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Secuencia de caritas

Ya pasaba mediodía, el sol brillada en lo alto de un cielo libre de nubes, calentando como si fuera pleno verano en lo que eran los primeros días del invierno. Ella saludó con un gesto de su mano mientras se acercaba caminando, sin prisa como de costumbre.

Yo sonreí, que más podía hacer. A fin de cuentas, nadie me había obligado a ir allí. Cierto, yo solito me ofrecí y ahora no quedaba mas que cumplir.

Algo de aquel reclamo apagado pareció notarse en mi rostro, porque luego de escuchar un "hola", lo siguiente que dejó salir de sus labios fue un "no fue mi culpa".

No fueron las palabras, por supuesto, fueron los gestos que hizo al pronunciarlas lo que me hizo estallar en risas. Claro que las risas se apagaron con su siguiente intervención:

"¿Podemos darnos prisa? No dormí bien anoche y estoy que me duermo", dijo mientras cerraba los ojos con pereza, para dar soporte a su petición.

"¡Que tal!", pensé. Tras de cotudo con paperas... mira que ahora salí a deberle pues... mejor dicho, que la duerman donde la trasnocharon, yo me voy para mi casa.

"Tan bobito", dijo ella con una sonrisa mientras me agarraba de gancho. "Sólo decía por molestar, muchas gracias por acompañarme", remató con una sonrisa y los ojos muy abiertos.

"Ya lo sabía", replique con un aire de modestia tal que haría palidecer a un argentino en su humildad.

De pronto, sin aviso de por medio, un "¡Auch!" escapó de sus labios y no pude menos que temer lo peor. Presurosa hurgó entre su cartera, que parecía no tener fondo por como escudriñaba en un sentido y otro. "Creo que la dejé", murmuró.

¡El colmo!, pensé. Apreté los dientes y exclame un maldita sea mientras mi cabeza explotaba de rabia... al menos así lo imaginé, pero la verdad, no era para tanto. Al final, la encontró.

"Ahora sólo nos queda cruzar los dedos para que no se haya agotado aún", dijo con una de sus contagiosas sonrisas.

Bostecé, era quizás efecto de los frijoles haciendo digestión en mi estomago o era quizás que quien no había tenido suficiente sueño la noche anterior no era precisamente ella. "Quizás debamos dejarlo para otro día", sugerí.

Ella se tapó los oídos y moviendo la cabeza de un lado para otro cantaba entre risas: "soy de palo, no oigo nada". Ni modo, habría que continuar.

Mientras avanzábamos por la acera del centro comercial, me compartió con especial detalle la noche de diarrea que pasó su mascota, un cachorro de Beagle, al comerse un ratón que intentó colarse en la casa. Demasiada información para procesar, especialmente en lo colorido de los detalles.

Ella soltó una andanada de ricillas que me recordaron al perro Pulgoso de las caricaturas de Hanna-Barbera que veía de niño. Claro, no era en su estomago que los frijoles se revolvían con las imágenes que su anécdota había plantado en mi cabeza.

Aplaudí en respuesta a su burla. "¿Y eso a qué viene?", me preguntó. "A que finalmente dejaste ver tu lado malvado", respondí con ironía.

"¿Yo?", replicó ella haciendo su mejor imitación de lo que podría ser un ángel, juntando sus manos como si elevara una plegaria a los cielos que a su vez contemplaba. Lo cierto era que no estaba imitando, un ángel era lo que ella era.

Me puse verde y no precisamente de la ira cuál remedo de Hulk, fue más bien cosa de envidia por no poder decir lo mismo. Lo más lamentable de la historia, fue que finalmente llegamos a nuestro destino.

Hizo su pedido y la niña al otro lado del mostrador le atendió de buena gana. Ella pasó su tarjeta para pagar, la misma que casi creyó haber dejado y luego emprendimos el camino de regreso, cada uno comiendo su cono con el sabor de temporada: Crispí con yogurt de frutos rojos.

Ella soltó una carcajada y al saber que era feliz, sonreí, pero como no iba a resultar de otra forma, me mordí la lengua al hacerlo.

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