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jueves, 2 de abril de 2015

Estrellas en colisión - Capítulo 8

Un día de suerte



Dos soldados imperiales caminan con prisa, siguiendo las indicaciones de un pequeño dispositivo sostenido por el más bajo de ellos. Llegan ante una puerta cerrada y luego de inspeccionar el marco, el soldado más alto presiona la cerradura electrónica que se encuentra a la derecha. La puerta se abre de golpe y entran en lo que parece ser una bodega.

“¿Qué necesitan?”, pregunta un oficial con cara de aburrimiento, aparentemente molesto por la interrupción de los soldados. En su escritorio aparecen proyectadas varias imágenes con las listas de un inventario en proceso de actualización.

Los dos soldados intercambian miradas. El más bajo le hace señas al oficial de que algo anda mal con sus auriculares. Aparentemente, le cuesta trabajo escuchar lo que le dicen. El más alto da un paso atrás y luego de revisar el marco de la puerta, encuentra la cerradura electrónica de este lado. La presiona y la puerta se cierra de golpe.

En el puente de mando del Avenger, Needa observa la nave alienígena flotando en órbita sobre el planeta Imraad. Desea con ansia poder hacerse a sus secretos, pero sabe de sobra que nada de lo que haga valdrá la pena si Lord Vader muere abordo. Tiempos extremos demandan medidas extremas y la supervivencia de Darth Vader y la suya propia, demandan hacer uso de cualquier medida a su alcance. Por eso había aceptado la propuesta de los prisioneros y había llevado al que llamaban Leonard McCoy, hasta la sala de urgencias.

“¡Por Dios!”, exclamó McCoy al observar el cuerpo que flotaba frente a él, sumergido en un liquido viscoso dentro de un cilindro conectado a varios monitores. “¿Qué le ha pasado a este hombre?”

Needa le explicó la situación, con la ayuda de D474, que traducía rápidamente para el entendimiento y comprensión del buen doctor. Luego de echar un segundo vistazo al cuerpo, McCoy indicó que necesitaba de cierto equipo médico que tenían en el transbordador, equipo que usualmente no cargaban pero que llevaron atendiendo a los consejos de Allec Kemra.

“¿Cómo pudo saberlo? ¿Acaso además de controlar a otros puede también ver el futuro?”, se preguntó en silencio, convenciéndose finalmente que debió ser sólo una afortunada coincidencia.

En compañía de algunos soldados, Needa y el doctor fueron hasta el hangar donde se encontraba el transbordador. McCoy señaló algunos contenedores y un par de soldados los recogieron.

“Espero entienda la gravedad de la situación, doctor”, le advirtió Needa con voz grave, aunque la traducción en la voz electrónica de D474 carecía del mismo sentido de urgencia. “Si ese hombre en la sala de urgencias muere, usted, sus amigos y su pequeña nave, morirán también”.

Mientras el doctor era conducido de nuevo a la sala de urgencias con su carga, Needa regresó al puente de mando. Luego de actualizarse sobre las últimas novedades, esperó allí unos minutos contemplando aquella nave extraña, la llamada Enterprise. El golpeteo de unas botas sobre la superficie metálica del puente atrajo su atención. El Teniente Skeele saludó.

“¿Dónde estaba, Teniente?”, preguntó impaciente el capitán Needa.

“Disculpe, estaba resolviendo algunos asuntos personales, señor”.

“Cuando se trabaja para el Imperio, no existe tal cosa como los asuntos personales”, recriminó Needa. Acto seguido dio la espalda a la vista de la nave en órbita y comenzó a caminar por el pasillo del puente con Skeele a su lado. “Me informaron hace unos minutos que uno de nuestros soldados ha desertado y escapado al planeta Imraad. ¿Por qué no se me había notificado antes?”

“Lo lamento, señor. Con los eventos que se han desarrollado en esta última hora, quise esperar a tener más detalles antes de comunicárselo”.

“Sabe lo importante que es para el Imperio la investigación que se está llevando a cabo en este planeta, Teniente. La deserción de un soldado, por bajo rango que tenga, podría significar un enorme riesgo para la seguridad de este proyecto. Ya bastantes complicaciones tenemos con la delicada situación de Lord Vader, como para encima tener que dar esta clase de noticias al Emperador, si entiende a qué me refiero, Teniente”.

Skeele lo sabía bastante bien. Esta no era su primera asignación en una nave Imperial. Anteriormente había estado bajo las órdenes de su hermano, el Gran Almirante Ego Skeele. Aquellos fueron días interesantes, en los que fue todo un honor y un orgullo servir al Imperio en exitosas campañas donde la firme y decidida guía de su hermano resultaron determinantes para llevar orden a un vasto sector de la Galaxia. Todo eso cambió luego de la batalla de Endor. El Emperador mandó llamar a muchos de sus Gran Almirantes para que rindieran cuentas por su falta de asistencia en la batalla. Ego, al igual que muchos otros, se presentaron en el que fuera el Gran Salón del Consejo, en el corazón del planeta Coruscant, capital del Imperio y nunca más se les vio con vida. Desaparecieron consumidos por la ira del Emperador. Luego de eso, Skeele pasó a prestar servicio en el Avenger, pero del honor y el orgullo ya no le quedaba más que los recuerdos. Si capitán, Skeele sabía perfectamente cuán cruel podía llegar a ser la mano del Emperador.

“No hay de qué preocuparse, capitán. Acabo de recibir un comunicado del planeta. Un caza recompensas le dio captura no hace mucho. He ordenado que lo traiga para ser interrogado”, contestó Skeele.

“Asegúrese que sea pronto. ¿Alguna otra novedad?”

“Recibí también reportes de un par de incidentes con los que parecen ser espías, probablemente rebeldes. El Gran Almirante Sarn se está encargando de eso”.

¿Espías? La situación parecía estarse complicando cada vez más. Needa sabía que si los rebeldes conseguían información sobre la nueva arma en la que estaban trabajando en Imraad, ante el Emperador de nada le serviría que salvara la vida de Lord Vader.

“Ordene que traigan esos espías abordo inmediatamente. Quiero encargarme personalmente de su interrogatorio”, ordenó y abandonó el puente de mando, dejando a Skeele a cargo.

Una vez hubo alcanzado la privacidad de su suite, Needa se dejó caer sobre un gran sillón y cruzó las manos frente a él, meditando sobre su situación. Se sentía preso de las circunstancias. Quería retomar la conversación con los prisioneros a la brevedad, pero para eso necesitaba de los servicios del androide y lo había enviado con el doctor, así que tendría que esperar. Necesitaba resolver lo de aquel soldado desertor pero nada podía hacer hasta que el caza recompensas se dignara a entregarlo. Detestaba a los caza recompensas y no le agradaba para nada pagar a uno de ellos por un trabajo que debieron realizar sus hombres, soldados profesionales, no matones en venta al mejor postor. Y ni que decir de las implicaciones de tener espías en la estación científica. No le quedaba más que esperar para una cosa o para la otra y según su experiencia, no había nada más letal que quedarse cruzado de brazos sin hacer nada. Debía pensar en algo para revertir esa situación.

El timbre del intercomunicador irrumpió el silencio del cuarto. Needa contestó. El semblante de su rostro pasó de pronto a denotar una combinación pasmosa de sorpresa y enojo.

“¡Esta línea es privada! ¿Cómo consiguió violar la seguridad de nuestro sistema?”, vociferó poniéndose de pie y moviendo agitadamente los brazos.

Unos pisos más abajo, en la sala de urgencias médicas, McCoy esperaba pacientemente a que su paciente despertará, en compañía de cuatro de sus “colegas” imperiales y dos androides médicos que los asistían.

Una vez que los soldados imperiales llevaron hasta allí el equipo médico que cargaron desde el transbordador, McCoy se puso manos a la obra. Primero, solicitó a los médicos sacar el cuerpo de Vader fuera del cilindro en que estaba contenido, esto para poder realizar un escaneo y diagnóstico con su tricorder médico. Con mucho cuidado, médicos y robots depositaron el cuerpo sobre una cama metálica. McCoy pasó el tricorder sobre el cuerpo tendido y las lecturas lo dejaron sorprendido. Era casi imposible de creer que una persona hubiera sobrevivido luego de sufrir la clase de heridas que ahora estaban sepultadas bajo sendas cicatrices. Quizás se debía a las ayudas cibernéticas que estaban conectadas a todo lo largo del cuerpo, remplazando tanto extremidades enteras, como sus piernas o su antebrazo y mano derechas, como algunos órganos internos, como pulmones y riñones. Descartando primero que aquellos equipos e implantes tuvieran algún desperfecto, McCoy se concentró en revisar los órganos todavía funcionales para determinar qué había desencadenado el colapso causante del alboroto que atestiguaron cuando él, Jim, Spock y el androide eran conducidos hasta el salón donde tuvieron esa corta entrevista con Needa. Y por supuesto, como no podía ser de otra forma, encontró la causa.

“Traduce con cuidado, chatarra”, le dijo a D474 y comenzó, señalando el cilindro en que estaba sumergido Vader: “Este tubo suyo contiene un líquido regenerador bastante eficiente, sin embargo, sus propiedades regenerativas no parecen obrar con suficiente rapidez en heridas profundas. Diría que por causa de un intenso estrés, se produjo una fisura en el corazón y aunque desconozco el por qué continua con vida cuando debería haber muerto infartado hace ya bastante, me temo que no aguantará mucho más si no la cauterizamos pronto. Para lograrlo, puedo usar este equipo y algo de su ayuda” y señaló el kit de reanimación, que una vez fuera de los contenedores y ensamblado, constaba de un escalpelo laser, un regenerador celular, un kit quirúrgico de emergencia y una cubierta equipada con sensores y electrodos a usar como especie de chaqueta sobre el pecho de un hombre para mantenerlo estable en una cirugía delicada, como la de corazón abierto que proponía.

Los médicos protestaron y se negaron a permitir tal intervención, argumentando que en el estado actual de Vader, eso bien podría acelerar su muerte. McCoy insistió con vehemencia confiado en su habilidad y experticia y más que nada, en honor de aquel juramento hipocrático que hiciera cuando recibió su grado de Doctor. Así las cosas, se enfrascó en una fuerte discusión con los médicos imperiales. D474 hacia lo que podía para traducir a unos y otros pero llegó un momento en que las voces se mezclaron en un desorden tal, que el androide sólo conseguía mover la cabeza para un lado y otro sin poder articular una sola oración completa. Y entonces, sin ningún aviso, los médicos imperiales callaron y se apartaron, dejando a McCoy vociferando en solitario. Le tomó un rato al doctor percatarse del silencio de sus “colegas” y de que miraban con temor al cuerpo sobre la mesa. Se volteó y para su sorpresa, se encontró con que aquel hombre, Darth Vader, estaba consciente, con los ojos abiertos, mirándolo fijamente. A través de la máscara de oxigeno que cubría su nariz y boca, susurró unas palabras y D474 se apresuró a traducirlas:

“Dice que proceda con la operación, doctor”.

La voluntad de aquel hombre debía ser absoluta porque ante su aprobación, los médicos imperiales dejaron de protestar y comenzaron a asistir a McCoy. Con su ayuda, el doctor posicionó la chaqueta sobre el pecho de Vader, que nuevamente quedó inconsciente, aparentemente como consecuencia de la anestesia suministrada. Presionó algunos botones y con ayuda del tricorder, programó la chaqueta para realizar una profunda incisión en el costado izquierdo, justo sobre el corazón. Tomó el escalpelo laser y procedió con la operación. Cuando hubo terminado, cauterizó la herida con el regenerador celular y con ayuda de los médicos imperiales, llevó nuevamente a Vader al tubo de regeneración. Luego, se sentó a esperar.

Poco después, los sensores atados al cuerpo de Vader comenzaron a registrar un cambio en sus funciones vitales. Las lecturas fueron mejorando con cada segundo y pronto, fueron tan normales como si nunca hubiese estado al borde de la muerte. McCoy esperaba una recuperación sí, pero no una tan notoriamente rápida. No lo esperaba, pero tampoco le molestaba. Su misión estaba cumplida.

“Bueno, si eso es todo…” musitó McCoy mientras lentamente retrocedía hacia la puerta. Llamó la atención del androide para que lo acompañara de salida, pero uno de los médicos le cortó el paso. En ese momento la puerta se abrió y un hombre enmascarado entró disparando. El primer impactó asestó en el médico junto a la puerta, el segundo golpeó al androide, que se desplomó sobre McCoy, de forma que los dos cayeron al suelo. Los siguientes disparos cobraron la vida de los médicos restantes y de los androides médicos, que saltaron en pedazos. El hombre en el tubo era el siguiente.

“¡Larga vida a Xizor!”, exclamó el hombre enmascarado antes de volver a disparar.

Vader era un blanco seguro. Encerrado en el tubo de regeneración, no tenía para donde correr o esconderse. El rayo impactó el tubo contenedor y este estalló, regando liquido por toda la sala de urgencias y llenando el lugar con un denso vapor. Para desgracia del enmascarado, Vader estaba despierto e increíblemente, de pie en los restos de lo que fuera el contenedor. El asesino intentó disparar de nuevo, pero el arma le fue arrancada de las manos por una fuerza invisible que manaba de la mano de Vader, extendida hacia él. Y antes que pudiera siquiera pensar en huir, manos también invisibles le tomaron la cabeza conforme Vader cerraba el puño y lo giraba, haciendo girar también la cabeza unos 360 grados, fracturándole el cuello sin mayor sin esfuerzo.

En medio del desorden, Needa y un pequeño contingente de soldados arribaron. Dos soldados más se unieron casi al tiempo al grupo. El vapor no se había disipado del todo cuando Needa entró en la sala de urgencias y se encontró con una figura desnuda e imponente frente a él. Needa sabía que aquel no era otro que Darth Vader y ordenó a los soldados esperar, nadie debía ver al Señor del Sith así. Inmediatamente sacó de un armario a su derecha una nueva armadura, una que previamente había sido llevada allí para usar en el momento en que Vader se recuperara y este era el momento. Cuando el vapor se disipó, los soldados se encontraron frente a frente con el señor del Sith, vestido en sus ropas negras y resoplando a través de la máscara en su cabeza, un sonido que inspiraba temor en sus súbditos y terror en sus enemigos.

Junto a los cuerpos de los médicos asesinados, un gemido de dolor hizo que repararan en un sobreviviente a esta masacre, cuyo perpetrador yacía muerto a unos pasos de Vader, quien sin prestarles atención, abandonó la sala de urgencias. Algunos soldados pusieron en pie a D474, de cuyo cuerpo brotaba una que otra chispa en el lugar donde el rayo lo golpeo. Posteriormente, ayudaron a poner en pie a un maltrecho pero ileso doctor McCoy.

“Ha hecho un buen trabajo doctor pero sus servicios aquí ya no son requeridos”, dijo Needa, tratando de ocultar esa sensación de alivio que comenzaba a invadirlo, dándole un respiro entre tantos asuntos pendientes. “Ahora por favor, acompañe a mis soldados de vuelta al Salón de reuniones. En cuanto pueda estaré con ustedes para continuar nuestra charla”. D474 tradujo tan rápido como pudo. Needa hizo un gesto y ordenó a los guardias: “¡Llévenselos!”

Los últimos dos soldados en llegar al lugar tomaron al doctor y al robot y los esposaron. Salieron de la sala y se encaminaron a un ascensor cercano. Lo tomaron.

“Así que de vuelta a donde comenzamos, lata oxidada”, se quejó McCoy, esperando a que el robot le replicara. Para su sorpresa, fue uno de los soldados quien contesto a eso.

“Por el contrario, creo que es hora de irnos, Bones”.

Sorprendido, McCoy no supo cómo reaccionar cuando el soldado más bajo le retiró las esposas, Claro que todo quedó aclarado en cuanto se despojó del pesado casco que cubría su rostro. El más alto hizo lo mismo y McCoy no contuvo la alegría que le produjo ver a esos dos.

“¡Jim! ¡Spock! Pero... ¿cómo?”

“Ya te contaremos los detalles, pero ahora es más apremiante llegar al transbordador. D474, ¿conoces el camino?”, preguntó el capitán Kirk.

El robot miró el panel de controles del ascensor.

“Creo que esto tal vez pueda ayudar, señor” y presionó el botón etiquetado “HANGAR”.

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