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miércoles, 30 de mayo de 2012

El niño que aprendió a volar - Capítulo 5

Meditando por lo alto



Los gritos se escucharon en la cocina y Martha Kent salió a ver de qué se trataba. Frente a la puerta de entrada encontró a tres niños. Reconoció a Pete Ross con su brazo encabestrillado y unas buenas ojeras a consecuencia de tanto llorar. A su lado, el primogénito de los Braverman, un tanto más alto que Pete y con una expresión de quien prefiere estar en otra parte o jugando en algún lado antes que andar haciendo una visita vespertina. La tercera era una niña de cabellos color dorado pálido a quien nunca antes había visto.



El muchacho levantó el brazo tanto como pudo antes de sentir un poco de dolor y se limitó a responder al reclamo con un humilde , y luego como si fuera algo normal andar con el brazo colgando, continuó:

.

Martha subió al segundo piso, tocó la puerta del cuarto de Clark y al no tener respuesta, entró. La única señal de que su hijo estuvo allí, era la cama desarreglada. La ventana estaba abierta y con los acontecimientos recientes, Martha contempló la idea de que hubiera salido por ahí, algo que no parecía posible ya que afuera no había nada que le permitiera descolgarse hasta el piso. Lo más seguro, concluyó, es que hubiera salido por la puerta de atrás luego que Jonathan se fuera a cumplir con el compromiso adquirido en la mañana con Henry Rosenthal, el dueño de la distribuidora de grano. El rostro de decepción fue evidente en los niños, cuando Martha les comunicó la novedad.

, preguntó inquieto Pete.

No dejaba de sorprenderle lo rápido que corrían los rumores en Smallville. Era casi un milagro que ella y su esposo hubieran podido guardar durante tanto tiempo el origen secreto de su hijo y ya fuera cosa de las circunstancias o del destino, daba gracias por eso.

, respondió con una sonrisa. Le resultaba conmovedor que, aunque en cierto grado Clark tuviera alguna responsabilidad en la lesión de su brazo, Pete estaba preocupado por él en lugar de estar furioso. Eso decía mucho de Pete y un tanto más acerca de Clark, lo que la hizo sentir orgullosa.

.

, respondió Pete. y sin decir más, los tres tomaron el sendero de salida.

Desde su puesto, Clark vio y escuchó claramente la conversación de sus amigos y su madre. Hubiera podido regresar a la casa para estar con ellos, pero realmente no estaba de ánimo para eso. Tampoco quería estar encerrado. Por eso salió sin avisar luego de terminado el almuerzo que con tanto cariño les preparó su madre. Madre. Realmente ella no lo era, ni Jonathan era su padre. Eran una pareja de extraños que lo cuidaban. ¿Dónde estaban sus verdaderos padres? ¿Por qué lo habían abandonado? ¿Por qué no lo habían amado lo suficiente para retenerlo a su lado, tanto como lo amaban los Kent? Todas esas preguntas abarrotaban el pequeño cerebro en su cabeza.

Con el aumento del viento frio y los cielos tornándose cada vez más rojos, Clark reparó en que quedaba poco para que llegara la noche y aunque aquellos no fueran sus verdaderos padres, los quería y lo menos que deseaba era que se preocuparan por su ausencia. Se puso de pie y saltó.

La altura de caída fue mucho mayor que la de un rato antes, cuando saltó por la ventana de su cuarto. La velocidad alcanzada hizo que se produjera un sonido fuerte y seco cuando sus pies golpearon el piso, que se hundió, no por causa de su peso, sino por la fuerza del impacto. Miró hacia arriba y contempló el molino dando vueltas. La base metálica donde estaba sentado hace tan sólo un momento, justo bajo las aspas del molino, tenía una altura mayor que la de la chimenea de su casa. ¿Cómo había podido alcanzarla con tan sólo el impulso de un salto? Una pregunta más que le revoloteaba en su cabeza y una más que se quedaría sin respuesta de momento. Una mayor prioridad surgió cuando escuchó una delicada voz a sus espaldas, llamándole por su nombre.

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miércoles, 23 de mayo de 2012

El niño que aprendió a volar - Capítulo 4

Mentiras, secretos y verdades

El médico terminó de examinar al niño. Aparte de algunos moretones sin importancia, no encontró razón para alarmarse. El pequeño Clark estaba tan sano y fuerte como siempre. Le dio una palmadita en las mejillas y salió del cuarto, dejándolo al cuidado de su madre, quien estuvo con ellos todo el tiempo. , pensó el galeno.

Bajó sin prisa las escaleras hasta la primera planta, donde lo esperaba Jonathan. Sentado en la sala, se le notaba nervioso, agitado y más pálido de lo usual. Sin embargo, lo que menos le agradó al médico, fue verlo sobarse el lado izquierdo del pecho con tanta fuerza e insistencia.

, preguntó.

, contestó Jonathan, confiando en que fuera tan solo eso, un achaque de esos que llegan con los años.

.

Jonathan esbozó una sonrisa forzada.

, advirtió antes que Jonathan pudiera replicar, como era su costumbre, .

El medico tomó su saco y sombrero, que colgaban del perchero a un paso de la puerta y se despidió. Jonathan lo observó subir a su auto, dar la vuelta frente del granero y conducir por el sendero hasta salir de la granja. Martha se reunió con él, bajo el porche de la entrada. Era más de medio día y el sol parecía calentar más que de costumbre.

, comentó Martha.

, musitó Jonathan sin todavía dar crédito a lo ocurrido.

, le interrumpió su esposa, abrazándolo con fuerza, con lagrimas en sus ojos.

Jonathan no estaba tan seguro de eso. Sospechaba que algo más estaba en juego. Precisamente, ese algo que durante los últimos ocho años habían mantenido enterrado, oculto bajo el piso del granero. Un secreto sobre el que ahora comenzaba a tener sus dudas.



La mujer se apartó de su lado y lo miro con determinación: . Se enjugó las lágrimas, las suyas y las de su esposo.

Jonathan asintió y con un beso renovaron sus votos y la promesa de mantener su secreto. Sin embargo, Jonathan no conseguía sacarse de la cabeza una duda que lo venía atormentando sobre su hijo:

En su cuarto, Clark comenzó a llorar. No entendía lo que le estaba ocurriendo ni por qué. Su cuerpo había sanado sorpresivamente rápido y de un momento para acá, podía ver mejor que antes, descubriendo detalles minúsculos en las cosas que lo rodeaban, tanto que casi parecía que pudiera ver a través de ellas. Y no sólo eso. También podía escuchar con claridad prístina cada sonido: el zumbido de las abejas del panal que colgaba del árbol sembrado atrás del granero, el tranquilo respirar de los caballos que descansaban en el establo situado al lado del silo y las voces de sus padres en la planta baja. Fueron sus palabras las que desataron su llanto. Podría no entender muchas cosas, pero si que las personas de allí abajo, aquellas a las que tanto amaba, no eran sus padres.

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viernes, 18 de mayo de 2012

El niño que aprendió a volar - Capítulo 3

En sala de urgencias

gritó el hombre de gruesa constitución que se abrió paso por los pasillos del hospital hasta la camilla de la sala de emergencias, donde un golpeado niño contemplaba con lágrimas en los ojos, el yeso que cubría su brazo derecho. El hombre se detuvo a su lado con una expresión de furia tal, que basto para hacer que el niño olvidara que el acetaminofén no había conseguido mitigar del todo el dolor que la fractura la produjo.

, dijo tímidamente el niño sin siquiera levantar la mirada.

Una enfermera se acercó al hombre y se lo llevó para que llenara algunos formatos y pudiera llevarse al niño a casa. De nuevo, lagrimas enlagunaron los ojos de Pete, pero esta vez no eran causadas por el dolor físico de su lesión, este era un dolor que ninguna analgésico le iba a quitar.

, escuchó saludar a una delicada voz, tan dulce que Pete podría compararla con la voz de un ángel, claro, si conociera la voz de los ángeles. Frente a él, una niña de cabellos dorados que no le llegaban a los hombros debido al corte que llevaba, preguntó apuntando al yeso: .

, Pete se enderezó y decidió impresionar a la niña contando su propia versión de los hechos:

, interrumpió la niña con una sonrisa maliciosa, deleitada en el placer de desenmascarar a ese pequeño y agradable mentiroso.

Pete la miró con sospecha. ¿Cómo podía saber tanto de eso si nunca antes la había visto? .

.

¿Metrópolis? Esa era la ciudad metropolitana de mayor renombre y crecimiento en la costa este y quedaba a varias horas de distancia en carro. El año pasado Pete y sus padres habían ido allá a una de esas que no se molestaron en explicarle. Como sea, le dio la oportunidad de conocer los edificios más altos que había visto en su corta vida. .

.

, preguntó con curiosidad mientras la niña sacaba un marcador de una mochila rosa que colgaba de su hombro. Pete adivinó cuál era la intención de la pequeña y no se molestó en evitarlo. Ella respondió a su pregunta mientras garabateaba su nombre en el blanco yeso virgen que le cubría el brazo.

, recalcó con absoluta confianza.

Pete contempló el nombre en su yeso. Ya no le dolía el brazo y concluyó que eso, tener la oportunidad para conocer a esta pequeña, era lo mejor que le había ocurrido en la vida. Y todo gracias a Clark.

.

Pete salió de su ensueño con el impacto de la noticia. , pensó: .

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miércoles, 9 de mayo de 2012

El niño que aprendió a volar - Capítulo 2

Culpa ciega y sorda

Jonathan terminó de descargar las pacas de maíz y ajustó cuidadosamente la cajuela de la vieja camioneta Ford. Los peones de la distribuidora tomaron la mercancía y la llevaron a la bodega. Henry, distribuidor mayorista y propietario de la bodega, estaba satisfecho con el producto.

, felicitó a Jonathan y le extendió la factura de recibo, junto con el respectivo cheque. Jonathan lo recibió complacido. Con ese dinero esperaba ponerse al día con las deudas de su granja. Henry aprovechó para proponerle un trabajo extra a Jonathan, algo que beneficiaba a los dos:

, respondió Jonathan con una sonrisa.

Antes que Jonathan pudiera terminar, uno de los muchachos que atendía el despacho al público en la distribuidora salió corriendo al patio gritando desaforado: . Con el permiso de Henry, entró a la oficina y atendió la llamada. Su rostro reflejó la preocupación que le causaron las noticias.



, le dijo al despedirse.

No tardó mucho en llegar a la escuela. Smallville era después de todo un pueblo pequeño y aunque algunas casas y granjas quedaran un tanto retiradas unas de otras, las vías usualmente estaban descongestionadas. Parqueó la camioneta y fue directamente al despacho de la directora. Allí, la veterana docente le contó los detalles de lo ocurrido.

.

, preguntó angustiado Jonathan.



Jonathan no perdió otro minuto. Salió de la escuela, saltó a su camioneta y arrancó. No iba a perder tiempo esperando que el Comisario iniciara la búsqueda de su hijo. Abandonó la zona urbana de la ciudad y las parcelas de las granjas comenzaron a llenar el horizonte. Si la directora tenía razón y el muchacho iba camino de su casa, probablemente cortaría por las parcelas, por las tierras de su vecino Ben Hubbard, como acostumbraban hacer cuando salían juntos. Y no se equivocaba. A lo lejos, dentro de los predios de Ben, pudo ver el saco rojo del uniforme de la escuela que llevaba su niño y que destacaba contra los colores verdes y amarillos de los campos. Orilló la camioneta y desmontó. Se acercó a la cerca y comenzó a llamarlo a gritos.

Clark no escuchaba los llamados de su padre. Sus propios sollozos y las lágrimas en sus ojos se lo impedían. Había lastimado a su mejor amigo, lo escuchó gritar de dolor. ¿Cómo podría perdonarse por algo así? ¿Cómo podría Pete perdonarlo por haberle causado semejante daño? Su pequeño mundo se estremecía… no, no era eso. Era algo más. Algo en la tierra...

Jonathan gritaba con toda la fuerza que sus cansados pulmones le daban mientras corría hacia él, pero el niño seguía sin escuchar. Tampoco parecía reparar en el enorme animal que también corría desbocado en su dirección. Al enorme toro negro poco o nada le importó que una cría de humano estuviera en su camino. Le pasó por encima como si nada y siguió su camino. Jonathan sintió que su corazón iba a estallar.

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miércoles, 2 de mayo de 2012

El niño que aprendió a volar - Capítulo 1

Juego de niños

La campana resonó por todos corredores, irrumpiendo en los salones de clase para anunciar el descanso de media mañana. Al igual que el resto de los niños, Clark guardó sus libros de estudio en su mochila, la acomodó en el cajón bajo la tabla de escribir de su pupitre de madera, tomó su lonchera y salió corriendo al patio de recreos que quedaba en la parte posterior de la escuela. El patio de juegos era lo suficientemente amplio para que los casi cien niños que estudiaban allí pudieran distraerse libremente, ya fuera en los juegos de tiovivo, las barras o los espacios dispuestos para armar improvisados encuentros de beisbol casero o de Football americano. Era para un picadito de esto último precisamente, que un grupo de sus compañeros estaban ya organizándose.

, le preguntó su amigo Pete, un peli-mono lleno de pecas que lo tomó del brazo presuroso. .

, respondió Clark y corrió junto a su amigo Kenny para tomar posición en el campo de juego, luego de poner la lonchera junto con todas las demás, amontonadas al borde de la imaginaría línea de meta que demarcaba su cancha de juego.

La pequeña Lana y dos de sus amigas se sentaron bajo la sombra de un árbol desde donde se contemplaba el juego de sus compañeros. La pelirroja saboreaba su merienda mientras sus dos amigas parloteaban sobre algo, la verdad no les prestaba mayor cuidado. Su atención estaba centrada en el juego de los niños, en uno de ellos en particular.

Clark tomó el balón y avanzó hacia la línea de meta contraria. Kenny bloqueó a Pete pero su otro compañero no pudo contener a Brad, que tenía un físico superior aunque compartía la misma edad de sus compañeros. Brad no tuvo contemplación alguna y derribo a Clark con algo más de fuerza de la que realmente necesitaba. Le gustaba apalear a los pequeños sabelotodo y nada mejor que hacerlo dentro del campo de juego, donde podía excusarse con un sencillo .

Lana se puso de pie de golpe y casi derramó la bebida de su botella, un delicioso jugo de fresas preparado por su tía Nell esa mañana.

Clark tenía la vista borrosa por las lágrimas que escurrían por sus ojos. No eran de dolor, prácticamente no había sentido el empujón. Eran de orgullo herido y rabia, al escuchar la mofa que el pesado de Brad hacía a costa suya. Se puso de pie sin limpiarse la tierra de sus jeanes ni los raspones que la caída le había dejado en los codos y se abalanzó contra Brad. Pete se percató del arrebato de su amigo y pensó . Sin pensarlo dos veces, corrió para interponerse en el camino de Clark y bloquearlo antes que fuera demasiado tarde.

Lo siguiente que Pete recuerda, es la cara del enfermero que le decía con voz suave: .

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