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Superman - Capítulo 1

El juicio de Krypton

“No es fantasía. Ni el producto alocado de una imaginación descabellada”.

La luz del cristal verde en el cayado del báculo brilló, dando inicio al protocolo de transferencia de información.

“No, mis buenos amigos. Las acusaciones que les he presentado hoy, los cargos específicos listados contra estos individuos, sus actos de traición, su último propósito de sedición… Estos son todos hechos innegables”.

El brillo del cristal se opacó de nuevo, indicando que los testimonios y registros visuales que soportaban las acusaciones formaban ya parte del registro permanente de la Computadora Central del Consejo de Ciencias, la entidad encargada de gobernar el planeta Krypton. Como era habitual en juicios como este, los Concejales no estaban presentes en el Gran salón del tribunal de Justicia, sino que veían y escuchaban todo desde un lugar seguro, haciendo sentir su presencia en la forma de enormes hologramas de sus rostros proyectados alrededor. Jor-El, un reconocido científico y miembro activo del Consejo, vestía una túnica negra que lo identificaba como el fiscal acusador en este juicio. El único adorno sobresaliente en su sobrio ropaje lo constituía el escudo pentagonal de su familia, la Casa de El, bordado con hilos de plata sobre su pechera.

El fiscal se acercó a los tres acusados, que esperaban de pie en el centro del salón, rodeados por un campo de fuerza invisible a los ojos, que evitaba que pudieran intentar escapar o agredir a su acusador. Aunque el campo de fuerza era lo suficientemente confiable para garantizar la seguridad de los Concejales si estuvieran presentes, los protocolos de seguridad obligaban el uso de los hologramas, especialmente desde el fatídico juicio al renegado científico Jax-Ur, acusado de la destrucción de la luna de Wegthor y la consecuente muerte de los casi 500 kryptonianos que la habitaban. Cuando estaban dictando sentencia, Jax-Ur consiguió burlar la integridad del campo y asesinó a siete de los Concejales presentes, una tragedia que no iban a permitirse repetir. Es así que solamente el fiscal acusador oficiaba de cuerpo presente en estos juicios.

“Les pido ahora que pronuncien su sentencia sobre los acusados”, requirió mientras señalaba con su báculo al más grande de ellos. “Sobre esta…”, titubeó. Tuvo que esforzarse por expresarse en los términos propios de su rol actual. “Esta aberración, cuyos únicos medios de expresión son la violencia y la destrucción sin sentido”.

Non, el gigante barbado al que señalaba, lo miró con la rabia de un hombre que sabe odiar pero que no puede recordar el por qué. Jor-El le correspondió con una mirada similar, pero su rabia si tenía una razón de ser y no era producto del odio sino de la impotencia. Non fue un hombre de ciencia y al igual que Jor-El, era considerado uno de los grandes científicos del planeta, aunque su influencia sobre la población era mucho menor al no proceder de una familia tradicional. Non tuvo que comparecer tiempo atrás ante el Consejo y en consecuencia, fue declarado culpable de los cargos imputados y su sentencia fue ejecutada casi que de inmediato. De dicho castigo no quedó más que esta “aberración”, que solamente acertaba a comunicarse con gruñidos y violencia. El porqué estando en semejante estado había tomado participación activa en el levantamiento armado por el que nuevamente comparecía en juicio ante el Consejo, era todo un misterio. Jor-El estuvo ausente cuando se realizó esa primera audiencia y se reprochaba a sí mismo porque consideraba que la suya pudo ser la voz que pudo evitar este lamentable desenlace.

A diferencia de Non, Jor-El no conocía personalmente a la mujer, Ursa. Fue a través de los reportes que leyó cuando se preparaba para el juicio que llegó a conocerla. Encontró que se trataba de una mujer forjada a mano dura, que escaló rangos por méritos propios en las Fuerzas militares hasta convertirse en la mano derecha de su General. Las características violentas de su personalidad fueron revelándose de a poco, haciéndose completamente evidentes durante el levantamiento, donde actuó con extrema violencia y sevicia. Civiles y también militares que otrora fueran sus compañeros y que se opusieron a su causa, murieron por órdenes suyas e incluso por su propia mano. Razones no faltaban para enjuiciar a Ursa y a diferencia de lo que ocurría respecto a los otros dos acusados, Jor-El no sentía la mínima compasión por ella, mucho menos después de ver imágenes de esa mujer masacrando a un grupo de infantes que buscaban alejarse del fragor de la batalla. En ese instante descubrió una sensibilidad particularmente nueva para él y pensó en su propio hijo recién nacido, no pudiendo así encontrar razón alguna para perdonar su actuar.

“Juzguen a la mujer Ursa”, demandó con firmeza, “cuyas perversiones y odio irracional hacia la humanidad, han llegado a amenazar incluso a los niños del planeta Kriptón”.

Ursa sonrió, lamentando no poder saltar sobre su acusador y fracturarle el cuello. ¡Cuánto lo habría disfrutado!

“Finalmente, juzguen al General Zod, en quien confiaba este Consejo”, dijo parándose frente al último de los acusados. “Encargado de la defensa de nuestro planeta Kriptón, arquitecto en jefe de esta revolución frustrada y autor de este insidioso plan destinado a establecer un nuevo Orden entre nosotros, con él mismo como absoluto soberano”.

Había un dejo de decepción en la voz de Jor-El. Durante años, mantuvo una amistad con el último de los acusados y aunque era consciente de sus ansías de poder, jamás hubiera creído posible que intentara sublevarse o que patrocinara los atroces actos de violencia contra aquellos a los que había jurado proteger, durante las 72 horas que duró el levantamiento.

Dru-Zod era un hombre de porte arrogante, de los que nunca se arrodillan ante ningún otro, porque todos son inferiores a él. Siendo así, nada le resultaba más injuriante como General supremo de las Fuerzas militares, que verse obligado a rendir cuentas ante el Consejo de Ciencias. Debería ser todo lo opuesto, ellos deberían estar subordinados a su voluntad, arrodillarse a sus pies y rendirle pleitesía. De entre todos los miembros del Consejo, solamente tenía alguna simpatía por Jor-El, con quien se esforzó por mantener una conveniente amistad, confiando en que llegado el momento, el reconocido científico le ayudaría a legitimar su toma del poder. Ese momento pareció llegar cuando Non fue lobotomizado por órdenes del Consejo y se escucharon voces de desaprobación entre militares, civiles y los mismos Concejales. Zod aprovechó esa ventana de oportunidad pero pese a que consiguió que muchos lo apoyaran, fueron más los no creyentes y su intento golpista terminó rápidamente, concluyendo en su aprehensión y la de muchos de sus seguidores.

“Ya han escuchado y visto la evidencia”, concluyó Jor-El. “Oigamos ahora la decisión del Consejo”.

“¡Culpables!”, exclamó Tho-War, el más antiguo de los Concejales. Proclamada su decisión, la imagen holográfica con su rostro desapareció. Su trabajo había concluido.

“¡Culpables!”, repitió Han-Dre y también su imagen holográfica desapareció.

“¡Culpables!”, repitieron uno tras otro. Al-Cen fue el último de los Concejales en pronunciarse y luego de eso, Jor-El y los acusados quedaron solos en el Gran salón del tribunal.

Un silencio inquieto reinó en el recinto. La enormidad del salón quedó en evidencia sin la presencia de los hologramas. Solo restaba un voto por pronunciar para poder terminar con el juicio, pero Jor-El no estaba muy seguro de cómo proceder. Por una parte se sentía indirectamente responsable por la injusticia cometida con Non y por otra, consideraba que de haber llegado antes a Kryptonópolis, podría haber convencido a Zod de no proceder con su infame revuelta. Zod podía leer en el rostro de Jor-El las tribulaciones que lo atormentaban en este momento definitivo y decidió sacar ventaja de ellas.

“¿Qué haces aquí?”, preguntó el General. “¿Por qué has decidido convertirte en nuestro carcelero y verdugo?”.

“Cumplo con lo prometido”, respondió Jor-El. “Antes del juicio, se debatió sobre la necesidad de revivir la pena de muerte, un acto de barbarie que dejamos atrás hace cientos de años y tan reprochable como los crueles actos que tú y tus seguidores cometieron. Estar aquí, como fiscal, fue la única forma de garantizarles un juicio y una condena justas”.

Zod y Ursa sabían lo que eso significaba, una condena en el exilio de al menos cuarenta años.

“¿Justa, Jor-El?”, replicó el General. “Sabes perfectamente que cuando cumplamos la condena, no habrá nadie de este lado que nos haga regresar. En últimas, nos sentencias a cadena perpetua. ¿Cómo puede ser eso menos barbárico que una sentencia de muerte?”.

Era momento de presionar, estaba seguro que podría conseguir de Jor-El un voto a favor y eso era todo lo que necesitaba para cambiar el rumbo de este juicio.

“El voto debe ser unánime, Jor-El. Por lo tanto, es ahora tu decisión. Solo tú nos condenarás si así los deseas y solamente a ti tendré que hacerte responsable”.

“Todas esas muertes, Zod… ¿realmente valió la pena?”, preguntó Jor-El con tristeza.

Zod estaba convencido de su causa, pero fue su lugarteniente Ursa quien respondió primero.

“Cuida tus palabras, traidor. Las acciones del General son incuestionables”.

El General respiró profundo, en ocasiones le desesperaban las reacciones desmedidas de Ursa. Hubo un ligero tremor de tierra, el Gran salón se sacudió durante unos segundos. Estos temblores habían ido en aumento, de unos pocos al año a unos cuantos al día y solamente unos pocos conocían la trágica razón.

“Está empeorando, ¿no es verdad?”, dijo el General. “¿Acaso no lo ves, Jor-El? No somos nosotros a quienes Krypton debe temer. En tu ausencia, el Consejo trató como herejía el descubrimiento que compartiste con Non, prohibieron divulgarlo al resto de la población y cuando Non desobedeció e intentó advertirnos del cataclismo que se avecina, ellos lo acusaron de causar pánico, convirtiéndolo en la bestia estúpida que es ahora”. Non profirió un gruñido, como si entendiera lo que aquellos dos estaban discutiendo, cuando en realidad para él nada tenía ya sentido. “Tienen miedo del cambio y sus mentes obtusas preferirán ver al planeta destruido antes que perder el poder que hoy ostentan”.

“¿Y tú ibas a salvarnos, convirtiéndote en dictador sobre los cuerpos inertes de los mismos a quienes alegas querer salvar?”, cuestionó Jor-El con incredulidad.

“Toda guerra tiene víctimas y no te confundas, estamos en guerra y podemos ganarla, El”, dijo Zod, suavizando su tono de voz. “Soy el único que puede salvarnos y si para eso se requiere que me convierta en soberano de este mundo, así será. Devuélvenos la libertad y te lo demostraré. Condénanos y condenaras a todo Krypton con nosotros”.

Zod estaba convencido que iba a lograrlo, que iba a quebrar la voluntad de Jor-El y conseguir su libertad. Por el contrario, lo que consiguió con sus palabras fue resolver las dudas del científico convertido en fiscal. El delirio de poder y omnipotencia que manifestaba el que otrora considerara un amigo, lo cegaba tanto o más que a los miembros del Consejo que tanto despreciaba. No existía la menor posibilidad que dejara en libertad al megalomaníaco en que se había convertido. La suerte estaba echada. Con la determinación reflejada en su rostro, Jor-El dio a entender al General Zod y a los otros, que la votación efectivamente era unánime.

“¡Únete a nosotros, Jor-El!”, vociferó el General, más como una orden que como la súplica de un hombre condenado. “Es sabido que has estado en desacuerdo con el Consejo antes. La tuya podría ser una voz importante en el nuevo Orden, después de la mía”.

Dándoles la espalda y sosteniendo el báculo con sus dos manos, Jor-El se alejó de los acusados, caminando hacia el tablero de mando que lentamente emergía del piso del Gran salón. Ubicó el báculo en el receptor habilitado para ello y al contacto, hubo un nuevo intercambio de datos entre el cristal del báculo y la Computadora central, identificando al solicitante y procesando las instrucciones previamente almacenadas allí. Uno de los varios cristales dispuestos en el tablero de mando alumbró, esperando la confirmación manual para proceder con la ejecución de la sentencia.

“¡Te ofrezco la oportunidad de ser grande Jor-El!”, continuó gritando Zod, esperanzado en conseguir revocar el veredicto. “¡Tómala! ¡Únete a nosotros!”.

De nuevo, no hubo respuesta. Jor-El tomó el cristal iluminado y lo reubicó en el receptáculo adecuado. Miró por última vez a los tres acusados y en un acto poco característico de un hombre de ciencia como él, murmuró una breve plegaria: “Que Rao se apiade de ustedes”.

“¡Te arrodillarás ante mí, Jor-El! ¡Lo juro!”, amenazó el General Zod. Nadie había conseguido regresar por su propia cuenta del exilio forzado a donde ahora le enviaban. Pero si existía una persona que pudiera lograrlo, alguien con la fuerza de voluntad para regresar por sus propios medios, ese sería él. Y cuando lo hiciera, tendría su venganza, así tuviera que traer de vuelta a Jor-El de entre los muertos. “¡No importa que me lleve una eternidad, volveré! ¡Te arrodillarás ante mí! ¡Primero tú y luego un día... tus hijos!”

Una línea de luz se dibujó sobre el techo del Gran salón conforme el domo que lo cubría se abría lentamente, dejando ver el cielo de esa noche llena de estrellas. La suave brisa nocturna acarició la piel a los presentes, recordándoles que estaban vivos. Este era un último acto de piedad para con aquellos que estaban por abandonar este mundo de materia y sentidos, aunque para algunos contradictores representaba una forma de tormento, al recordarles lo que pronto dejarían de tener.

Un proyector emergió también del piso, situándose entre Jor-El y los acusados. Cálculos muy precisos fueron trazados por la Computadora central para determinar la frecuencia exacta requerida para abrir una brecha interdimensional. Un destello de luz verde en el tablero de mando indicó que todo estaba listo para iniciar el proceso. En lo que dura un pálpito, el proyector emitió un chorro de energía que redujo a los acusados a sus átomos componentes y los catapultó a través del cielo abierto hasta ese remoto lugar donde darían inicio a su exilio de cuarenta años, condenados a llevar una existencia incorpórea, sin necesidad de comer o dormir, sin posibilidad de envejecer ni tampoco morir. Ocasionalmente, si tenían suerte, podrían tener chance de contemplar este Universo, sin posibilidad de interactuar o de regresar a él sin otro medio que no fuera aquel proyector, ubicado siempre de este lado de la brecha. Desterrados a una vida como fantasmas en una dimensión carente de toda forma material.

Estaba hecho, el juicio había terminado. Jor-El recuperó su báculo y abandonó la sala antes que el domo se cerrara de nuevo. En el lugar quedó el eco de las voces apagadas de tres acusados, que clamaron perdón cuando ya era demasiado tarde para que nadie los pudiera escuchar.

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Comentarios

  1. ¡Vaya inicio! Esta es la segunda versión de este capítulo de apertura. Como notarán aquellos que conocen la historia del Hombre de Acero, he incluido conceptos que no forman parte de la película del 78 sino que aparecieron mucho después, especialmente la relación entre Jor-El, Non y Zod, que formara parte de una historia publicada en cómics en 2008 ("Last Son"), escrita por Geoff Johns y el mismísimo Richard Donner. Algunos elementos de cosecha propia también están incluidos en este y capítulos siguientes para complementar la historia pero esperando, como mencionara antes, respetar la esencia de la película original.

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