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miércoles, 11 de febrero de 2015

Estrellas en colisión - Capítulo 5

El visitante de otra galaxia



Los preparativos de la visita de la delegación de la Enterprise al Destructor Estelar Avenger fueron establecidos entre el androide D474 y el Teniente Skeele, segundo al mando del crucero imperial. Desde la sala de reuniones se estableció la conferencia entre las partes, en presencia de Kirk, McCoy, Spock y Kemra. Una vez fueron perfeccionados los preparativos para el encuentro, la comunicación con el Destructor Estelar fue terminada. Un aire de intranquilidad se percibió en el ambiente artificial de la sala de reuniones. Sólo Kemra y Spock permanecían serenos.

“No entiendo por qué debemos usar el transbordador para llegar al Destructor”, protestó McCoy. “Sería mucho más rápido si usáramos los tubos de teletransporte”.

Kemra se apresuró a contestar.

“No existe una tecnología como esa aquí, al menos no existía cuando partí. Es mejor conservar esa ventaja a nuestro favor”.

“Comparto la opinión de Kemra, Capitán”, intervino Spock. “Lo que no comparto es su sugerencia de que vayamos al Destructor en compañía del robot y no suya. Su conocimiento de esta civilización podría sernos útil para nuestra pequeña charada”.

“Su conocimiento de esta civilización”, las palabras de Spock hacían eco en la mente de Kemra. Hubiera preferido no revelar su verdadera identidad, pero dadas las circunstancias, no tuvo más remedio que hacerlo cuando el Capitán Kirk y sus amigos irrumpieron en su habitación una hora atrás, buscando explicaciones.

“Muy bien, Kemra. ¿De qué se trata todo esto? Y no me tome por estúpido y vaya a decirme que no tiene idea, porque sé muy bien que no es así”.

Kemra permanecía sentado al borde de la cama de su habitación, mientras observaba a Kirk, McCoy y Spock, que estaban de pie frente a él, uno con los brazos cruzados al frente, el otro en jarras y el tercero sueltos al costado, relajados, como de costumbre. Detrás de ellos, los dos oficiales de seguridad que le escoltaron antes al cuarto esperaban atentos, con las armas desenfundadas y programadas para “aturdir”.

“Vamos a guardar las armas y salir de la habitación para darles privacidad”, susurró Kemra mientras observaba fijamente a los oficiales. Kirk, que al igual que sus amigos escuchó las palabras de Kemra, pensó que el Ingeniero les estaba tomando del pelo.

“Vamos a guardar las armas y salir de la habitación para darles privacidad”, dijo uno de los oficiales y acto seguido, hizo exactamente lo que dijo. El otro le siguió.

“¿Qué significa esto?”, preguntó encolerizado el buen Doctor.

“Interesante”, murmuró Spock. “Creo acabamos de ser testigos de una especie de acondicionamiento hipnótico, bastante potente y efectivo”.

“No es hipnosis, Spock. Es La Fuerza”, respondió Kemra.

“¿La Fuerza?”, repitió Kirk.

“Antes de entrar en el debate teológico alrededor de ese concepto, Capitán, creo que debo explicarle algunas cosas y responder a la pregunta que me hiciera al entrar”.

“Adelante”, concedió Kirk.

“Verá, Capitán… Hace 20 años, está Galaxia era una noble República y las diferencias eran atendidas en el Senado, dirigido por un Supremo Canciller elegido democráticamente por los representantes de los diferentes planetas participantes. Por supuesto, la paz en la Galaxia no podía mantenerse solamente con la palabrería de un montón de burócratas en el Senado y fue así que la orden de los Caballeros Jedi pasó a convertirse en la policía de la República. Los Jedi, verán, eran un grupo de valientes guerreros entrenados desde la infancia en el dominio de la Fuerza, que es la energía que conecta todo lo que existe. Me conecta a mí con ustedes, a nosotros con la nave y a todos con el Universo”.

“Filosofía barata”, murmuró McCoy.

“Yo no lo descartaría tan pronto, doctor”, replicó Spock. “Desde mucho tiempo atrás los físicos han teorizado que la gravedad puede ser la fuerza primaria que conecta todo lo que existe en el Universo”.

“Puede ser, Spock. Pero nuestro amigo Kemra no habla de la gravedad, tan solo está inventando una historia fantástica para justificar su pequeño acto de circo”.

“Es suficiente, Bones”, reclamó Kirk. “Permite que Kemra termine su historia antes de juzgarlo”.

“Gracias, Capitán”. Kemra continuó con el relato de su historia: “Eventualmente, la Republica fue contaminada desde adentro y sumergida en una guerra entre facciones. El Supremo Canciller Palpatine se vio obligado a autorizar la creación de un ejército de Clones que pronto puso fin al conflicto. Pero antes de poder celebrar la victoria, Palpatine se reveló a sí mismo como un Lord del Sith, una orden adversa a los Caballeros Jedi. Así como los Jedi usaban la Fuerza para potenciar el conocimiento y la defensa, los Sith la usaban para sembrar el caos y para destruir. Con ayuda de los clones y de un Jedi renegado que adoptó el nombre de Darth Vader, Palpatine convirtió a la Republica en el Primer Imperio Galáctico y prácticamente exterminó a los Jedi. Yo apenas si pude escapar a la emboscada de los clones y por un tiempo creí era el último sobreviviente de la Orden, hasta que supe que un viejo amigo se ocultaba en los suburbios de la Galaxia, lejos de todo movimiento imperial de importancia…”

La temperatura de Tatooine era insoportable, debido a la fuerte presencia de sus dos soles. Alejados de la ciudad, afuera de una construcción empotrada en una montaña de arena, como de arena parecía ser todo el planeta, Kemra Kemra dice adiós a su amigo. Tiene la sensación de que ya nunca lo verá de nuevo.

“No quisiera irme, Obi-wan, pero la presencia de dos Caballeros Jedi en este planeta podría atraer la atención de Anakin”.

“Ya no responde a ese nombre, Kemra. Mi antiguo padawan ahora tiene otro maestro. El emperador se ha apoderado de su alma y dudo mucho que alguna vez podamos recuperarlo”, dijo con tristeza el otro Jedi.

“No crees que el niño podría…”

“Por favor Allec, olvida todo sobre ese niño. El pequeño Luke es nuestra última esperanza. Si el emperador se entera de su existencia antes de que esté listo para enfrentarlo, todo estará perdido”.

“Olvida todo”, repitió Kemra una vez más. Culpaba a la nostalgia por traer a flote esa memoria, contrariando la advertencia de Obi-wan. De nuevo, como hiciera entonces, empujó este recuerdo a lo más profundo de su conciencia. Retomando el hilo de su narración, continuó.

“Tomé una nave y en compañía de D474, quisimos exiliamos en lo más profundo del espacio. Desafortunadamente, durante la travesía por el hiperespacio, un corto circuito en los hiperimpulsores nos envió en una trayectoria desconocida que finalmente nos arrojó en su Galaxia, Capitán.

“Intenté regresar, pero los hiperimpulsores de la nave quedaron demasiado dañados. Durante años, vagué de planeta en planeta buscando la tecnología necesaria para efectuar el viaje hiperespacial, sin éxito. Finalmente me instalé en Omicron Theta, donde conocí a Albert Soong, un científico brillante. A cambio de permitirle examinar las terminales positrónicas del cerebro de D474, me ayudó en la investigación para recrear los hiperimpulsores. Cuando los motores estuvieron listos, necesité una astronave capaz de soportar el viaje de regreso y fue Albert quien sugirió ir a la Tierra, donde la exploración del espacio había pasado a convertirse en una prioridad para la Federación Unida de Planetas”.

“Y con sus poderes, supongo no fue difícil convencerlos de autorizar una prueba en una de sus naves, la más avanzada de su flota: la Enterprise”, dijo Kirk. Sus emociones iban y venían entre orgullo y furia.

“Así fue, Capitán. Sin embargo y aunque la prueba iba bien, no generámos el impulso necesario para dar el salto al Hiperuniverso y poder regresar. Necesitaba usar toda la potencia de los motores y eso sólo podría conseguirlo si usted daba la orden”.

“No me gusta a dónde va esto…”, murmuró Kirk.

“Usé mis habilidades en el ingeniero Scott para dar ese falso reporte de riesgo en el reactor”, confesó Kemra. “Con eso, no fue difícil conseguir que usted diera esa orden”.

“¿Cómo pudo ser tan egoísta? ¡Puso en riesgo la vida de mi tripulación, cuatrocientas personas, sólo para que usted pudiera regresar a su Universo!”, explotó Kirk.

“Supongo que en eso, la naturaleza humana de nuestros Universos se parecen bastante, Capitán. Pero créame cuando le digo, que no esperaba que la Enterprise quedara varada en este lugar ni mucho menos, que tuviera que vérselas contra un Destructor Estelar”.

Kirk quería moler a golpes al ingeniero, sin importarle qué tantos trucos pudiera hacer con esa tal Fuerza de la que hablaba. Quería hacerle pagar por toda la angustia a la que se encontraban sometidos.

“¿Al menos sabrá como enviarnos de regreso?”, cuestionó McCoy. “No nos habrá usado para un viaje de un solo trayecto, ¿verdad?”.

“Tiene usted razón, doctor. Revisé los motores antes de abandonar la sala de máquinas y aunque no están en óptimas condiciones, seguro pueden soportar un viaje más. El único inconveniente es encontrar suficiente Deuterio para alimentar las reservas de la nave y reactivar el reactor”.

Ya McCoy se prestaba a responder con su característico sarcasmo, cuando el timbre del intercomunicador resonó en el cuarto. Era Scotty.

“Capitán, no me lo va a creer”, comenzó a decir emocionado.

Al terminar la conferencia con Scotty, un plan de acción fue trazado. El Destructor Estelar frente a ellos había suspendido las agresiones cuando un pequeño caza apareció en los alrededores y cualquiera fuera la razón, debían aprovechar la circunstancia. Con ayuda de D474 hicieron contacto y concretaron una reunión sin ningún otro propósito real que el de hacer tiempo, mientras un segundo grupo partía a confirmar el hallazgo de Scotty. Ahora, Kemra debía justificar su propuesta de no ir con el grupo de Kirk, sin revelar que su verdadero temor era que Darth Vader estaba a bordo de ese Destructor y podría no hacerle mucha gracia que ellos hubieran acogido a un Jedi.

“Ya saben de la existencia de D474, pero el que ignoren que hay un Jedi entre ustedes es una ventaja adicional que no podemos desaprovechar”.

“Eso… parece lógico”, concluyó Spock.

Kemra tuvo una visión del futuro, no demasiado clara, pero lo suficiente para hacer una última recomendación.

“Doctor, sería prudente que llevara un kit portátil de reanimación. Podría necesitarlo”.

“Tengo un mal presentimiento sobre esto”, refunfuñó McCoy.

Unos minutos después, bajaron del transbordador y fueron recibidos por una delegación en el hangar del Destructor Estelar. Se acercó a ellos un oficial vestido con un uniforme verde oscuro y una boina sobre la cabeza, una moda que no se veía en la Tierra desde la década de los 70s. Kirk estuvo atento el intercambio de palabras entre el androide y aquel oficial sin conseguir entender nada. Al terminar de hablar, D474 se volvió hacia ellos y si el suyo no fuera un rostro metálico sin capacidad para reflejar sentimientos, Kirk diría que tenía una expresión de preocupación.

“Capitán, esta persona es el Teniente Skeele y nos informa que tanto nosotros como la Enterprise, somos ahora prisioneros del Imperio”.

* * * *

En la superficie del planeta Imraad, un remolino de átomos se formó. Un instante después, Scotty y Kemra se materializaron, proyectados desde la cámara de teletransporte de la Enterprise. El lugar alrededor era húmedo y los árboles se alzaban hasta donde la vista no alcanzaba a ver, cubriendo parcialmente el cielo. Scotty contempló extasiado el paisaje.

“Son más grandes los árboles de Endor”, comentó Kemra con mofa.

“¿Y ahora qué?”, preguntó Scotty. “Hubiera sido más fácil si nos hubiéramos teletransportado más cerca de la construcción que detectamos. No…”

Kemra lo interrumpió solicitando silencio con un ademán. Se escuchó el canto de las aves, el vaivén de las ramas de los árboles, un croar de alguna especie de rana cantando en un estanque cercano y el rumor característico del viento al ser cortado por un objeto metálico que se desplaza a alta velocidad.

“¡Rápido, tras esos arbustos!”, apuró Kemra.

Dos máquinas pasaron volando sobre ellos y tan pronto como aparecieron, se perdieron en la profundidad del bosque. Kemra salió de su escondite justo apenas para ver el camino que seguían.

“¿Qué fue eso?”, preguntó Scotty, limpiando su uniforme, que se ensució al saltar tras la arbustos y caer sobre un pequeño reptil.

“Esos eran soldados imperiales patrullando en aeromotos. Sin duda esa construcción pertenece al Imperio, así que es una suerte no haber llegado más cerca o habríamos sido capturados”. Kemra posó su mano sobre el hombro de Scotty, reclamando el crédito por una afortunada acción preventiva. “Vamos, seguiremos su camino y con suerte, encontraremos al Deuterio que tanto necesitamos”.

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jueves, 5 de febrero de 2015

Estrellas en colisión - Capítulo 4

Universos en colisión



“Quédense con el líder”, ordenó Vader a los pilotos de los dos cazas TIE que le servían de escolta, cuando el caza rebelde se retiró con uno de sus motores dañados. No había necesidad de perseguirlo, en las condiciones en que se encontraba, cualquiera otro de su flota podría derribarlo sin problema. Lo que si era importante, era detener a los dos cazas Ala-X rebelde que volaban delante de ellos y que avanzaban a gran velocidad por el corredor que llevaba al ducto de ventilación del reactor principal de la Estrella de la Muerte.

Vader ajustó los giroscopios de sus controles de disparo para enfocar al segundo Ala-X. “Un poco más a la derecha de lo que señalan los instrumentos”, pensó, razonando la intuición que recibía de su vínculo con el Lado Oscuro de la Fuerza. Disparó y el Ala-X quedó convertido en basura espacial, disperso en millones de fragmentos por el ducto. Sólo un disparo más y la derrota de los rebeldes estaría asegurada. Calibró de nuevo su equipo y...

“¡La Fuerza se interpone!”, exclamó asombrado.

Vader podía sentir como el piloto de aquel Ala-X realmente tenía la Fuerza de su lado, tanto que interfería con su propia conexión con ella. Tuvo que esforzarse para concentrarse en la tarea a realizar. “Es una pena”, pensó. “Si pudiera convertirlo al Lado Oscuro, sería un excelente aliado”. Disparó y falló. Entonces, escuchó una explosión tras él. Uno de sus TIE escolta había sido destruido.

“¿Qué fue eso?”, preguntó. No hubo respuesta. Buscando al responsable de este traicionero ataque, descubrió que una nave Corelliana se lanzaba de forma suicida sobre ellos. Con la Fuerza de su lado, Vader sabía que podría esquivarlo, pero el piloto del TIE escolta no estaba tan seguro de eso y presa del pánico, movió los controles de su caza con torpeza, haciendo que las alas de los dos TIE se tocaran bruscamente. El caza escolta se precipitó contra el muro derecho del corredor, desapareciendo en un flameante estallido, mientras el caza de Darth Vader salía expulsado sin control hacia el vacío del espacio. Haciendo uso de toda su experiencia como piloto, Vader luchó durante incontables segundos hasta conseguir dominar la nave. Buscó en sus instrumentos la ubicación de la Estrella de la Muerte para regresar, pero en cuanto la hubo localizado, desapareció. Un ligero estremecimiento en la Fuerza le dio la completa certidumbre de que la última arma del Imperio había dejado de existir.

“¡La onda explosiva! Debo…”, pero Vader no pudo hacer nada al respecto. La onda causada por la explosión de la gigantesca estación espacial del Imperio lo golpeó con la fuerza de un Maremoto sobre un castillo de arena. El TIE recibió todo el impacto y los daños fueron irreparables, tanto para el caza como para los sistemas electrónicos de la armadura de Vader.

Durante mucho tiempo, el averiado TIE vagó a la deriva, volando a ciegas por el espacio. Sin instrumentos para establecer su ubicación y con sólo el sistema de comunicación de corto alcance en operación, Vader se vio forzado a programar la computadora para que mantener activo solo lo estrictamente necesario. Finalmente, incluso sistemas de soporte vital de su armadura comenzaron a fallar y el Señor del Sith comenzó a perder el conocimiento cada vez con mayor frecuencia. Cada que regresaba de su estado de inconciencia, una duda aparecía para atormentarlo de forma recurrente:

“La Fuerza en ese piloto rebelde... había algo familiar en ella... ¿qué?”.

No tenía respuesta, pero al menos servía para mantener ocupada su mente, hasta cuando ya sintió que no iba a despertar más. Y sin embargo lo hizo. Ya no estaba en el caza, podía sentirlo. Podía sentir la Fuerza conectándolo a él con otras personas a su alrededor, estaba en una nave espacial, un Destructor Estelar. Estaba a salvo. Su cuerpo sanaba lentamente sumergido en una solución curativa, igual que antes, cuando tuvo que pasar horas en una solución como esa luego de ser dado por muerto en el planeta Mustafar por Obi-Wan Kenobi, el que fuera su mentor y que casi se convirtió en su verdugo. Y de nuevo pensó en aquel piloto, en aquel momento en la Estrella de la Muerte. Había una conexión, lo sabía. Obi-Wan, él tenía algo que ver, pero ¿qué? Y nuevamente se desmayó sin tener las respuestas que quería.

La imagen desnuda de Darth Vader visto a través del cilindro que lo contenía, era un espectáculo bizarro. Sin las prótesis de su armadura, era muy poco lo que quedaba de él como persona. Y sus cicatrices eran... no era posible que un ser humano en sus condiciones pudiera seguir con vida. ¿Era acaso su vínculo con la Fuerza tan poderoso que por sí mismo lo mantenía con vida? Como fuera, su aspecto y los misterios de su supervivencia eran algo que no importaba 2-1B, el robot médico que supervisaba su recuperación, en tanto que los lectores continuaran registrando una mejoría, por leve que fuera.

Afuera de la enfermería, el Capitán Needa esperaba los resultados de los exámenes a Lord Vader. El Teniente Skeele se acercó y saludó.

“Capitán, hemos recibido una transmisión originada en la nave intrusa”.

“Bien, ya era hora. Reprodúzcala”.

Skeele activó su reproductor portátil, un pequeño disco plano que cabía en la palma de su mano. La imagen de un antiguo robot D4, modelo precursor a los androides de protocolo C3, apareció flotando en el aire.

“Saludos, señores Imperiales. Esta es la nave espacial USS Enterprise, estamos aquí en misión pacífica. Nuestro Capitán solicita audiencia con un alto funcionario Imperial para pactar las condiciones que garanticen nuestra supervivencia en sus dominios”.

“Skeele, haga los arreglos para que los intrusos vengan abordo”, ordenó Needa luego de meditarlo rápidamente. “Con su Capitán aquí, podremos hacerlo prisionero y capturar su nave sin dañarla aún más”.

“Sí señor, pero y si se trata de una trampa...”

“¡Somos el Imperio!”, bramó Needa, molesto por la flaqueza de su oficial. “Esta nave posee el arsenal para arrasar cualquier amenaza que ellos puedan representar. Hay más de 17 mil hombres a bordo. Dígame Skeele, ¿qué peligro cree podrían representar un puñado de intrusos temerosos de nuestro poder?”.

“Ninguno, señor”, respondió Skeele. Bajó la cabeza y procedió a cumplir con su deber.

Poco después, un pequeño transbordador salió de uno de los puertos de embarque de la USS Enterprise. Los propulsores de bajo poder del transbordador le hicieron tomar alrededor de cinco minutos para superar la distancia que separaba las dos astronaves. Siguiendo las instrucciones recibidas, los tripulantes permitieron que un rayo tractor los enganchara y los llevara a los hangares del Destructor Estelar. Lenta pero seguramente, el transbordador fue depositado sobre el piso brillante del hangar e inmediatamente fue rodeado por un pequeño destacamento de soldados en armaduras blancas, los Storm Troopers, la marca insignia del ejército imperial. Skeele se acercó al transbordador, con un soldado escolta a cada lado. Hubo un aumento en la tensión en el hangar, cuando la compuerta de acceso del transbordador comenzó a abrirse.

Un hombre de contextura media fue el primero en bajar, seguido por un androide D4 y otros dos tripulantes, un humano con una expresión hosca en su rostro y un alienígena de apariencia humana, aunque las facciones del rostro y sus orejas puntiagudas lo delataban.

“Saludos. Me acompaña el Capitán James T. Kirk, de la USS Enterprise”, dijo D474, señalando al Capitán. Acto seguido, señaló a los otros dos. “Ellos son el Doctor McCoy y el Primer oficial Spock”.

Skeele sonrió. Esto era demasiado fácil, fue un tonto al dudar. Pensar que se había ganado una reprimenda por nada.

“Bienvenidos abordo del Destructor Estelar Avenger”, dijo. “Soy el Teniente Skeele, segundo al mando de esta astronave de combate y es mi deber informarles que tanto ustedes como su nave, aparcada allí afuera, son ahora prisioneros del Imperio”.

El cerco de soldados imperiales se hizo más estrecho. Tras ellos, la compuerta por donde había ingresado el transbordador al hangar, se cerró de golpe.

En la enfermería, un cambio repentino en las señales captadas por las máquinas unidas a los sistemas de soporte vital de Darth Vader sacaron a 2-1B del letargo en que se encontraba. Las lecturas de los instrumentos conducían a una única e inequívoca conclusión: el Señor del Sith está muriendo.


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