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Superman - Capítulo 4

Canción de despedida

“Viajarás lejos, mi pequeño Kal-El, pero nunca te abandonaremos”, susurró Jor-El a su hijo. Las lágrimas querían salir, humedecían sus ojos, pero se contenía. Necesitaba conservar la calma, todavía quedaba trabajo por hacer. “Aún cuando encaramos nuestra muerte, la riqueza de nuestras vidas será tuya. Todo lo que tengo, todo lo que he aprendido, todo lo que siento… todo eso y más, es mi legado, hijo mío”.

Puso al niño delicadamente en el centro del módulo espacial, que se percibía enorme comparado con el tamaño del pequeño niño. Lara se le acercó y lo besó en la frente, acomodando nuevamente la manta de color rojo, bordada con el escudo pentagonal de la familia, para que no le cubriera el rostro. Durante días venía preparándose para este momento, para despedirse de su hijo, pero aún no estaba lista para decir adiós. Quería abrazarlo fuerte y no dejarlo ir, pero las palabras que le dijera su esposo unas horas antes resonaban en su cabeza y hacían bombear su corazón con la fuerza de una explosión:

“Si se queda aquí con nosotros, morirá con nosotros”.

Solamente la confianza en el trabajo de su esposo le proporcionaba la fuerza necesaria para dejarle ir, con el consuelo de que un día su hijo Kal-El les conocería a través de los hologramas implantados en el cristal verde ya instalado en el módulo y que así, ellos vivirían de nuevo en el corazón y los pensamientos de su hijo. Jor-El compartía el sentir de su esposa y sabiendo que los sensores del módulo estaban grabando todo cuanto ocurría alrededor, comenzó a recitar un antiguo canto kryptoniano que su padre Seg-El le enseñara cuando era pequeño. Este canto era herencia de la familia y se transmitía de padres a hijos desde los días de Van-L, de forma que al grabarlo para su hijo, Jor-El alimentaba la esperanza de que algún día, este lo transmitiera a su nieto, manteniendo viva esta tradición de la Casa de El.

“Me llevarás en tu interior todos los días de tu vida”, dijo con solemnidad. “Harás mi fuerza tuya. Verás mi vida a través de tus ojos, como tu vida será vista a través de los míos. El hijo se convierte en el padre y el padre, en el hijo”.

“Eso fue hermoso”, susurró Lara.

“Esto es todo lo que puedo darte, Kal-El”, concluyó Jor-El. Su mano derecha llevo un beso de sus labios a la frente de su hijo, que se movía inquieto en el interior del módulo.

Jor-El abrazó a su esposa y la llevo consigo unos pasos atrás, alejándose del módulo espacial lo suficiente para que la cubierta superior en su descenso no les golpeara con los largos cristales que forraban su cobertura exterior, que semejaban grandes púas a primera vista. La cubierta se ubicó en su posición y el modulo antes dividido en dos quedo completo, encerrando al niño en su interior. Lo que antes semejaran púas amenazantes ahora tomaba la forma de una pequeña estrella. El sistema de hibernación entró en operación y el niño lentamente se quedó dormido. El viaje que le esperaba era inmensamente largo, de forma que este sistema ralentizaría su crecimiento ya que de otra forma, llegaría a su destino siendo prácticamente un anciano.

Tan pronto el módulo hubo terminado de cerrarse, protegiendo su valioso contenido, un fuerte temblor sacudió el laboratorio. La fuerza fue tal, que Jor-El y Lara casi cayeron al suelo.

“Ha comenzado”, sentenció Jor-El.

Por cada rincón del planeta estallaron erupciones del subsuelo, arrojando al cielo material radiactivo que ya el núcleo del planeta era incapaz de contener. Y como un globo que se pincha y pierde consistencia al dejar escapar aire, así mismo la superficie del planeta comenzó a comprimirse, fragmentándose y abriéndose en el proceso. Los domos que protegían las principales edificaciones, se agrietaron y comenzaron a hundirse. Los pasajes subterráneos que conectaban sus casas colapsaron. Vehículos, edificaciones y personas fueron poco a poco tragadas por el planeta, que semejando a una bestia hambrienta, no dejaba escapar presa alguna.

“¡Es un terremoto!”, exclamó aterrorizado el conductor del vehículo de la Guardia del Consejo que iba en camino al laboratorio de Jor-El, para interrogarle sobre el uso excesivo de energía en su casa y posiblemente arrestarle. El conductor tenía años de experiencia pero nada pudo hacer para evitar perder el control y estrellarse contra el muro de tierra que se levantó frente a ellos.

En el interior del Capitolio, los Concejales reunidos en el salón de Juntas vieron con asombro que la fuerza del estremecimiento de tierra los tiraba al piso, impidiéndoles esquivar los pedazos de techo de todos los tamaños que comenzaron a caer sobre ellos. Aquellos que sabían la verdad, descubrieron tarde que la predicción de Jor-El se cumplía mucho antes de lo anunciado, en tanto que aquellos que fueron engañados para creer que no eran más que los delirios de una mente enferma, aceptaban en silencio su error y se lamentaban de no haber prestado atención a quien quiso advertirles.

“Perdónennos”, pensó Tho-War, de rodillas y con lagrimas en los ojos, con sus pensamientos centrados en cada uno de los kryptonianos a quienes durante años sirvió con dedicación como miembro del Consejo de Ciencias. Sin aviso, esos pensamientos se silenciaron. El anciano nunca supo qué le golpeó.

Por otra parte, Al-Cen no daba crédito a lo que ocurría. A tropezones consiguió llegar junto a Vond-Ah, que se apoyaba contra la columna que segundos antes irrumpiera por el suelo del salón, golpeando e hiriendo de muerte a Tho-War.

“¡Dijiste que todavía nos quedaba tiempo!”, reclamó Al-Cen sujetando a la mujer por los hombros y sacudiéndola con violencia.

“Y también te dije que todos los que no sean dignos morirán junto con este planeta”, respondió ella calmadamente. “Por si no te has dado cuenta, eso nos incluye a nosotros”.

Al-Cen quiso replicar, pero la discusión terminó abruptamente cuando un enorme fragmento del techo cayó sobre ellos.

En su laboratorio, Jor-El recurría a su razonamiento científico para no rendirse al pánico. Ayudó a su esposa a ponerse de pie y de inmediato se lanzó sobre el tablero de mandos. Tomó el cristal programado para realizar el lanzamiento y lo acercó al receptáculo apropiado. Un momento de duda nubló su buen juicio. ¿Qué pasaría si se equivocaba, si este era solamente un terremoto pero no el fin del mundo? Ya Vond-Ah le había demostrado que no era infalible, que podía cometer errores. Qué tal si…

Lara posó su mano sobre la de su esposo. Jor-El se volvió para verla, estaba tranquila, sonreía. Ella tenía fe en él y en el destino que juntos estaban garantizando para su hijo. Todo a su alrededor se desmoronaba de golpe pero nada de eso importaba ya porque el cristal reposaba dentro de su receptáculo y la secuencia de lanzamiento estaba en marcha.

Explosivos ubicados estratégicamente en el techo de la casa se activaron y un gran boquete se abrió para dar paso al módulo espacial que ascendía lentamente. El suelo no cesaba de moverse cuando cruzó el techo, elevándose hacia el espacio lleno de estrellas, que indiferentes contemplaban como Krypton se desvanecía en una larga noche carente de amanecer.

“Es el fin”, gritó Lara, apoyándose en su esposo.

“No, es apenas el inicio para él, para nuestro hijo”, le dijo Jor-El, abrazándola con fuerza y besándola con la misma fuerza y ternura como la de aquella noche en la que concibieron a su hijo.

Recuerdos gratos inundaron la mente de Jor-El. La emoción al escuchar el llanto de su hijo al salir del vientre de Lara y el temblor en sus manos al vestirle con su primera mudita de ropa. La felicidad que sintió esa mañana en que formalizó su unión con la mujer que amaba. El viaje a Argo cuando su padre les compartiera a él y a su hermano Zor-El el canto tradicional de la familia. La sonrisa de su madre mientras le sostenía de las manos para ayudarle a caminar, un paso a la vez…

Sintiéndose a salvo en los brazos de su esposo, Lara se permitió soñar. Imaginó a su hijo corriendo en las llanuras no grises y desiertas de Krypton, sino verdes y llenas de vida de la Tierra. Le cubría con una cobija de estampados para calentarle en las noche frías y le daba una bebida helada para refrescarle en los días de calor. Reían con las ocurrencias de Jor-El. Compartían juntos la emoción del primer día en que sus pies se separaban del suelo desafiando la gravedad, ascendiendo hasta…

La tierra se abrió en dos y tanto el laboratorio como la casa de los El se hundió en las entrañas de Krypton, arrastrando consigo a sus ocupantes. El dantesco escenario se repetía por todo el planeta. Planes, sueños y esperanzas terminaban ahogados en el grito de auxilio que miles de kryptonianos daban con su último aliento antes de ser aplastados por los muros de sus propias casas o ser consumidos por los abismos que se abrían por doquier.

El módulo espacial continuó ascendiendo. Desde su altura, se apreciaba como las erupciones estallaban con más fuerza y violencia, arrojando cada vez mas partículas y fragmentos de material radiactivo, algunos incluso elevándose por encima de él. Siguiendo la programación del sistema de navegación, un campo de fuerza se desplegó alrededor del módulo, protegiéndolo de las inclemencias del camino que estaba por recorrer y atrapando dentro accidentalmente, algunos de esos fragmentos, pedazos de Krypton que le acompañarían irremediablemente en este viaje sin retorno. El combustible desarrollado por Jor-El alimentó los motores del módulo y un chorro de plasma lo catapultó hacia la inmensidad del espacio, dejando tras de sí una impresionante estela.

Como una broma macabra del Universo o una reacción a las ondas de choque que emanaban del moribundo planeta en todas direcciones, una brecha dimensional se abrió durante un breve instante, permitiendo a los sentenciados a la Zona Fantasma ser testigos excepcionales de cómo su antiguo hogar dejaba de existir. Algunos ya abandonados a la locura saltaron la brecha y comenzaron a materializarse de nuevo, muriendo instantánea y dolorosamente en el frio del espacio. La brecha se cerró tan abruptamente como se abrió y con una mezcla de tristeza, asombro y terror, los que quedaron atrás comprendieron que ya nadie podría sacarlos de ahí, que su exilio temporal acababa de convertirse en una cadena perpetua. En tan desolador panorama, Zod alcanzó atisbar algo en la distancia, una estrella fugaz que se alejaba. Una estrella que debía hacer lo posible por seguir.

Conforme el exterior del planeta se comprimía, así mismo aumentaba la presión sobre el núcleo, forzando la aparición de más y más erupciones. Nadie sabe con certeza cuánto duró el evento, no quedó nadie pudiera medirlo o documentarlo. Finalmente el planeta fue incapaz de contener tanta presión y se fracturó por completo, liberando toda esa energía en un gran estallido. Restos de roca inerte quedaron orbitando el agotado sol rojo, como testimonio de que alguna vez un enorme planeta existió allí. Y es así como una noche cualquiera, una orgullosa civilización con miles de años de evolución, desapareció por completo.

Casi por completo.

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Comentarios

  1. Termina este primer acto. Espero que haya sido una lectura entretenida al menos. Nos vemos en el segundo acto. Tengan paciencia y dense una vuelta por acá cada cierto tiempo. No sé si pueda retomar la periodicidad prometida de cada miércoles, pero sí que haré el esfuerzo por terminar esta historia de Fan-Fiction. Tengo muchas ideas para los capítulos que siguen, así que permanezcan en sintonía.
    Como dato curioso, en esta fecha hace 80 años se publicó el primer número de Action Comics, el comic book o revista donde Superman se dio a conocer al mundo. Un enorme saludo de agradecimiento a Jerry Siegel y Joe Shuster, que nos dieron este gran regalo!
    Hasta la próxima.

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