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El niño que aprendió a volar - Capítulo 2

Culpa ciega y sorda

Jonathan terminó de descargar las pacas de maíz y ajustó cuidadosamente la cajuela de la vieja camioneta Ford. Los peones de la distribuidora tomaron la mercancía y la llevaron a la bodega. Henry, distribuidor mayorista y propietario de la bodega, estaba satisfecho con el producto.

, felicitó a Jonathan y le extendió la factura de recibo, junto con el respectivo cheque. Jonathan lo recibió complacido. Con ese dinero esperaba ponerse al día con las deudas de su granja. Henry aprovechó para proponerle un trabajo extra a Jonathan, algo que beneficiaba a los dos:

, respondió Jonathan con una sonrisa.

Antes que Jonathan pudiera terminar, uno de los muchachos que atendía el despacho al público en la distribuidora salió corriendo al patio gritando desaforado: . Con el permiso de Henry, entró a la oficina y atendió la llamada. Su rostro reflejó la preocupación que le causaron las noticias.



, le dijo al despedirse.

No tardó mucho en llegar a la escuela. Smallville era después de todo un pueblo pequeño y aunque algunas casas y granjas quedaran un tanto retiradas unas de otras, las vías usualmente estaban descongestionadas. Parqueó la camioneta y fue directamente al despacho de la directora. Allí, la veterana docente le contó los detalles de lo ocurrido.

.

, preguntó angustiado Jonathan.



Jonathan no perdió otro minuto. Salió de la escuela, saltó a su camioneta y arrancó. No iba a perder tiempo esperando que el Comisario iniciara la búsqueda de su hijo. Abandonó la zona urbana de la ciudad y las parcelas de las granjas comenzaron a llenar el horizonte. Si la directora tenía razón y el muchacho iba camino de su casa, probablemente cortaría por las parcelas, por las tierras de su vecino Ben Hubbard, como acostumbraban hacer cuando salían juntos. Y no se equivocaba. A lo lejos, dentro de los predios de Ben, pudo ver el saco rojo del uniforme de la escuela que llevaba su niño y que destacaba contra los colores verdes y amarillos de los campos. Orilló la camioneta y desmontó. Se acercó a la cerca y comenzó a llamarlo a gritos.

Clark no escuchaba los llamados de su padre. Sus propios sollozos y las lágrimas en sus ojos se lo impedían. Había lastimado a su mejor amigo, lo escuchó gritar de dolor. ¿Cómo podría perdonarse por algo así? ¿Cómo podría Pete perdonarlo por haberle causado semejante daño? Su pequeño mundo se estremecía… no, no era eso. Era algo más. Algo en la tierra...

Jonathan gritaba con toda la fuerza que sus cansados pulmones le daban mientras corría hacia él, pero el niño seguía sin escuchar. Tampoco parecía reparar en el enorme animal que también corría desbocado en su dirección. Al enorme toro negro poco o nada le importó que una cría de humano estuviera en su camino. Le pasó por encima como si nada y siguió su camino. Jonathan sintió que su corazón iba a estallar.

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