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jueves, 30 de abril de 2015

Estrellas en colisión - Capítulo 10

El final está cerca



“Bitácora de vuelo, fecha estelar 9611.14”. Sulu hizo una pausa, no se sentía cómodo recitando la fecha estelar en la grabadora de bitácora. Era un voto de confianza enorme el que había depositado en él el Capitán Kirk, dejándolo al mando en su ausencia. Aspiró una gran bocanada de aire y continuó. “Soy el teniente comandante Hikaru Sulu, temporalmente al mando de la USS Enterprise. Han pasado varias horas desde que las dos expediciones abandonaron la nave. La dirigida por el Capitán Kirk partió hacia la gigantesca nave Imperial apostada frente a nosotros, con el propósito de ganar tiempo para la segunda expedición, conformada por los ingenieros Allec Kemra y el teniente Montgomery Scott, que buscan recuperar lo necesario para restablecer el poder a los reactores de la Enterprise y así poder regresar a nuestra galaxia. Abordo ya las reparaciones han terminado. De momento, tenemos potencia para los escudos y para las armas, pero no la suficiente como para un combate demasiado largo. Esperemos tener noticias pronto, las dos expediciones han mantenido silencio desde que partieron. No nos queda más que esperar lo mejor y estar preparados para lo que sea”.

Sulu apagó la grabadora. Sintió los ojos de sus compañeros en el puente posarse sobre él, casi se arrepentía de haber dicho eso último. “Estar preparados”, eso era lo que Kirk siempre les decía. Ese podía ser el factor diferencia entre perecer o sobrevivir para visitar nuevos mundos otro día.

El sonido de alerta de una llamada entrante rompió el silencio en el puente.

“Señor, es el Capitán Kirk”, anunció Uhura.

Horas antes, en la sala de conferencias del Destructor Estelar Avenger, James Kirk observa a su amigo Leonard McCoy, médico en Jefe de la Enterprise, salir acompañado por el androide D474 a un destino incierto. Bones, como le apodaba desde los primeros días de amistad, iba siguiendo al Capitán Needa y era escoltado por dos guardias imperiales. Kirk sólo esperaba que pudieran reunirse nuevamente y regresar a salvo.

“¿Procedemos, Spock?”, preguntó al poco rato.

“¿Cuál estrategia propones para someter a estos soldados vestidos en armadura?”, preguntó el vulcano frunciendo el ceño y señalando con la vista a los otros dos soldados imperiales que, empuñando amenazantes sus armas, quedaron ahí para vigilarlos.

“¿Acaso dejaste en la Enterprise la lógica que tanto pregonas? ¿Cómo puedes cantar a los cuatro vientos nuestros planes de escape?”, cuestionó Kirk subiendo considerablemente el volumen de su voz.

“Es perfectamente lógico, Capitán. Esta gente no entiende nuestro idioma más de lo que nosotros entendemos el suyo”, replicó Spock en un tono de voz todavía más alto, algo poco característico en un vulcano, pero nada extraño considerando que podía ser precisamente su lado humano el que respondía, el ego herido al ser cuestionado por algo que consideraba injusto.

“¡Maldito vulcano! ¡Voy a enseñarte a respetar a tu Capitán!”, gritó Kirk y siendo coherente con su amenaza, se lanzó sobre Spock con un derechazo que por poco alcanza el rostro de su amigo.

Los dos guardias observan entretenidos la pelea de aquellos extraños. No entienden el por qué pero sin duda el más bajo dijo algo que ofendió al de orejas puntiagudas, porque comenzaron a gritarse y a pelear después de eso. Pensaron dejarlos romperse la cara, pero el más alto levantó al otro por encima de las sillas y lo arrojó por los aires, estrellándolo fuertemente en el piso cerca a ellos. Eso no era bueno, a su Capitán probablemente no le causaría gracia que ellos hubieran dejado que los prisioneros se hicieran daño. No antes de obtener de ellos lo que quería.

Los soldados intercambiaron observaciones y decidieron separarlos antes que se pusiera peor la cosa. Cada uno se colgó el rifle de asalto al hombro y se encargó de agarrar a uno de los extraños. Ese fue su error. Unos segundos después, los dos soldados yacían en el piso. En una sincronizada coreografía, los dos oficiales de la Enterprise les arrebataron los rifles y los golpearon en el casco. El golpe no fue tan contundente como para dejarlos inconscientes, pero si les dio el tiempo necesario para retirarles el casco y exponer parte del cuello de los soldados. Spock presionó la base del cuello de cada uno de ellos, canalizando a través de sus dedos una pequeña descarga de energía telepática que afectó la red nerviosa de los soldados y los dejó inmediatamente fuera de combate.

Mientras dormían como niños, los soldados fueron despojados de sus armaduras y sus armas.

“Ese último golpe fue bastante fuerte, Spock. Por un momento creí que me romperías la espalda”, se quejó Kirk mientras retiraba la insignia del pecho de su uniforme, antes de cubrirse con la armadura imperial.

“Lo lamento, Jim. Hubiera querido ser menos agresivo, pero estos soldados no parecieron impresionados con los primeros golpes”.

“No me convences, Spock. Creo que lo disfrutaste”, acusó Kirk, mirando al vulcano a los ojos.

“Eso es altamente ilógico”, respondió Spock sosteniendo la mirada. “Aunque encuentro fascinante que las cosas que usualmente se consideran más divertidas suelen ser también las más ilógicas”.

Kirk le dio un golpe a su amigo en el hombro y no pudo contener una breve carcajada.

“Eres todo un pillo, Spock”, dijo mientras armaba el dispositivo electrónico que había ocultado en su insignia. Lo activó presionando suavemente y un suave “beep” le hizo saber que estaba operando normalmente. “Cuando menos el rastreador no sufrió daño con el golpe”.

Escondiendo el temor a ser descubiertos, Kirk y Spock caminaron con prisa por los corredores del Destructor Estelar siguiendo las indicaciones del rastreador, durante tanto tiempo que por un momento creyeron que nunca llegarían a su destino. Finalmente, el rastreador los llevó hasta una puerta cerrada. Spock accionó la cerradura electrónica y la puerta se abrió de golpe, dándoles entrada a lo que parecía ser una bodega. Allí, un oficial bastante molesto los encaró. Kirk no entiende lo que dice, pero lo disimula haciéndole gestos de que tiene problemas con los audífonos de su casco. Mientras lo distrae, Spock cierra la puerta de la bodega y se acerca sigilosamente al oficial por la espalda. Sin previo aviso, aplica de nuevo su técnica, dejándolo inconsciente.

“Ese pellizco vulcano nunca falla, ¿verdad?”, comenta Kirk mientras se retira al casco. “Nuestras cosas deben estar aquí”.

El Capitán levanta el rastreador y continua siguiendo sus indicaciones. El suave “beep” comienza a sonar cada vez con mayor frecuencia, conforme recorre los pasillos de la bodega, atestados de cajas apiladas en perfecto orden. Finalmente, el indicador alcanza un tono uniforme continuo frente a una de las cajas. Kirk la abre y extrae de ella una bandeja plástica con varios objetos adentro. Eran sus armas, transmisores y algo más.

“Lo encontré”, avisa. Spock, que se había quedado todo el tiempo cerca de la puerta, previendo que alguien pudiera entrar y sorprenderlos, le hace señas para que continúe.

Llevó la caja hasta la mesa donde el oficial realizaba lo que parecía ser un tedioso trabajo de oficina, tenía allí documentos, monitores proyectando toda clase de gráficos y múltiples tomas de acceso a terminales de computador. Kirk guardó los transmisores y las armas y sacó de la bandeja un último objeto, una pequeña caja ensamblada de afán en la Enterprise antes de abordar el transbordador que los llevó hasta el Destructor. Presiona un botón táctil en la caja y ésta se abre exhibiendo una pequeña pantalla y un conector extensible. El conector calza perfectamente en una de las terminales dispuestas en el escritorio y la pantalla comienza a mostrar una secuencia de imágenes que corresponden a los planos del Destructor Estelar.

“Este invento de Kemra parece funcionar a la perfección”, dice Kirk con una sonrisa. En cuanto aparece en pantalla el aviso de “Descarga completada”, retira la unidad de almacenamiento y anuncia: “Ha terminado”. Se cubre la cabeza con el casco y levanta el pulgar derecho para que Spock lo vea. “Busquemos a McCoy y larguémonos de aquí”.

Salieron de la bodega y recorrieron el camino de regreso. Pasaron junto a la puerta de la sala de conferencias y notan que no hay señales de alerta alrededor. Needa aún no regresa, su escape aún no ha sido descubierto. Continúan caminando, deshaciendo el camino por el que llegaron a la sala desde la celda en que los recluyeron tan pronto pusieron un pie en el Destructor, buscando lo que asociaron con un pabellón de emergencias médicas, adonde asumían habría sido llevado McCoy.

Al llegar a la esquina, la sangre de Kirk se heló de golpe. Needa iba de camino al mismo lugar, seguido por un pequeño pelotón de soldados. ¿Se habría equivocado en su apreciación y su escape ya era noticia de primera plana? De ser así, no quedaba más que actual con rapidez. Empuño una de sus armas y quitó el seguro. Sudaba y los visores del casco se empañaron un poco. Ya se disponía a saltar, abriéndose paso disparando, cuando Spock le sujetó por el hombro.

“No es por nosotros, algo pasa”, murmuró.

La puerta del pabellón de emergencias, hasta entonces cerrada, se abrió de golpe. De allí salió mucho vapor. Needa fue el primero en entrar, dejando a los soldados apostados afuera. Unos segundos después, una figura enorme, vestida en una armadura negra salió del lugar. Los soldados se apartaron de su camino y unos pocos lo siguieron, por indicación de su Capitán. Kirk sintió como un escalofrío le recorría el cuerpo cuando aquel hombre pasó a su lado y creyó morir cuando se detuvo. El gigante de negro volteo a mirar en dirección a Spock y luego continuó su marcha. ¿Era ese el hombre al que McCoy debía ayudar a salvar?

Los soldados ingresaron al pabellón y Kirk y Spock los siguieron, mezclándose entre ellos. Escucharon a D474 traducir las ordenes de Needa: “Acompañe a mis soldados de vuelta al Salón de reuniones. En cuanto pueda estaré con ustedes para continuar nuestra charla”. Kirk vio la oportunidad y se abrió paso entre los soldados. Cuando Needa hizo el gesto apropiado, él y Spock se acercaron a McCoy y D474, los esposaron y se los llevaron.

Tomaron un ascensor cercano y allí, Kirk y Spock se retiraron los cascos imperiales, sorprendiendo a un McCoy que ya se estaba resignando a pasar el resto de sus días como prisionero del Imperio.

“¡Jim! ¡Spock! Pero... ¿cómo?”

Camino al hangar, Kirk le contó a McCoy los detalles de su fuga. Cuando terminó su relato, Bones le dio un fuerte abrazo.

“No puedo creer que hayan caído en un truco tan viejo”, se burló McCoy. “Tan afortunado como siempre, Jim”.

“Ahora lo que importa es que podamos llegar al transbordador y salir de este lugar”, respondió Kirk poniéndose nuevamente el casco. Spock hizo lo mismo. Un timbre anunció que habían llegado a su destino. “Por si acaso”, dijo Kirk y entregó al médico una de las armas.

La puerta del ascensor se abrió. Miraron en todas direcciones buscando el transbordador y finalmente lo visualizaron al fondo. Tendrían que atravesar el lugar para llegar a él, con suerte ningún oficial o soldado se les cruzaría. Caminaron sin afán, avanzando con paso moderado, tratando de no llamar la atención. De pronto, las sirenas comenzaron a resonar y escucharon una transmisión en los audífonos de sus cascos, algo que no entendieron pero que seguramente era una descripción de McCoy y D474, porque todas las miradas del lugar se posaron sobre ellos.

“Bueno Jim, creo que hasta aquí llegamos”, dijo McCoy preocupado. “Esto ha terminado”.

“Nada nunca termina, doctor”, replicó Spock.

“¡Corran hacia el transbordador!”, gritó Kirk, al tiempo que disparaba su arma láser.

Lo inesperado del ataque hizo que muchos de los oficiales y soldados en el hangar entraran en pánico y corrieran a buscar refugio. Algunos se quedaron a responder la agresión pero los certeros disparos de Kirk y sus amigos les dejaron inconscientes. Afortunadamente para ellos, sus armas estaban ajustadas para aturdir, no para matar. Ya estaban cerca del transbordador cuando llegaron refuerzos y el lugar se iluminó con un espectáculo de luces y explosiones por doquier. Contrario a ellos, las ráfagas laser disparadas por los imperiales no eran tan inofensivas, como lo comprobaría D474. Un láser lo alcanzó haciéndolo volar en múltiples pedazos. Sus restos quedaron esparcidos por todo el lugar.

“¡Vámonos de aquí, Spock!”, urgió Kirk en cuanto entraron en el transbordador.

Los láser golpeaban la estructura del transbordador y no había forma de saber si resistiría. Afuera algunos soldados comenzaron a instalar un lanzador de morteros. No tenían mucho tiempo.

“Uhura, contesta… ¡es hora!”, apuró Kirk por su intercomunicador. La respuesta de la Enterprise no tardó en llegar.

Con Spock en los controles, el transbordador comenzó a levantarse del piso del hangar y giró buscando la salida. Dos ráfagas de fuego lanzadas desde la pequeña nave dieron cuenta del lanzador de morteros. Un par más destruyeron uno de los cazas con la intención de hacerles saber que no debían bloquearles la salida o abrirían un boquete en la estructura del Destructor.

“Señor”, llamó uno de los controladores de tráfico al Capitán Needa, que recién entraba al puente de mando del Avenger, dando órdenes a diestra y siniestra, urgiendo a sus hombres a detener el transbordador. “Señor”, llamó de nuevo, captando esta vez la atención del Capitán. “La nave de Bobba Fett está entrando. ¿Cómo desea proceder?”.

Needa podía tener sus reparos respecto a los caza-recompensas, pero su presencia le brindaba una oportunidad única para detener la fuga.

“Ordénele que detenga ese transbordador, ¡a cualquier costo!”.

Fuera del Destructor Estelar, separadas por tan sólo unos metros, las dos naves se encontraron. La Slave-I, la nave caza de Boba Fett era mucho más grande que el transbordador y por supuesto, su potencia de fuego lo era también. Así lo demostró al disparar dos potentes láser. Al impacto, el transbordador explotó.

“¡Maldito caza-recompensas!”, exclamó Needa furioso. “¡Lo malinterpretó todo!”.

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