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Superman - Capítulo 2

La voz que nadie escucha

El sol comenzó su lento retiro, ocultándose en el horizonte. Su débil luz rojiza poco aportaba a la paleta de tonos azules y grises que predominaban sobre la superficie de Krypton. Los cortes rectos de las grietas y acantilados que proliferaban por doquier eran abruptamente interrumpidos por enormes domos, construcciones claramente artificiales con una composición tan mimetizada con su entorno que, salvo por la perfección de su forma, eran difíciles de distinguir. Esos domos servían para proteger a las estructuras bajo tierra y a quienes las habitaban, del frio y de la nociva radiación ultravioleta del sol rojo, que poco calor aportaba pero que gracias a los cielos sin nubes y sin capa de ozono, hacían la vida a la intemperie prácticamente insostenible.

Pero Krypton no siempre fue así. Muchísimo tiempo atrás, el planeta bullía de vida colorida, ruidosa y brillante, con cielos azules poblados de nubes y una capa de ozono sana y resistente a la radiación de su gigante sol. Snagriffs, Rondors y Drangs eran solamente algunas de las exóticas formas de vida animal que habitaban en sus selvas Escarlatas y montañas de joyas preciosas. Civilizaciones humanoides evolucionaron y desarrollaron maravillas tecnológicas y culturales sin precedentes en la historia de un Universo, que para aquel entonces y guardadas las proporciones, era bastante joven. Lamentablemente, las semillas amargas de la envidia, la ambición y el ego desmedido surgieron entre ellos para volver irreconciliables las diferencias políticas y de credo, en una población que aumentaba sin control y consumía con ferocidad los recursos naturales del planeta, mismos que pronto comenzaron a escasear. Tales escenarios fueron caldo de cultivo para desencadenar una guerra que asoló y devastó al planeta durante al menos un centenar de años.

Un buen día, al que se llegó luego de muchas negociaciones, las naciones en guerra finalmente llegaron a un acuerdo de paz. Siguiendo la guía de Van-L y a pesar de la oposición de grupos extremistas como Black Zero, los sobrevivientes se unieron bajo una única bandera y un único idioma, con el firme propósito de recuperar la gloria del viejo Krypton. Sin embargo, el daño causado al planeta estaba más allá de toda reparación. La devastación causada por la Gran guerra extinguió gran parte de la vida animal y vegetal sobre la superficie. La radiación remanente de las armas de destrucción masiva afectó las condiciones de la atmosfera sobre ellos, causando que el planeta se enfriara progresivamente. Krypton comenzó así a tomar la forma del planeta frio e inerte que era hoy día. En tan adversas circunstancias, los kryptonianos recurrieron a la ciencia y la tecnología para asegurar su supervivencia, nombrando a sus mejores científicos como cabezas de un Consejo de Ciencias que habría de gobernarlos. Fue así que dieron comienzo a una carrera espacial que los llevó a explorar las galaxias vecinas y a colonizar otros mundos, como el distante planeta Daxam. Sin embargo, los kryptonianos pagarían caro su conquista del espacio.

Poco a poco llegaron noticias de que todos aquellos exploradores que salieron a las colonias interplanetarias murieron de una enfermedad degenerativa que dejó sus cuerpos inertes y con un leve color verde. Pronto se cimentó la creencia entre los kryptonianos de que, en retaliación por el maltrato a su planeta madre, Rao y otros dioses antiguos les habían maldecido para que no pudieran vivir lejos de Krypton, evitando con eso que hicieran lo mismo a otros mundos. Fue así que los viajes al espacio quedaron relegados a criminales convictos, obligados a purgar su condena en exilio fuera del planeta, bien fuera hasta cumplir con el tiempo de castigo o hasta morir víctimas de aquella mortal enfermedad, lo que ocurriera primero. Recientemente y gracias a Jor-El, esta modalidad de condena fue remplazada por otra, supuestamente menos cruel. El último clavo en la caja mortuoria de la carrera espacial de Krypton fue la destrucción de la luna Wegthor por cuenta del científico Jax-Ur y sus experimentos en busca de una fuente alternativa para impulsar las naves espaciales.

Durante toda esta etapa, otro de los legados de la Gran guerra se manifestó en la forma de temblores de tierra que sacudían una u otra parte del planeta. Al comienzo eran estremecimientos muy leves y espaciados, tanto que los sofisticados instrumentos de detección de los geólogos no los percibían. Con el tiempo, esos movimientos se hicieron más fuertes y frecuentes, hasta convertirse en parte del paisaje diario con el que los kryptonianos se acostumbraron a vivir. Un estremecimiento de otro talante llegó recientemente a sus tranquilas vidas por cuenta de una asonada terrorista liderada por el General Zod y sus seguidores, en las calles de la nueva ciudad capital Kryptonópolis. La amenaza de nuevos vientos de guerra civil soplaron con fuerza y el temor se apoderó de toda la población. La situación alcanzó el máximo de tensión cuando Zod, Ursa, Non y algunos de sus subordinados consiguieron llegar al edificio Capitolio, sede principal del Consejo de Ciencias y secuestrar a nueve de sus más antiguos miembros. Con la mayoría del Consejo retenido, era cuestión de tiempo para que estos cedieran el poder a Zod. Algunos soldados disidentes no estaban dispuestos a traicionar sus principios y deseaban intervenir, pero temían al General y a las consecuencias si fallaban.

“No fallaremos”, les dijo Jor-El, recién llegado a la capital. Vestido con la armadura de batalla de su familia y en compañía de los restantes tres Concejales, los reunió y preparó para recuperar el control de la ciudad. “La estrategia que usaremos es arriesgada, pero es nada comparado con lo que perderemos si no lo intentamos. La Casa de El no le ha fallado antes a Krypton y no le fallará esta vez. ¿Están conmigo?”.

La sombra proyectada por Jor-El se remontaba a generaciones de héroes que hacían honor al apellido de su familia al servir a los intereses de Krypton y sus habitantes. Al escuchar sus palabras y saber que estaría con ellos, los soldados se llenaron de valor y emprendieron la misión de retoma. Hubieron algunas bajas, pero finalmente sometieron al General Zod y los suyos, rescatando con vida a todos los miembros del Consejo.

“Has firmado nuestra sentencia de muerte, Jor-El”, le dijo el General mientras era despojado de sus insignias militares y llevado a prisión.

“Personalmente me aseguraré que tengan un juicio justo”, le prometió.

Y así lo hizo, evitando a los acusados la pena de muerte y sentenciándolos al destierro en la Zona Fantasma. Superada la tormenta, quedaba en manos del Consejo recuperar la tranquilidad del pueblo. La celebración del aniversario diez mil de la Era moderna de Krypton, que iniciara con el final de la Gran guerra, les cayó como anillo al dedo para cumplir dicho cometido.

Para organizar los detalles de esta celebración, los miembros del Consejo fueron citados dos días después del juicio al General Zod y demás renegados. Como era su costumbre, Jor-El llegó puntual a la reunión en el edificio Capitolio. Encontró a los restantes miembros ya reunidos en el salón de Juntas, vestidos igual que él, con las formales ropas propias de su envestidura, túnicas blancas sin otro adorno que el escudo de familia de cada miembro. Siendo un hombre perspicaz, Jor-El intuyó que entre ellos se cocinaba algo más que solamente la frivolidad de organizar una fiesta para el pueblo.

“Has realizado un deber desagradable con maestría, Jor-El”, le felicitó Tho-War, el más antiguo de los Concejales, que se acercó con los brazos abiertos para abrazarle y darle una efusiva bienvenida. “Han recibido el castigo que merecían. El aislamiento en la Zona Fantasma es una eterna muerte en vida”.

“Sin embargo, es una oportunidad de vida”, replicó Jor-El con sarcasmo. “No como nosotros”.

“Por favor, Jor-El”, le reprendió Tho-War. “No estamos reunidos hoy para continuar debatiendo lo que ya no necesita ser debatido”.

¿Debate? ¿Qué era lo que necesitaba o no debatirse? ¿La necesidad urgente de salvar a todo el pueblo de Krypton no era acaso una prioridad para el Consejo de Ciencias? Jor-El estaba molesto y decepcionado. Le costaba entender que nada hubiera cambiado, desde aquella sesión realizada tres meses atrás, cuando presentó por primera vez sus hallazgos al Consejo.

“Señores, Krypton está muriendo”, dijo sin rodeos esa tarde.

Hubo voces de burla y otras de reproche por el enunciado alarmista de Jor-El. Sentados alrededor de una mesa redonda, las voces se silenciaron cuando el científico usó el cristal de su báculo para proyectar en el centro de la mesa una imagen tridimensional del planeta y sus lunas.

“Como sabemos, nuestro planeta es bastante grande y posee un núcleo radiactivo igual de grande e inestable. La única razón por la que la inestable naturaleza del núcleo ha soportado tanto tiempo, fue por cuenta de las fuerzas gravitatorias combinadas de nuestras cuatro lunas”.

Jor-El jugó con los controles bien disimulados en el mango de su báculo y removió dos de las lunas de la imagen.

“Cuando Wegthor fue destruida, los escombros impactaron la luna Xenón expulsándola fuera de su órbita. La fuerza de las lunas restantes Koron y Mithen ha resultado insuficiente para mantener estable el núcleo y de ahí que se hayan intensificado los temblores, tanto en cantidad como en fuerza. Esta aceleración en la decadencia del núcleo solo tiene una conclusión viable”.

La proyección holográfica se actualizó, acorde a las instrucciones previamente almacenadas por Jor-El. Lentamente la imagen del planeta fue fragmentándose, para luego estallar en millones de diminutas partes.

“Como dije, Krypton está muriendo”, sentenció en cuanto la proyección holográfica se apagó.

“Una animación bastante impactante, debo reconocer”, dijo Han-Dre, el segundo en autoridad dentro del Consejo. “Y supongo que tienes los estudios y cálculos que soportan esta apocalíptica hipótesis tuya, ¿verdad?”.

El cristal del báculo de Jor-El brilló con fuerza durante unos segundos, luego se apagó de nuevo.

“He transferido todos los estudios y evidencias a la Computadora central, para su revisión”.

“No tomaremos esta teoría a la ligera, Jor-El”, aseguró Tho-War. “Como manda el protocolo, asignaremos a dos científicos para que auditen tus estudios y confirmen o refuten tus conclusiones. Supongo que no tendrás reparo alguno en que Non sea uno de ellos, entiendo que estás familiarizado con su trabajo”.

Jor-El estuvo satisfecho con la propuesta y asintió.

“Propongo que nuestra querida Vond-Ah sea la segunda auditora”, dijo Al-Cen, el más joven de los Concejales. Su propuesta tuvo inmediata acogida entre los miembros de la mesa.

“Esta decidido entonces”, dijo Jor-El. “Mi esposa y yo saldremos pronto en una nueva excursión, para evaluar nuevos hallazgos. Estaré de regreso antes que termine el año y si todo sale como espero, podremos comenzar a planear una evacuación segura del planeta”.

El anciano Tho-War se puso de pie y se acercó a Jor-El, sujetándole por el brazo.

“No nos apresuremos y esperemos los resultados de la revisión, amigo mío. Y respecto a este viaje que mencionas, entiendo que Lara está a pocos meses de dar a luz a tu hijo, un varón según recuerdo. ¿Estás seguro que es prudente viajar en tales circunstancias?”.

Jor-El sonrió, complacido por la preocupación del viejo War, a quien conocía desde niño, cuando ayudó a su padre a recuperar el honor de su familia en un momento de crisis.

“Estaremos bien, si no fuera realmente importante sabes que no me arriesgaría a realizar este viaje. Llevaremos lo necesario para la atención del parto. Preservar el futuro de Krypton demanda que todos tengamos que hacer sacrificios”.

Tres meses después, Jor-El regresó a una ciudad devastada y tuvo que posponer su reunión con el Consejo respecto al destino de Krypton para atender como fiscal en el juicio al General Zod, Non y Ursa. Durante dos eternos días, Jor-El recibió excusas por parte del Consejo y ahora que estaban reunidos con el pretexto de iniciar los preparativos del aniversario de Krypton, recibía con incredulidad las conclusiones de la revisión que hicieran a sus estudios.

“¡Es suicidio!”, exclamó finalmente. Inmediatamente rectificó: “No, peor que eso, es genocidio”.

“Cuidado, Jor-El”, le reprendió Han-Dre. “El Consejo ha evaluado ya esta extravagante teoría tuya”.

“No somos testarudos, amigo”, le dijo Tho-War, tratando de conciliar. “Seguimos los protocolos y tus proyecciones fueron evaluadas por dos auditores. Aunque uno validó tus conclusiones, el otro determinó que estaban equivocadas. Y creo que después de ver como Non enloqueció y comenzó a causar pánico en la población, estamos más que de acuerdo en que su criterio no puede ser del todo objetivo”.

En la distancia, Al-Cen levantó su mano y la voz, para dar a conocer su punto de vista.

“Creo que Jor-El quiere ser visto como un salvador, queriendo imitar tal vez a su ancestro Van-L. Pero si sigue por este camino, puede terminar pareciéndose más a su padre Seg-El, quien por poco arrasa con el honor de la amada Casa de El”, acusó jocosamente. “Muchos kryptonianos ven en el escudo de su familia un símbolo de esperanza, ¿acaso sientes que es demasiada presión y por eso vienes con estas proclamaciones sin sentido?”

“Amigos míos”, replicó pausadamente Jor-El, “saben que no soy ni precipitado ni impulsivo. Tampoco soy dado a afirmaciones infundadas y les digo, que debemos evacuar este planeta inmediatamente”.

“¿Evacuar, Jor-El?”, replicó Tho-War. “Sabes que la muerte verde es lo único que espera cada vez que un kryptoniano se aventura al espacio”.

“Eres uno de los más grandes científicos de Krypton”, dijo Han-Dre un poco más condescendiente, mientras extendía el brazo llamando al frente a una de las dos mujeres que formaban parte del Consejo. “Pero también lo es Vond-Ah”.

La mujer se aproximó lentamente.

“No es que cuestione tus datos, los hechos son innegables”, dijo con voz certera y orgullosa. “Son tus conclusiones las que encuentro insoportables”.

Absurdo, pensó Jor-El. No tenía tiempo para estas estupideces, ahora menos que nunca. Su viaje de exploración había sido productivo en muchos frentes, tenía mucho para compartir pero el Consejo parecía no querer escuchar.

“Este planeta estallará dentro de 30 días, si no antes”, concluyó. “No nos queda mucho tiempo, pero si actuamos de inmediato, todavía podemos…”

“Te digo que Krypton simplemente está cambiando de órbita”, le interrumpió Vond-Ah, con absoluta certeza en su propio criterio.

“Jor-El, sé razonable”, suplicó Tho-War.

“Amigo mío, nunca he sido otra cosa. Esta locura es suya”.

Los once Concejales se agruparon junto a Tho-War. Han-Dre le susurró algo al oído al anciano y aunque Jor-El no pudo escucharlo, tenía certeza de lo que estaba por ocurrir.

“La discusión ha terminado”, dijo terminante Tho-War. Su postura y tono de voz pasaron a ser autoritarios. No hablaba el anciano amigo, sino una voz autorizada del Consejo de Ciencias. “La decisión del Consejo es definitiva. Cualquier intento tuyo de crear un clima de temor o pánico entre el pueblo, será considerado por nosotros como un acto de insurrección”.

Jor-El no podía creer lo que estaba ocurriendo. Hombres de ciencia como ellos, negándose a aceptar la realidad, ¿acaso era tal como lo dijera Zod durante el juicio?

“Tienen miedo del cambio y sus mentes obtusas preferirán ver al planeta destruido antes que perder el poder que hoy ostentan”

Por primera vez, sintió que este Consejo traicionaba todo aquello por lo que su familia había luchado por generaciones: la preservación de Krypton, su cultura y su gente. Ya no se sentía cómodo entre ellos.

“¿Ustedes me acusarían de insurrección?”, preguntó descorazonado. “¿Es ahora un crimen apreciar la vida?”

La respuesta de Tho-War fue inmediata y contundente.

“Te desterraríamos a la prisión eterna de la Zona Fantasma. El vacío eterno que tú mismo descubriste”. Hizo una pausa y con voz calmada, preguntó: “¿Aceptarás y acatarás la decisión del Consejo?”.

Por un breve momento, Jor-El entró en pánico. ¿Acaso fue esto lo mismo por lo que pasó Non? La fría racionalidad del científico tomó entonces las riendas y controló sus emociones para no quedar en evidencia. ¿Qué haría a continuación? Desafiar al Consejo no iba a traerle una suerte mejor la de su amigo y ahora mismo, nada era más importante que asegurar la supervivencia de su pequeño hijo recién nacido. No le quedaba más que resignarse y seguirles la corriente.

“Permaneceré en silencio”, respondió. “Ni mi esposa ni yo mismo, abandonaremos Krypton”.

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