vigilarlos.

“¿Acaso dejaste en la Enterprise la lógica que tanto pregonas? ¿Cómo puedes cantar a los cuatro vientos nuestros planes de escape?”, cuestionó Kirk subiendo considerablemente el volumen de su voz.

“Es perfectamente lógico, Capitán. Esta gente no entiende nuestro idioma más de lo que nosotros entendemos el suyo”, replicó Spock en un tono de voz todavía más alto, algo poco característico en un vulcano, pero nada extraño considerando que podía ser precisamente su lado humano el que respondía, el ego herido al ser cuestionado por algo que consideraba injusto.

“¡Maldito vulcano! ¡Voy a enseñarte a respetar a tu Capitán!”, gritó Kirk y siendo coherente con su amenaza, se lanzó sobre Spock con un derechazo que por poco alcanza el rostro de su amigo.

Los dos guardias observan entretenidos la pelea de aquellos extraños. No entienden el por qué pero sin duda el más bajo dijo algo que ofendió al de orejas puntiagudas, porque comenzaron a gritarse y a pelear después de eso. Pensaron dejarlos romperse la cara, pero el más alto levantó al otro por encima de las sillas y lo arrojó por los aires, estrellándolo fuertemente en el piso cerca a ellos. Eso no era bueno, a su Capitán probablemente no le causaría gracia que ellos hubieran dejado que los prisioneros se hicieran daño. No antes de obtener de ellos lo que quería.

Los soldados intercambiaron observaciones y decidieron separarlos antes que se pusiera peor la cosa. Cada uno se colgó el rifle de asalto al hombro y se encargó de agarrar a uno de los extraños. Ese fue su error. Unos segundos después, los dos soldados yacían en el piso. En una sincronizada coreografía, los dos oficiales de la Enterprise les arrebataron los rifles y los golpearon en el casco. El golpe no fue tan contundente como para dejarlos inconscientes, pero si les dio el tiempo necesario para retirarles el casco y exponer parte del cuello de los soldados. Spock presionó la base del cuello de cada uno de ellos, canalizando a través de sus dedos una pequeña descarga de energía telepática que afectó la red nerviosa de los soldados y los dejó inmediatamente fuera de combate.

Mientras dormían como niños, los soldados fueron despojados de sus armaduras y sus armas.

“Ese último golpe fue bastante fuerte, Spock. Por un momento creí que me romperías la espalda”, se quejó Kirk mientras retiraba la insignia del pecho de su uniforme, antes de cubrirse con la armadura imperial.

“Lo lamento, Jim. Hubiera querido ser menos agresivo, pero estos soldados no parecieron impresionados con los primeros golpes”.

“No me convences, Spock. Creo que lo disfrutaste”, acusó Kirk, mirando al vulcano a los ojos.

“Eso es altamente ilógico”, respondió Spock sosteniendo la mirada. “Aunque encuentro fascinante que las cosas que usualmente se consideran más divertidas suelen ser también las más ilógicas”.

Kirk le dio un golpe a su amigo en el hombro y no pudo contener una breve carcajada.

“Eres todo un pillo, Spock”, dijo mientras armaba el dispositivo electrónico que había ocultado en su insignia. Lo activó presionando suavemente y un suave “beep” le hizo saber que estaba operando normalmente. “Cuando menos el rastreador no sufrió daño con el golpe”.

Escondiendo el temor a ser descubiertos, Kirk y Spock caminaron con prisa por los corredores del Destructor Estelar siguiendo las indicaciones del rastreador, durante tanto tiempo que por un momento creyeron que nunca llegarían a su destino. Finalmente, el rastreador los llevó hasta una puerta cerrada. Spock accionó la cerradura electrónica y la puerta se abrió de golpe, dándoles entrada a lo que parecía ser una bodega. Allí, un oficial bastante molesto los encaró. Kirk no entiende lo que dice, pero lo disimula haciéndole gestos de que tiene problemas con los audífonos de su casco. Mientras lo distrae, Spock cierra la puerta de la bodega y se acerca sigilosamente al oficial por la espalda. Sin previo aviso, aplica de nuevo su técnica, dejándolo inconsciente.

“Ese pellizco vulcano nunca falla, ¿verdad?”, comenta Kirk mientras se retira al casco. “Nuestras cosas deben estar aquí”.

El Capitán levanta el rastreador y continua siguiendo sus indicaciones. El suave “beep” comienza a sonar cada vez con mayor frecuencia, conforme recorre los pasillos de la bodega, atestados de cajas apiladas en perfecto orden. Finalmente, el indicador alcanza un tono uniforme continuo frente a una de las cajas. Kirk la abre y extrae de ella una bandeja plástica con varios objetos adentro. Eran sus armas, transmisores y algo más.

“Lo encontré”, avisa. Spock, que se había quedado todo el tiempo cerca de la puerta, previendo que alguien pudiera entrar y sorprenderlos, le hace señas para que continúe.

Llevó la caja hasta la mesa donde el oficial realizaba lo que parecía ser un tedioso trabajo de oficina, tenía allí documentos, monitores proyectando toda clase de gráficos y múltiples tomas de acceso a terminales de computador. Kirk guardó los transmisores y las armas y sacó de la bandeja un último objeto, una pequeña caja ensamblada de afán en la Enterprise antes de abordar el transbordador que los llevó hasta el Destructor. Presiona un botón táctil en la caja y ésta se abre exhibiendo una pequeña pantalla y un conector extensible. El conector calza perfectamente en una de las terminales dispuestas en el escritorio y la pantalla comienza a mostrar una secuencia de imágenes que corresponden a los planos del Destructor Estelar.

“Este invento de Kemra parece funcionar a la perfección”, dice Kirk con una sonrisa. En cuanto aparece en pantalla el aviso de “Descarga completada”, retira la unidad de almacenamiento y anuncia: “Ha terminado”. Se cubre la cabeza con el casco y levanta el pulgar derecho para que Spock lo vea. “Busquemos a McCoy y larguémonos de aquí”.

Salieron de la bodega y recorrieron el camino de regreso. Pasaron junto a la puerta de la sala de conferencias y notan que no hay señales de alerta alrededor. Needa aún no regresa, su escape aún no ha sido descubierto. Continúan caminando, deshaciendo el camino por el que llegaron a la sala desde la celda en que los recluyeron tan pronto pusieron un pie en el Destructor, buscando lo que asociaron con un pabellón de emergencias médicas, adonde asumían habría sido llevado McCoy.

Al llegar a la esquina, la sangre de Kirk se heló de golpe. Needa iba de camino al mismo lugar, seguido por un pequeño pelotón de soldados. ¿Se habría equivocado en su apreciación y su escape ya era noticia de primera plana? De ser así, no quedaba más que actual con rapidez. Empuño una de sus armas y quitó el seguro. Sudaba y los visores del casco se empañaron un poco. Ya se disponía a saltar, abriéndose paso disparando, cuando Spock le sujetó por el hombro.

“No es por nosotros, algo pasa”, murmuró.

La puerta del pabellón de emergencias, hasta entonces cerrada, se abrió de golpe. De allí salió mucho vapor. Needa fue el primero en entrar, dejando a los soldados apostados afuera. Unos segundos después, una figura enorme, vestida en una armadura negra salió del lugar. Los soldados se apartaron de su camino y unos pocos lo siguieron, por indicación de su Capitán. Kirk sintió como un escalofrío le recorría el cuerpo cuando aquel hombre pasó a su lado y creyó morir cuando se detuvo. El gigante de negro volteo a mirar en dirección a Spock y luego continuó su marcha. ¿Era ese el hombre al que McCoy debía ayudar a salvar?

Los soldados ingresaron al pabellón y Kirk y Spock los siguieron, mezclándose entre ellos. Escucharon a D474 traducir las ordenes de Needa: “Acompañe a mis soldados de vuelta al Salón de reuniones. En cuanto pueda estaré con ustedes para continuar nuestra charla”. Kirk vio la oportunidad y se abrió paso entre los soldados. Cuando Needa hizo el gesto apropiado, él y Spock se acercaron a McCoy y D474, los esposaron y se los llevaron.

Tomaron un ascensor cercano y allí, Kirk y Spock se retiraron los cascos imperiales, sorprendiendo a un McCoy que ya se estaba resignando a pasar el resto de sus días como prisionero del Imperio.

“¡Jim! ¡Spock! Pero... ¿cómo?”

Camino al hangar, Kirk le contó a McCoy los detalles de su fuga. Cuando terminó su relato, Bones le dio un fuerte abrazo.

“No puedo creer que hayan caído en un truco tan viejo”, se burló McCoy. “Tan afortunado como siempre, Jim”.

“Ahora lo que importa es que podamos llegar al transbordador y salir de este lugar”, respondió Kirk poniéndose nuevamente el casco. Spock hizo lo mismo. Un timbre anunció que habían llegado a su destino. “Por si acaso”, dijo Kirk y entregó al médico una de las armas.

La puerta del ascensor se abrió. Miraron en todas direcciones buscando el transbordador y finalmente lo visualizaron al fondo. Tendrían que atravesar el lugar para llegar a él, con suerte ningún oficial o soldado se les cruzaría. Caminaron sin afán, avanzando con paso moderado, tratando de no llamar la atención. De pronto, las sirenas comenzaron a resonar y escucharon una transmisión en los audífonos de sus cascos, algo que no entendieron pero que seguramente era una descripción de McCoy y D474, porque todas las miradas del lugar se posaron sobre ellos.

“Bueno Jim, creo que hasta aquí llegamos”, dijo McCoy preocupado. “Esto ha terminado”.

“Nada nunca termina, doctor”, replicó Spock.

“¡Corran hacia el transbordador!”, gritó Kirk, al tiempo que disparaba su arma láser.

Lo inesperado del ataque hizo que muchos de los oficiales y soldados en el hangar entraran en pánico y corrieran a buscar refugio. Algunos se quedaron a responder la agresión pero los certeros disparos de Kirk y sus amigos les dejaron inconscientes. Afortunadamente para ellos, sus armas estaban ajustadas para aturdir, no para matar. Ya estaban cerca del transbordador cuando llegaron refuerzos y el lugar se iluminó con un espectáculo de luces y explosiones por doquier. Contrario a ellos, las ráfagas laser disparadas por los imperiales no eran tan inofensivas, como lo comprobaría D474. Un láser lo alcanzó haciéndolo volar en múltiples pedazos. Sus restos quedaron esparcidos por todo el lugar.

“¡Vámonos de aquí, Spock!”, urgió Kirk en cuanto entraron en el transbordador.

Los láser golpeaban la estructura del transbordador y no había forma de saber si resistiría. Afuera algunos soldados comenzaron a instalar un lanzador de morteros. No tenían mucho tiempo.

“Uhura, contesta… ¡es hora!”, apuró Kirk por su intercomunicador. La respuesta de la Enterprise no tardó en llegar.

Con Spock en los controles, el transbordador comenzó a levantarse del piso del hangar y giró buscando la salida. Dos ráfagas de fuego lanzadas desde la pequeña nave dieron cuenta del lanzador de morteros. Un par más destruyeron uno de los cazas con la intención de hacerles saber que no debían bloquearles la salida o abrirían un boquete en la estructura del Destructor.

“Señor”, llamó uno de los controladores de tráfico al Capitán Needa, que recién entraba al puente de mando del Avenger, dando órdenes a diestra y siniestra, urgiendo a sus hombres a detener el transbordador. “Señor”, llamó de nuevo, captando esta vez la atención del Capitán. “La nave de Bobba Fett está entrando. ¿Cómo desea proceder?”.

Needa podía tener sus reparos respecto a los caza-recompensas, pero su presencia le brindaba una oportunidad única para detener la fuga.

“Ordénele que detenga ese transbordador, ¡a cualquier costo!”.

Fuera del Destructor Estelar, separadas por tan sólo unos metros, las dos naves se encontraron. La Slave-I, la nave caza de Boba Fett era mucho más grande que el transbordador y por supuesto, su potencia de fuego lo era también. Así lo demostró al disparar dos potentes láser. Al impacto, el transbordador explotó.

“¡Maldito caza-recompensas!”, exclamó Needa furioso. “¡Lo malinterpretó todo!”.

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jueves, 9 de abril de 2015

Estrellas en colisión - Capítulo 9

El juego del ratón



“¿¡Los prisioneros han escapado!?”, exclamó Dackra con incredulidad al escuchar la noticia de labios del suboficial que tenía frente a él.

El teniente servía bajo las ordenes del Gran Almirante Sarn en la estación científica emplazada en Imraad Alpha bajo supervisión de la DCI. Sin duda sus superiores estarían poco dados a aceptar y mucho menos a perdonar, que hubieran permitido a los espías escaparse. Inmediatamente, ordenó al suboficial y a dos soldados más acompañarlo a la bodega donde encerraron a los intrusos. Quería confirmar la mala noticia antes de notificarlo al Gran Almirante.

Cuando llegaron, el guardia en la puerta de entrada a la bodega le aseguró a Dackra que no se había apartado un solo minuto de su puesto y que recién descubrieron la fuga cuando unos minutos antes, el suboficial enviado por Dackra vino a buscarlos para enviarlos al Avenger por petición del capitán Needa.

“Es imposible, este almacén no tiene otro acceso…”, murmuró Dackra luego de entrar a la bodega. Aparte de las cajas allí arrumadas, no había nadie más. Los tres hombres que encerrara temprano ese día ya no estaban. Salió de nuevo y se acercó a un panel de control ubicado cerca a los controles de acceso a la bodega. Activó el intercomunicador ahí instalado y dictó unas cuantas órdenes.

Tres hombres con uniformes de técnicos de mantenimiento llegaron a la bodega al poco rato. Dackra los reconoció como técnicos de mantenimiento de la base.

“Finalmente llegan. ¡Quiero saber cómo escaparon los prisioneros si esta puerta nunca se abrió!”

Los técnicos consultaron sus computadoras portátiles, estudiaron los planos de la bodega e intercambiaron comentarios. Se acercaron a una pila de cajas apoyadas contra la pared. Uno de ellos sacó un escáner y lo apuntó a la caja más alta. En la pantalla del escáner apareció una imagen digital mostrando la pared oculta por la caja. Allí podía visualizarse una escotilla que según los planos, daba acceso a los túneles de ventilación.

“Esta es la única forma de salir”, concluyó uno de los técnicos. Llamó a Dackra y le compartió sus conclusiones, mostrándole la imagen del escáner.

“Por supuesto que esa escotilla ofrece una salida de esta bodega. Es por esa misma razón que ordené que apilaran estas cajas aquí, para bloquearla”, le gritó al técnico, furioso.

“De acuerdo con la imagen, la puerta de esa escotilla se encuentra abierta, teniente”, dijo el técnico en su defensa.

Dackra no salía de su asombro. Se acercó a la pila de cajas. Para armar esa pila habían usado una grúa. Aunque no resultaba difícil escalar la pila de cajas y llegar arriba, no había forma de que tres hombres, sin ayuda de maquinaria alguna, pudieran mover la caja más alta y más pesada para poder acceder a la escotilla. Esa no podía ser la ruta de escape, era imposible.

“Que revisen cada túnel de ventilación en la base, quiero que encuentren a los intrusos ¡y quiero que los encuentren ya!”, ordenó vociferando y retirándose con grandes zancadas. No quedaba más remedio que notificar al Gran Almirante.

Mientras, en uno de los muchos túneles de la base, Montgomery Scott y Allec Kemra se arrastraban siguiendo la guía del corelliano. Kemra se mostró divertido al notar como Scotty lo observaba de reojo de vez en cuando, con una mezcla de asombro y temor.

“¿Hay algo que quieras saber?”, preguntó Kemra.

Scotty dudó un momento antes de contestar.

“Bueno, sólo… ¿cómo hiciste para mover esa caja sin tocarla? Se veía muy pesada”

Kemra sonrió divertido. Hacía mucho que no disfrutaba del asombro que sus habilidades podían despertar a los ojos de los demás mortales.

“Es sólo un pequeño truco que aprendemos como parte del entrenamiento básico que recibimos para convertirnos en Caballeros Jedi. ¿Cómo es que dicen en tu mundo? Aprender a caminar antes de aprender a correr. Bueno, usar la Fuerza para mover cajas es algo que aprendes antes de aprender a caminar” y soltó una risa de satisfacción.

La verdad es que mover la caja en la bodega para poder acceder a la escotilla no le tomó mayor esfuerzo, pero aprender a hacerlo no fue algo tan trivial como quería hacerlo ver. De pequeño, cuando era un Padawan en entrenamiento en los jardines del Consejo, allá en Coruscant, pasó muchas horas tratando de apilar un grupo de cajas durante las clases que recibía del gran maestro Yoda.

“La Fuerza fluye a través de cada creación del universo, sea un ser vivo o una caja”, les dijo Yoda y con un movimiento de manos apenas perceptible, les enseñó como poner una caja sobre otra, sin importar que tan pesada fuera.

“Pero que chiste tiene eso, cuando podemos usar una grúa como la que está por allá”, dijo uno de los niños de la clase, señalando la grúa que usara el personal de logística para llevar hasta allí las cajas. Eran unos diez niños en clase, una de las más concurridas de los últimos años, Kemra entre ellos. Todos estaban un tanto impresionados por la burla de su pequeño compañero.

Yoda no replicó. El maestro Jedi, corto en estatura y muy entrado en años, hizo un movimiento igual de suave al que usara antes para mover la caja. Eso bastó para que la grúa comenzara a levitar por los aires, flotando hasta quedar sobre las cajas. Parecía desafiar la gravedad y no pesar más de lo que lo haría un globo de helio. Entonces, Yoda liberó la maquina y ya libre de las cuerdas invisibles que la hacían flotar, cayó sobre las cajas aplastándolas.

“Aprender a convivir con la Fuerza debemos, para usarla y realizar proezas como esta”. Y acercándose al joven Padawan que quiso hacerse el chistoso un momento antes, lo golpeó en la cabeza con el bastón que le servía de apoyo al caminar. “Ahora joven Obi-wan, levantar la grúa debes para poder sacar lo que queda de las cajas y continuar con la clase”.

Una lágrima se deslizó por la mejilla de Kemra. “¿Por qué tengo esta sensación de melancolía?”, se preguntó. “Obi-wan, amigo… ¿qué ha sido de ti?”.

En ese momento, Tane Boman, el corelliano, se detuvo y les hizo señas para que se acercaran. El túnel en ese punto era lo suficientemente ancho para que los tres pudieran acercarse a una escotilla. Del otro lado se podían ver las naves aparcadas abajo, en el hangar de la estación. Tane le pidió a Kemra que usara su magia una vez más y como hiciera antes en la bodega, Kemra usó la Fuerza para romper las soldaduras de la escotilla y quitar la tapa enrejada, que cayó en dirección al suelo del hangar. Estaban cerca del techo y desde esa altura, el estruendo de la tapa al golpear el metálico piso sería tal, que alertaría a cuanto soldado hubiera cerca. Antes que eso ocurriera, Kemra usó sus habilidades para sostenerla y depositarla suavemente en el piso, sin hacer ruido.

Los tres hombres salieron del túnel, Kemra primero, para luego ayudar a bajar a los otros dos de la misma forma que hiciera con la tapa, sosteniéndolos en el aire y bajándolos suavemente con ayuda de la Fuerza. Avanzaron por entre las naves, unas doce entre transbordadores y cazas, siguiendo a Tane hasta llegar a una nave que parecía más un disco destartalado.

“Esta es, señores. La Estrella de Corellia”, dijo Tane con orgullo. Se acercó a la entrada y luego de ingresar un código de seguridad en un panel numérico junto a la puerta, les invitó a seguir. “Todos a bordo, para que podamos irnos de este lugar”.

“Muchas gracias, Tane. Pero creo que no iremos”, dijo Kemra.

“¿Qué? ¿Acaso piensan quedarse aquí para que los encierren de nuevo? ¿Están locos?”.

“Como solía decir un viejo amigo mío, tu sendero y el nuestro siguen diferentes caminos, Tane. Y si nos indicas donde está la nave con forma de ave de rapiña que mencionaste antes, estaremos bien”, respondió Kemra.

Tane le indicó la dirección en que debían dirigirse, les dio algunas instrucciones adicionales y se despidió.

“Ustedes se lo pierden”, dijo mientras cerraba la puerta de la Estrella.

Scotty y Kemra salieron del hangar y recorrieron el pasillo de la derecha. Tuvieron suerte porque no encontraron soldados ni técnicos en su camino, que iba ensanchándose de a poco hasta terminar en una gran puerta de metal que iba de pared a pared y del piso al techo.

“Puedes usar otro de tus trucos básicos para abrir esta puerta”, preguntó Scotty.

Kemra no sabía si Scotty hablaba en serio o no, pero aún si tuviera su sable láser, dudaba que pudiera abrir una puerta de semejante tamaño. A su izquierda había una puerta más pequeña, con una cerradura electrónica simple. Kemra abrió la puerta, daba a un pequeño armario usado para guardar herramientas. Llamó a Scotty y cerró la puerta.

“¿Qué estamos haciendo aquí?”, quiso saber Scotty, algo nervioso.

“Espera y lo sabrás”, contestó Kemra poniendo el dedo índice sobre sus labios, indicándole a Scotty que guardara silencio.

Una potente explosión se dejó escuchar por todo el lugar, incluso dentro del pequeño armario. Acto seguido sonaron sirenas y el sonido de algo pesado desplazándose. “¡La puerta!”, pensó Scotty. Oyeron muchos pasos por el pasillo, sin duda producidos por las botas de un pelotón de soldados corriendo al lugar del incidente. Cuando ya no se escucharon mas, Kemra abrió de nuevo la puerta del armario y los dos salieron. La gran puerta continuaba abierta, en el afán no se habían molestado en cerrarla después de salir.

“¿Qué pasó?”, quiso saber Scotty.

Kemra se encogió de hombros.

“Un golpe de suerte. Sospecho que nuestro amigo Tane decidió irse con un gran estallido. Mejor aprovechamos la distracción para encontrar lo que hemos venido a buscar”.

Los dos entraron a la enorme bodega que se encontraba tras la gran puerta. Al fondo estaba su objetivo, frente a ellos, detrás de muchos equipos y un grupo de técnicos que continuaban allí trabajando. Uno de ellos, el que parecía tener el más alto rango, los vio y se acercó, apoyando su mano derecha sobre el arma que colgaba de si cinturón.

“¿Quiénes son ustedes?”, preguntó en tono amenazante.

“Creo que esta no es forma de dirigirse a dos emisarios del Emperador”, respondió Kemra, desafiante.

“¿Emisarios? No me lo creo”, replicó el técnico. “Ustedes no…”

“Los estábamos esperando, debieron informarnos que eran ustedes”, dijo Kemra con una voz suave, apenas perceptible pero definitivamente hipnotizante. El técnico repitió las palabras de Kemra como si fueran las suyas propias, mientras Scotty miraba asombrado. Podía no entender el idioma, pero sabía lo que allí estaba pasando. McCoy le había comentado del pequeño acto de circo de Kemra con los guardias de seguridad de la Enterprise. Por supuesto, Scotty no le creyó entonces. Pero luego de ver con sus propios ojos las proezas de las que era capaz, no tuvo más remedio que aceptarlo. En otras circunstancias, este Kemra al que apenas conocía, podría ser una persona de mucho peligro.

“Vamos a darles algo de privacidad. Volveremos en una hora”, dijo el técnico recitando textualmente las palabras que Kemra acababa de pronunciar. Llamó a los demás y todos salieron. La gran puerta se cerró dejándolos adentro, solos.

“Déjame adivinar”, dijo Scotty casi sin poder creerlo, “este es otro de los trucos aprendidos en tu entrenamiento básico como Jedi”.

“No”, replicó Kemra, de nuevo sonriendo. “Este lo aprendemos en uno de los cursos avanzados”. Y señalando a la enorme nave agazapada al fondo de la bodega, preguntó: “¿Crees que nos servirá para revivir los motores de la Enterprise?”.

Scotty posó sus manos en las caderas y miró con admiración la nave allí aparcada. Tenía la forma de una gran ave de rapiña y no en balde era referida como tal en los catálogos de la Federación.

“Es casi seguro, si la sala del reactor está intacta”.

Juntos avanzaron hacia la nave. No era la primera vez que entraba en una nave caza de estas, pero era la primera vez que se alegraba de hacerlo. Unos segundos después, desaparecieron dentro de las entrañas de esa magullada pero aparentemente todavía funcional Ave de Presa Klingon.

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jueves, 2 de abril de 2015

Estrellas en colisión - Capítulo 8

Un día de suerte



Dos soldados imperiales caminan con prisa, siguiendo las indicaciones de un pequeño dispositivo sostenido por el más bajo de ellos. Llegan ante una puerta cerrada y luego de inspeccionar el marco, el soldado más alto presiona la cerradura electrónica que se encuentra a la derecha. La puerta se abre de golpe y entran en lo que parece ser una bodega.

“¿Qué necesitan?”, pregunta un oficial con cara de aburrimiento, aparentemente molesto por la interrupción de los soldados. En su escritorio aparecen proyectadas varias imágenes con las listas de un inventario en proceso de actualización.

Los dos soldados intercambian miradas. El más bajo le hace señas al oficial de que algo anda mal con sus auriculares. Aparentemente, le cuesta trabajo escuchar lo que le dicen. El más alto da un paso atrás y luego de revisar el marco de la puerta, encuentra la cerradura electrónica de este lado. La presiona y la puerta se cierra de golpe.

En el puente de mando del Avenger, Needa observa la nave alienígena flotando en órbita sobre el planeta Imraad. Desea con ansia poder hacerse a sus secretos, pero sabe de sobra que nada de lo que haga valdrá la pena si Lord Vader muere abordo. Tiempos extremos demandan medidas extremas y la supervivencia de Darth Vader y la suya propia, demandan hacer uso de cualquier medida a su alcance. Por eso había aceptado la propuesta de los prisioneros y había llevado al que llamaban Leonard McCoy, hasta la sala de urgencias.

“¡Por Dios!”, exclamó McCoy al observar el cuerpo que flotaba frente a él, sumergido en un liquido viscoso dentro de un cilindro conectado a varios monitores. “¿Qué le ha pasado a este hombre?”

Needa le explicó la situación, con la ayuda de D474, que traducía rápidamente para el entendimiento y comprensión del buen doctor. Luego de echar un segundo vistazo al cuerpo, McCoy indicó que necesitaba de cierto equipo médico que tenían en el transbordador, equipo que usualmente no cargaban pero que llevaron atendiendo a los consejos de Allec Kemra.

“¿Cómo pudo saberlo? ¿Acaso además de controlar a otros puede también ver el futuro?”, se preguntó en silencio, convenciéndose finalmente que debió ser sólo una afortunada coincidencia.

En compañía de algunos soldados, Needa y el doctor fueron hasta el hangar donde se encontraba el transbordador. McCoy señaló algunos contenedores y un par de soldados los recogieron.

“Espero entienda la gravedad de la situación, doctor”, le advirtió Needa con voz grave, aunque la traducción en la voz electrónica de D474 carecía del mismo sentido de urgencia. “Si ese hombre en la sala de urgencias muere, usted, sus amigos y su pequeña nave, morirán también”.

Mientras el doctor era conducido de nuevo a la sala de urgencias con su carga, Needa regresó al puente de mando. Luego de actualizarse sobre las últimas novedades, esperó allí unos minutos contemplando aquella nave extraña, la llamada Enterprise. El golpeteo de unas botas sobre la superficie metálica del puente atrajo su atención. El Teniente Skeele saludó.

“¿Dónde estaba, Teniente?”, preguntó impaciente el capitán Needa.

“Disculpe, estaba resolviendo algunos asuntos personales, señor”.

“Cuando se trabaja para el Imperio, no existe tal cosa como los asuntos personales”, recriminó Needa. Acto seguido dio la espalda a la vista de la nave en órbita y comenzó a caminar por el pasillo del puente con Skeele a su lado. “Me informaron hace unos minutos que uno de nuestros soldados ha desertado y escapado al planeta Imraad. ¿Por qué no se me había notificado antes?”

“Lo lamento, señor. Con los eventos que se han desarrollado en esta última hora, quise esperar a tener más detalles antes de comunicárselo”.

“Sabe lo importante que es para el Imperio la investigación que se está llevando a cabo en este planeta, Teniente. La deserción de un soldado, por bajo rango que tenga, podría significar un enorme riesgo para la seguridad de este proyecto. Ya bastantes complicaciones tenemos con la delicada situación de Lord Vader, como para encima tener que dar esta clase de noticias al Emperador, si entiende a qué me refiero, Teniente”.

Skeele lo sabía bastante bien. Esta no era su primera asignación en una nave Imperial. Anteriormente había estado bajo las órdenes de su hermano, el Gran Almirante Ego Skeele. Aquellos fueron días interesantes, en los que fue todo un honor y un orgullo servir al Imperio en exitosas campañas donde la firme y decidida guía de su hermano resultaron determinantes para llevar orden a un vasto sector de la Galaxia. Todo eso cambió luego de la batalla de Endor. El Emperador mandó llamar a muchos de sus Gran Almirantes para que rindieran cuentas por su falta de asistencia en la batalla. Ego, al igual que muchos otros, se presentaron en el que fuera el Gran Salón del Consejo, en el corazón del planeta Coruscant, capital del Imperio y nunca más se les vio con vida. Desaparecieron consumidos por la ira del Emperador. Luego de eso, Skeele pasó a prestar servicio en el Avenger, pero del honor y el orgullo ya no le quedaba más que los recuerdos. Si capitán, Skeele sabía perfectamente cuán cruel podía llegar a ser la mano del Emperador.

“No hay de qué preocuparse, capitán. Acabo de recibir un comunicado del planeta. Un caza recompensas le dio captura no hace mucho. He ordenado que lo traiga para ser interrogado”, contestó Skeele.

“Asegúrese que sea pronto. ¿Alguna otra novedad?”

“Recibí también reportes de un par de incidentes con los que parecen ser espías, probablemente rebeldes. El Gran Almirante Sarn se está encargando de eso”.

¿Espías? La situación parecía estarse complicando cada vez más. Needa sabía que si los rebeldes conseguían información sobre la nueva arma en la que estaban trabajando en Imraad, ante el Emperador de nada le serviría que salvara la vida de Lord Vader.

“Ordene que traigan esos espías abordo inmediatamente. Quiero encargarme personalmente de su interrogatorio”, ordenó y abandonó el puente de mando, dejando a Skeele a cargo.

Una vez hubo alcanzado la privacidad de su suite, Needa se dejó caer sobre un gran sillón y cruzó las manos frente a él, meditando sobre su situación. Se sentía preso de las circunstancias. Quería retomar la conversación con los prisioneros a la brevedad, pero para eso necesitaba de los servicios del androide y lo había enviado con el doctor, así que tendría que esperar. Necesitaba resolver lo de aquel soldado desertor pero nada podía hacer hasta que el caza recompensas se dignara a entregarlo. Detestaba a los caza recompensas y no le agradaba para nada pagar a uno de ellos por un trabajo que debieron realizar sus hombres, soldados profesionales, no matones en venta al mejor postor. Y ni que decir de las implicaciones de tener espías en la estación científica. No le quedaba más que esperar para una cosa o para la otra y según su experiencia, no había nada más letal que quedarse cruzado de brazos sin hacer nada. Debía pensar en algo para revertir esa situación.

El timbre del intercomunicador irrumpió el silencio del cuarto. Needa contestó. El semblante de su rostro pasó de pronto a denotar una combinación pasmosa de sorpresa y enojo.

“¡Esta línea es privada! ¿Cómo consiguió violar la seguridad de nuestro sistema?”, vociferó poniéndose de pie y moviendo agitadamente los brazos.

Unos pisos más abajo, en la sala de urgencias médicas, McCoy esperaba pacientemente a que su paciente despertará, en compañía de cuatro de sus “colegas” imperiales y dos androides médicos que los asistían.

Una vez que los soldados imperiales llevaron hasta allí el equipo médico que cargaron desde el transbordador, McCoy se puso manos a la obra. Primero, solicitó a los médicos sacar el cuerpo de Vader fuera del cilindro en que estaba contenido, esto para poder realizar un escaneo y diagnóstico con su tricorder médico. Con mucho cuidado, médicos y robots depositaron el cuerpo sobre una cama metálica. McCoy pasó el tricorder sobre el cuerpo tendido y las lecturas lo dejaron sorprendido. Era casi imposible de creer que una persona hubiera sobrevivido luego de sufrir la clase de heridas que ahora estaban sepultadas bajo sendas cicatrices. Quizás se debía a las ayudas cibernéticas que estaban conectadas a todo lo largo del cuerpo, remplazando tanto extremidades enteras, como sus piernas o su antebrazo y mano derechas, como algunos órganos internos, como pulmones y riñones. Descartando primero que aquellos equipos e implantes tuvieran algún desperfecto, McCoy se concentró en revisar los órganos todavía funcionales para determinar qué había desencadenado el colapso causante del alboroto que atestiguaron cuando él, Jim, Spock y el androide eran conducidos hasta el salón donde tuvieron esa corta entrevista con Needa. Y por supuesto, como no podía ser de otra forma, encontró la causa.

“Traduce con cuidado, chatarra”, le dijo a D474 y comenzó, señalando el cilindro en que estaba sumergido Vader: “Este tubo suyo contiene un líquido regenerador bastante eficiente, sin embargo, sus propiedades regenerativas no parecen obrar con suficiente rapidez en heridas profundas. Diría que por causa de un intenso estrés, se produjo una fisura en el corazón y aunque desconozco el por qué continua con vida cuando debería haber muerto infartado hace ya bastante, me temo que no aguantará mucho más si no la cauterizamos pronto. Para lograrlo, puedo usar este equipo y algo de su ayuda” y señaló el kit de reanimación, que una vez fuera de los contenedores y ensamblado, constaba de un escalpelo laser, un regenerador celular, un kit quirúrgico de emergencia y una cubierta equipada con sensores y electrodos a usar como especie de chaqueta sobre el pecho de un hombre para mantenerlo estable en una cirugía delicada, como la de corazón abierto que proponía.

Los médicos protestaron y se negaron a permitir tal intervención, argumentando que en el estado actual de Vader, eso bien podría acelerar su muerte. McCoy insistió con vehemencia confiado en su habilidad y experticia y más que nada, en honor de aquel juramento hipocrático que hiciera cuando recibió su grado de Doctor. Así las cosas, se enfrascó en una fuerte discusión con los médicos imperiales. D474 hacia lo que podía para traducir a unos y otros pero llegó un momento en que las voces se mezclaron en un desorden tal, que el androide sólo conseguía mover la cabeza para un lado y otro sin poder articular una sola oración completa. Y entonces, sin ningún aviso, los médicos imperiales callaron y se apartaron, dejando a McCoy vociferando en solitario. Le tomó un rato al doctor percatarse del silencio de sus “colegas” y de que miraban con temor al cuerpo sobre la mesa. Se volteó y para su sorpresa, se encontró con que aquel hombre, Darth Vader, estaba consciente, con los ojos abiertos, mirándolo fijamente. A través de la máscara de oxigeno que cubría su nariz y boca, susurró unas palabras y D474 se apresuró a traducirlas:

“Dice que proceda con la operación, doctor”.

La voluntad de aquel hombre debía ser absoluta porque ante su aprobación, los médicos imperiales dejaron de protestar y comenzaron a asistir a McCoy. Con su ayuda, el doctor posicionó la chaqueta sobre el pecho de Vader, que nuevamente quedó inconsciente, aparentemente como consecuencia de la anestesia suministrada. Presionó algunos botones y con ayuda del tricorder, programó la chaqueta para realizar una profunda incisión en el costado izquierdo, justo sobre el corazón. Tomó el escalpelo laser y procedió con la operación. Cuando hubo terminado, cauterizó la herida con el regenerador celular y con ayuda de los médicos imperiales, llevó nuevamente a Vader al tubo de regeneración. Luego, se sentó a esperar.

Poco después, los sensores atados al cuerpo de Vader comenzaron a registrar un cambio en sus funciones vitales. Las lecturas fueron mejorando con cada segundo y pronto, fueron tan normales como si nunca hubiese estado al borde de la muerte. McCoy esperaba una recuperación sí, pero no una tan notoriamente rápida. No lo esperaba, pero tampoco le molestaba. Su misión estaba cumplida.

“Bueno, si eso es todo…” musitó McCoy mientras lentamente retrocedía hacia la puerta. Llamó la atención del androide para que lo acompañara de salida, pero uno de los médicos le cortó el paso. En ese momento la puerta se abrió y un hombre enmascarado entró disparando. El primer impactó asestó en el médico junto a la puerta, el segundo golpeó al androide, que se desplomó sobre McCoy, de forma que los dos cayeron al suelo. Los siguientes disparos cobraron la vida de los médicos restantes y de los androides médicos, que saltaron en pedazos. El hombre en el tubo era el siguiente.

“¡Larga vida a Xizor!”, exclamó el hombre enmascarado antes de volver a disparar.

Vader era un blanco seguro. Encerrado en el tubo de regeneración, no tenía para donde correr o esconderse. El rayo impactó el tubo contenedor y este estalló, regando liquido por toda la sala de urgencias y llenando el lugar con un denso vapor. Para desgracia del enmascarado, Vader estaba despierto e increíblemente, de pie en los restos de lo que fuera el contenedor. El asesino intentó disparar de nuevo, pero el arma le fue arrancada de las manos por una fuerza invisible que manaba de la mano de Vader, extendida hacia él. Y antes que pudiera siquiera pensar en huir, manos también invisibles le tomaron la cabeza conforme Vader cerraba el puño y lo giraba, haciendo girar también la cabeza unos 360 grados, fracturándole el cuello sin mayor sin esfuerzo.

En medio del desorden, Needa y un pequeño contingente de soldados arribaron. Dos soldados más se unieron casi al tiempo al grupo. El vapor no se había disipado del todo cuando Needa entró en la sala de urgencias y se encontró con una figura desnuda e imponente frente a él. Needa sabía que aquel no era otro que Darth Vader y ordenó a los soldados esperar, nadie debía ver al Señor del Sith así. Inmediatamente sacó de un armario a su derecha una nueva armadura, una que previamente había sido llevada allí para usar en el momento en que Vader se recuperara y este era el momento. Cuando el vapor se disipó, los soldados se encontraron frente a frente con el señor del Sith, vestido en sus ropas negras y resoplando a través de la máscara en su cabeza, un sonido que inspiraba temor en sus súbditos y terror en sus enemigos.

Junto a los cuerpos de los médicos asesinados, un gemido de dolor hizo que repararan en un sobreviviente a esta masacre, cuyo perpetrador yacía muerto a unos pasos de Vader, quien sin prestarles atención, abandonó la sala de urgencias. Algunos soldados pusieron en pie a D474, de cuyo cuerpo brotaba una que otra chispa en el lugar donde el rayo lo golpeo. Posteriormente, ayudaron a poner en pie a un maltrecho pero ileso doctor McCoy.

“Ha hecho un buen trabajo doctor pero sus servicios aquí ya no son requeridos”, dijo Needa, tratando de ocultar esa sensación de alivio que comenzaba a invadirlo, dándole un respiro entre tantos asuntos pendientes. “Ahora por favor, acompañe a mis soldados de vuelta al Salón de reuniones. En cuanto pueda estaré con ustedes para continuar nuestra charla”. D474 tradujo tan rápido como pudo. Needa hizo un gesto y ordenó a los guardias: “¡Llévenselos!”

Los últimos dos soldados en llegar al lugar tomaron al doctor y al robot y los esposaron. Salieron de la sala y se encaminaron a un ascensor cercano. Lo tomaron.

“Así que de vuelta a donde comenzamos, lata oxidada”, se quejó McCoy, esperando a que el robot le replicara. Para su sorpresa, fue uno de los soldados quien contesto a eso.

“Por el contrario, creo que es hora de irnos, Bones”.

Sorprendido, McCoy no supo cómo reaccionar cuando el soldado más bajo le retiró las esposas, Claro que todo quedó aclarado en cuanto se despojó del pesado casco que cubría su rostro. El más alto hizo lo mismo y McCoy no contuvo la alegría que le produjo ver a esos dos.

“¡Jim! ¡Spock! Pero... ¿cómo?”

“Ya te contaremos los detalles, pero ahora es más apremiante llegar al transbordador. D474, ¿conoces el camino?”, preguntó el capitán Kirk.

El robot miró el panel de controles del ascensor.

“Creo que esto tal vez pueda ayudar, señor” y presionó el botón etiquetado “HANGAR”.

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miércoles, 25 de marzo de 2015

Estrellas en colisión - Capítulo 7

No es el Corelliano que buscaban



“Se lo llevaron, ¿no es así?”

Kemra se volvió rápidamente para encarar al dueño de la voz que acababa de escuchar y que definitivamente no correspondía a Montgomery Scott, sino al hombre alto de cabello oscuro y una vestimenta que bien lo haría pasar por un vaquero espacial, que ayudaba al viejo Ingeniero a ponerse de pie.

“¿Quién eres?”, preguntó Kemra.

“Por supuesto, que malos modales. Me llamo Tane Boman, capitán de la Estrella de Corellia, una de las mejores naves de la Galaxia y desafortunadamente, la causa de mi predicamento actual”.

Un corelliano, pensó Kemra. Hace mucho que no veía a los suyos. La mayoría tenían fama de contrabandistas y pendencieros, no eran precisamente personas de fiar.

“¿Y ustedes, quiénes son?”, preguntó Tane.

“Somos visitantes”, se limitó a contestar Kemra. Todavía no decidía si podía confiar en aquel extraño. “Tuvimos el infortunio de atravesarnos en el camino de un desertor y un cazarecompensas y terminamos aquí”.

“Si, el cazarecompensas. Como dije, parece ser que es mi culpa que llegara hasta aquí. Se suponía que debía recoger un pasajero y sacarlo de este planeta a cambio de cierta información que pudiera vender. Era una operación sencilla, hasta que ese cazarecompensas confundió mi nave con otra nave corelliana, buscada con afán por el Imperio. El maldito me persiguió y cuando descubrió que la Estrella no era el Millenium Falcon, me entregó a los Imperiales por unas cuantas monedas, acusándome de ser un espía de la Rebelión”.

“Según dicen, no hay honor entre ladrones”, comentó Kemra.

“Oye anciano, no sé quién te crees pero no puedes andar juzgando a la ligera”, protestó Tane. “Mi pasajero era un soldado desertor que me entregó información que puede ser vital para la Alianza Rebelde y mi misión era hacerles llegar esa información. Soy un hombre de principios, ¿sabes? No como Han, el capitán del Falcon, que tiene una reputación tan mala que sólo consigue trabajo con los Hutt en Tatooine y que incluso eso es capaz de arruinar”.

“Entonces, ¿si eres un espía de los rebeldes?”

“Bueno, no exactamente un espía y no trabajo exclusivamente para los rebeldes, de algo hay que vivir”, confesó con una sonrisa. “Pero al menos trato de ayudar. Y si bien es cierto que iba a recibir un buen pago por sacar al desertor, también lo es que la información que me entregó puede ayudar a la Rebelión a resolver el enigma de las desapariciones en el Triángulo de Dreighton”.

“¿Desapariciones?”

“¿No han oído de las misteriosas desapariciones de astronaves en el espacio circundante al planeta Dreighton? Unos pocos testigos dicen que fueron atacados por un caza misterioso que aparecía y desaparecía, un fantasma de una guerra ya olvidada”.

“Hablas de mitos y leyendas. ¿Por qué habría eso de interesar a la Rebelión?”

“Porque gracias a la información que recibí, creo que no se trata precisamente de fantasmas sino de algo que puede ser mucho más peligroso. Algo que viene tramando el Imperio gracias a lo que tienen aquí. Tendré que acercarme a Dreighton para confirmarlo, pero si es cierto…”

“¿Qué tanto hablan ustedes dos?”, preguntó Scotty ya cansado de no entender ni una palabra del dialecto hablado por sus compañeros de celda.

Kemra resumió al Ingeniero la conversación con el corelliano. Al escucharlos, Tane se sorprendió de no ser capaz de reconocer el idioma que hablaban, algo casi imposible de creer. Como contrabandista, había recorrido la Galaxia muchas veces y aunque no los hablara, era capaz de entender desde los eructos de los Hutts hasta los gruñidos tribales de los Wookies y cualquier variante entre aquellos extremos. Estos dos tampoco hablaban en lenguaje Galáctico básico, aunque los fonemas que pronunciaban sonaban muy similar a la entonación sofisticada y elegante que usaban los cortesanos en Naboo. Así las cosas, estos dos debían venir de muy lejos, quizás tuvieran relación con…

“¿Ustedes no serán los pilotos de aquella extraña nave, verdad?”

Kemra interrumpió su charla con Scott. ¿A qué nave se refería el corelliano? ¿Se referiría acaso a la Enterprise?

“¿Exactamente a qué nave te refieres?”, cuestionó.

“A la que tienen aquí abajo en las bodegas, es de lo que te estaba hablando hace un momento, de los mitos y leyendas, como le llamaste. Bueno, todas las respuestas parecen provenir de una extraña nave que encontraron en este planeta hace algún tiempo, una con la forma de un ave de rapiña”.

¿Un ave de rapiña? No había naves como esa en la flota Imperial ni en ninguna que Kemra pudiera recordar. Pero si sabía de naves con esa descripción en otra flota. Cuando llegó a la Tierra e inició su investigación sobre las capacidades de las naves de la Federación Unida de Planetas, Kemra no restringió su investigación solamente a las naves propias de la Federación, también estudió las naves usadas por aquellas civilizaciones que estaban por fuera de la Federación o en su contra. Llegó a conocer muy bien muchas de ellas, aunque fuera en el papel y aunque finalmente se decidió por una nave estelar tipo Constitución como la Enterprise, hubo otra que bien podría haber sido usada para su viaje por el hiperuniverso si las condiciones hubieran sido más propicias y no perteneciera a una raza en guerra declarada contra la Federación. Ese tipo de nave además contaba con la capacidad para comportarse de forma tal, que un observador desprevenido podría confundirla con una nave fantasma. Para confirmar que su teoría era correcta, Kemra describió algunas características de aquellas naves al corelliano.

Para su agrado, a cada descripción dada, la respuesta fue: “Sí, tal cuál”.

“¿Qué sucede?”, preguntó Scotty intrigado por el manifiesto entusiasmo de su compañero.

“Creo que se cuál es la fuente del Deuterio que estamos buscando”, respondió emocionado.

“Bueno, eso ya es algo. Solo debemos salir de aquí, encontrarlo y enviarlo a la Enterprise. No sé por qué cuando desperté creí que estábamos perdidos y que toda esta misión había sido un fracaso”, respondió Scott con un tono bastante sarcástico, que no pasó inadvertido para Kemra.

“Deberías tener un poco de fe. Estas bodegas no fueron construidas como celdas, estoy seguro que debe haber una forma sencilla de salir de aquí”. Se volvió hacia el corelliano y preguntó: “Parece que llevas más tiempo que nosotros aquí encerrado. ¿Tienes ya algún plan de escape?”

Tane sonrió.

“Se de una forma de salir de aquí. Hay una escotilla que da a los túneles de ventilación, no es muy grande pero si lo suficiente para que podamos caber”. Miró a Scotty y por un momento dudó, pero inmediatamente se convenció de que no habría problema con su gruesa constitución. “Si, estoy seguro que podemos arrastrarnos por ellas. Esta estación sigue los parámetros de construcción imperiales, así que es apuesta segura asumir que están interconectados y que a través de ellos podemos llegar al hangar donde tienen mi nave. Una vez en la Estrella, será pan comido dejarlos a salvo en alguna estación amistosa y yo quedaré libre para buscar a los rebeldes y vender… este, compartirles lo que descubrí aquí”.

“Si, estoy seguro de eso. Tu plan parece basarse en muchos supuestos pero es lo mejor que tenemos por ahora”. Kemra revisó las cuatro paredes, techo y piso y tan solo vio cajas, grandes y pequeñas, mayormente apiñadas contra los muros. No se veía nada parecido a lo descrito por Tane. “¿Y dónde se supone está esa dichosa escotilla?”

El corelliano se llevó una de las manos a la cabeza y respondió entre risas.

“Ahí está el detalle. Verán, cuando me trajeron había una grúa y bueno, la escotilla está ahí, sólo que no podemos verla”.