Momentos-Banner

jueves, 30 de abril de 2015

Estrellas en colisión - Capítulo 10

El final está cerca



“Bitácora de vuelo, fecha estelar 9611.14”. Sulu hizo una pausa, no se sentía cómodo recitando la fecha estelar en la grabadora de bitácora. Era un voto de confianza enorme el que había depositado en él el Capitán Kirk, dejándolo al mando en su ausencia. Aspiró una gran bocanada de aire y continuó. “Soy el teniente comandante Hikaru Sulu, temporalmente al mando de la USS Enterprise. Han pasado varias horas desde que las dos expediciones abandonaron la nave. La dirigida por el Capitán Kirk partió hacia la gigantesca nave Imperial apostada frente a nosotros, con el propósito de ganar tiempo para la segunda expedición, conformada por los ingenieros Allec Kemra y el teniente Montgomery Scott, que buscan recuperar lo necesario para restablecer el poder a los reactores de la Enterprise y así poder regresar a nuestra galaxia. Abordo ya las reparaciones han terminado. De momento, tenemos potencia para los escudos y para las armas, pero no la suficiente como para un combate demasiado largo. Esperemos tener noticias pronto, las dos expediciones han mantenido silencio desde que partieron. No nos queda más que esperar lo mejor y estar preparados para lo que sea”.

Sulu apagó la grabadora. Sintió los ojos de sus compañeros en el puente posarse sobre él, casi se arrepentía de haber dicho eso último. “Estar preparados”, eso era lo que Kirk siempre les decía. Ese podía ser el factor diferencia entre perecer o sobrevivir para visitar nuevos mundos otro día.

El sonido de alerta de una llamada entrante rompió el silencio en el puente.

“Señor, es el Capitán Kirk”, anunció Uhura.

Horas antes, en la sala de conferencias del Destructor Estelar Avenger, James Kirk observa a su amigo Leonard McCoy, médico en Jefe de la Enterprise, salir acompañado por el androide D474 a un destino incierto. Bones, como le apodaba desde los primeros días de amistad, iba siguiendo al Capitán Needa y era escoltado por dos guardias imperiales. Kirk sólo esperaba que pudieran reunirse nuevamente y regresar a salvo.

“¿Procedemos, Spock?”, preguntó al poco rato.

“¿Cuál estrategia propones para someter a estos soldados vestidos en armadura?”, preguntó el vulcano frunciendo el ceño y señalando con la vista a los otros dos soldados imperiales que, empuñando amenazantes sus armas, quedaron ahí para vigilarlos.

“¿Acaso dejaste en la Enterprise la lógica que tanto pregonas? ¿Cómo puedes cantar a los cuatro vientos nuestros planes de escape?”, cuestionó Kirk subiendo considerablemente el volumen de su voz.

“Es perfectamente lógico, Capitán. Esta gente no entiende nuestro idioma más de lo que nosotros entendemos el suyo”, replicó Spock en un tono de voz todavía más alto, algo poco característico en un vulcano, pero nada extraño considerando que podía ser precisamente su lado humano el que respondía, el ego herido al ser cuestionado por algo que consideraba injusto.

“¡Maldito vulcano! ¡Voy a enseñarte a respetar a tu Capitán!”, gritó Kirk y siendo coherente con su amenaza, se lanzó sobre Spock con un derechazo que por poco alcanza el rostro de su amigo.

Los dos guardias observan entretenidos la pelea de aquellos extraños. No entienden el por qué pero sin duda el más bajo dijo algo que ofendió al de orejas puntiagudas, porque comenzaron a gritarse y a pelear después de eso. Pensaron dejarlos romperse la cara, pero el más alto levantó al otro por encima de las sillas y lo arrojó por los aires, estrellándolo fuertemente en el piso cerca a ellos. Eso no era bueno, a su Capitán probablemente no le causaría gracia que ellos hubieran dejado que los prisioneros se hicieran daño. No antes de obtener de ellos lo que quería.

Los soldados intercambiaron observaciones y decidieron separarlos antes que se pusiera peor la cosa. Cada uno se colgó el rifle de asalto al hombro y se encargó de agarrar a uno de los extraños. Ese fue su error. Unos segundos después, los dos soldados yacían en el piso. En una sincronizada coreografía, los dos oficiales de la Enterprise les arrebataron los rifles y los golpearon en el casco. El golpe no fue tan contundente como para dejarlos inconscientes, pero si les dio el tiempo necesario para retirarles el casco y exponer parte del cuello de los soldados. Spock presionó la base del cuello de cada uno de ellos, canalizando a través de sus dedos una pequeña descarga de energía telepática que afectó la red nerviosa de los soldados y los dejó inmediatamente fuera de combate.

Mientras dormían como niños, los soldados fueron despojados de sus armaduras y sus armas.

“Ese último golpe fue bastante fuerte, Spock. Por un momento creí que me romperías la espalda”, se quejó Kirk mientras retiraba la insignia del pecho de su uniforme, antes de cubrirse con la armadura imperial.

“Lo lamento, Jim. Hubiera querido ser menos agresivo, pero estos soldados no parecieron impresionados con los primeros golpes”.

“No me convences, Spock. Creo que lo disfrutaste”, acusó Kirk, mirando al vulcano a los ojos.

“Eso es altamente ilógico”, respondió Spock sosteniendo la mirada. “Aunque encuentro fascinante que las cosas que usualmente se consideran más divertidas suelen ser también las más ilógicas”.

Kirk le dio un golpe a su amigo en el hombro y no pudo contener una breve carcajada.

“Eres todo un pillo, Spock”, dijo mientras armaba el dispositivo electrónico que había ocultado en su insignia. Lo activó presionando suavemente y un suave “beep” le hizo saber que estaba operando normalmente. “Cuando menos el rastreador no sufrió daño con el golpe”.

Escondiendo el temor a ser descubiertos, Kirk y Spock caminaron con prisa por los corredores del Destructor Estelar siguiendo las indicaciones del rastreador, durante tanto tiempo que por un momento creyeron que nunca llegarían a su destino. Finalmente, el rastreador los llevó hasta una puerta cerrada. Spock accionó la cerradura electrónica y la puerta se abrió de golpe, dándoles entrada a lo que parecía ser una bodega. Allí, un oficial bastante molesto los encaró. Kirk no entiende lo que dice, pero lo disimula haciéndole gestos de que tiene problemas con los audífonos de su casco. Mientras lo distrae, Spock cierra la puerta de la bodega y se acerca sigilosamente al oficial por la espalda. Sin previo aviso, aplica de nuevo su técnica, dejándolo inconsciente.

“Ese pellizco vulcano nunca falla, ¿verdad?”, comenta Kirk mientras se retira al casco. “Nuestras cosas deben estar aquí”.

El Capitán levanta el rastreador y continua siguiendo sus indicaciones. El suave “beep” comienza a sonar cada vez con mayor frecuencia, conforme recorre los pasillos de la bodega, atestados de cajas apiladas en perfecto orden. Finalmente, el indicador alcanza un tono uniforme continuo frente a una de las cajas. Kirk la abre y extrae de ella una bandeja plástica con varios objetos adentro. Eran sus armas, transmisores y algo más.

“Lo encontré”, avisa. Spock, que se había quedado todo el tiempo cerca de la puerta, previendo que alguien pudiera entrar y sorprenderlos, le hace señas para que continúe.

Llevó la caja hasta la mesa donde el oficial realizaba lo que parecía ser un tedioso trabajo de oficina, tenía allí documentos, monitores proyectando toda clase de gráficos y múltiples tomas de acceso a terminales de computador. Kirk guardó los transmisores y las armas y sacó de la bandeja un último objeto, una pequeña caja ensamblada de afán en la Enterprise antes de abordar el transbordador que los llevó hasta el Destructor. Presiona un botón táctil en la caja y ésta se abre exhibiendo una pequeña pantalla y un conector extensible. El conector calza perfectamente en una de las terminales dispuestas en el escritorio y la pantalla comienza a mostrar una secuencia de imágenes que corresponden a los planos del Destructor Estelar.

“Este invento de Kemra parece funcionar a la perfección”, dice Kirk con una sonrisa. En cuanto aparece en pantalla el aviso de “Descarga completada”, retira la unidad de almacenamiento y anuncia: “Ha terminado”. Se cubre la cabeza con el casco y levanta el pulgar derecho para que Spock lo vea. “Busquemos a McCoy y larguémonos de aquí”.

Salieron de la bodega y recorrieron el camino de regreso. Pasaron junto a la puerta de la sala de conferencias y notan que no hay señales de alerta alrededor. Needa aún no regresa, su escape aún no ha sido descubierto. Continúan caminando, deshaciendo el camino por el que llegaron a la sala desde la celda en que los recluyeron tan pronto pusieron un pie en el Destructor, buscando lo que asociaron con un pabellón de emergencias médicas, adonde asumían habría sido llevado McCoy.

Al llegar a la esquina, la sangre de Kirk se heló de golpe. Needa iba de camino al mismo lugar, seguido por un pequeño pelotón de soldados. ¿Se habría equivocado en su apreciación y su escape ya era noticia de primera plana? De ser así, no quedaba más que actual con rapidez. Empuño una de sus armas y quitó el seguro. Sudaba y los visores del casco se empañaron un poco. Ya se disponía a saltar, abriéndose paso disparando, cuando Spock le sujetó por el hombro.

“No es por nosotros, algo pasa”, murmuró.

La puerta del pabellón de emergencias, hasta entonces cerrada, se abrió de golpe. De allí salió mucho vapor. Needa fue el primero en entrar, dejando a los soldados apostados afuera. Unos segundos después, una figura enorme, vestida en una armadura negra salió del lugar. Los soldados se apartaron de su camino y unos pocos lo siguieron, por indicación de su Capitán. Kirk sintió como un escalofrío le recorría el cuerpo cuando aquel hombre pasó a su lado y creyó morir cuando se detuvo. El gigante de negro volteo a mirar en dirección a Spock y luego continuó su marcha. ¿Era ese el hombre al que McCoy debía ayudar a salvar?

Los soldados ingresaron al pabellón y Kirk y Spock los siguieron, mezclándose entre ellos. Escucharon a D474 traducir las ordenes de Needa: “Acompañe a mis soldados de vuelta al Salón de reuniones. En cuanto pueda estaré con ustedes para continuar nuestra charla”. Kirk vio la oportunidad y se abrió paso entre los soldados. Cuando Needa hizo el gesto apropiado, él y Spock se acercaron a McCoy y D474, los esposaron y se los llevaron.

Tomaron un ascensor cercano y allí, Kirk y Spock se retiraron los cascos imperiales, sorprendiendo a un McCoy que ya se estaba resignando a pasar el resto de sus días como prisionero del Imperio.

“¡Jim! ¡Spock! Pero... ¿cómo?”

Camino al hangar, Kirk le contó a McCoy los detalles de su fuga. Cuando terminó su relato, Bones le dio un fuerte abrazo.

“No puedo creer que hayan caído en un truco tan viejo”, se burló McCoy. “Tan afortunado como siempre, Jim”.

“Ahora lo que importa es que podamos llegar al transbordador y salir de este lugar”, respondió Kirk poniéndose nuevamente el casco. Spock hizo lo mismo. Un timbre anunció que habían llegado a su destino. “Por si acaso”, dijo Kirk y entregó al médico una de las armas.

La puerta del ascensor se abrió. Miraron en todas direcciones buscando el transbordador y finalmente lo visualizaron al fondo. Tendrían que atravesar el lugar para llegar a él, con suerte ningún oficial o soldado se les cruzaría. Caminaron sin afán, avanzando con paso moderado, tratando de no llamar la atención. De pronto, las sirenas comenzaron a resonar y escucharon una transmisión en los audífonos de sus cascos, algo que no entendieron pero que seguramente era una descripción de McCoy y D474, porque todas las miradas del lugar se posaron sobre ellos.

“Bueno Jim, creo que hasta aquí llegamos”, dijo McCoy preocupado. “Esto ha terminado”.

“Nada nunca termina, doctor”, replicó Spock.

“¡Corran hacia el transbordador!”, gritó Kirk, al tiempo que disparaba su arma láser.

Lo inesperado del ataque hizo que muchos de los oficiales y soldados en el hangar entraran en pánico y corrieran a buscar refugio. Algunos se quedaron a responder la agresión pero los certeros disparos de Kirk y sus amigos les dejaron inconscientes. Afortunadamente para ellos, sus armas estaban ajustadas para aturdir, no para matar. Ya estaban cerca del transbordador cuando llegaron refuerzos y el lugar se iluminó con un espectáculo de luces y explosiones por doquier. Contrario a ellos, las ráfagas laser disparadas por los imperiales no eran tan inofensivas, como lo comprobaría D474. Un láser lo alcanzó haciéndolo volar en múltiples pedazos. Sus restos quedaron esparcidos por todo el lugar.

“¡Vámonos de aquí, Spock!”, urgió Kirk en cuanto entraron en el transbordador.

Los láser golpeaban la estructura del transbordador y no había forma de saber si resistiría. Afuera algunos soldados comenzaron a instalar un lanzador de morteros. No tenían mucho tiempo.

“Uhura, contesta… ¡es hora!”, apuró Kirk por su intercomunicador. La respuesta de la Enterprise no tardó en llegar.

Con Spock en los controles, el transbordador comenzó a levantarse del piso del hangar y giró buscando la salida. Dos ráfagas de fuego lanzadas desde la pequeña nave dieron cuenta del lanzador de morteros. Un par más destruyeron uno de los cazas con la intención de hacerles saber que no debían bloquearles la salida o abrirían un boquete en la estructura del Destructor.

“Señor”, llamó uno de los controladores de tráfico al Capitán Needa, que recién entraba al puente de mando del Avenger, dando órdenes a diestra y siniestra, urgiendo a sus hombres a detener el transbordador. “Señor”, llamó de nuevo, captando esta vez la atención del Capitán. “La nave de Bobba Fett está entrando. ¿Cómo desea proceder?”.

Needa podía tener sus reparos respecto a los caza-recompensas, pero su presencia le brindaba una oportunidad única para detener la fuga.

“Ordénele que detenga ese transbordador, ¡a cualquier costo!”.

Fuera del Destructor Estelar, separadas por tan sólo unos metros, las dos naves se encontraron. La Slave-I, la nave caza de Boba Fett era mucho más grande que el transbordador y por supuesto, su potencia de fuego lo era también. Así lo demostró al disparar dos potentes láser. Al impacto, el transbordador explotó.

“¡Maldito caza-recompensas!”, exclamó Needa furioso. “¡Lo malinterpretó todo!”.

« Anterior Siguiente » Continuará...

jueves, 9 de abril de 2015

Estrellas en colisión - Capítulo 9

El juego del ratón



“¿¡Los prisioneros han escapado!?”, exclamó Dackra con incredulidad al escuchar la noticia de labios del suboficial que tenía frente a él.

El teniente servía bajo las ordenes del Gran Almirante Sarn en la estación científica emplazada en Imraad Alpha bajo supervisión de la DCI. Sin duda sus superiores estarían poco dados a aceptar y mucho menos a perdonar, que hubieran permitido a los espías escaparse. Inmediatamente, ordenó al suboficial y a dos soldados más acompañarlo a la bodega donde encerraron a los intrusos. Quería confirmar la mala noticia antes de notificarlo al Gran Almirante.

Cuando llegaron, el guardia en la puerta de entrada a la bodega le aseguró a Dackra que no se había apartado un solo minuto de su puesto y que recién descubrieron la fuga cuando unos minutos antes, el suboficial enviado por Dackra vino a buscarlos para enviarlos al Avenger por petición del capitán Needa.

“Es imposible, este almacén no tiene otro acceso…”, murmuró Dackra luego de entrar a la bodega. Aparte de las cajas allí arrumadas, no había nadie más. Los tres hombres que encerrara temprano ese día ya no estaban. Salió de nuevo y se acercó a un panel de control ubicado cerca a los controles de acceso a la bodega. Activó el intercomunicador ahí instalado y dictó unas cuantas órdenes.

Tres hombres con uniformes de técnicos de mantenimiento llegaron a la bodega al poco rato. Dackra los reconoció como técnicos de mantenimiento de la base.

“Finalmente llegan. ¡Quiero saber cómo escaparon los prisioneros si esta puerta nunca se abrió!”

Los técnicos consultaron sus computadoras portátiles, estudiaron los planos de la bodega e intercambiaron comentarios. Se acercaron a una pila de cajas apoyadas contra la pared. Uno de ellos sacó un escáner y lo apuntó a la caja más alta. En la pantalla del escáner apareció una imagen digital mostrando la pared oculta por la caja. Allí podía visualizarse una escotilla que según los planos, daba acceso a los túneles de ventilación.

“Esta es la única forma de salir”, concluyó uno de los técnicos. Llamó a Dackra y le compartió sus conclusiones, mostrándole la imagen del escáner.

“Por supuesto que esa escotilla ofrece una salida de esta bodega. Es por esa misma razón que ordené que apilaran estas cajas aquí, para bloquearla”, le gritó al técnico, furioso.

“De acuerdo con la imagen, la puerta de esa escotilla se encuentra abierta, teniente”, dijo el técnico en su defensa.

Dackra no salía de su asombro. Se acercó a la pila de cajas. Para armar esa pila habían usado una grúa. Aunque no resultaba difícil escalar la pila de cajas y llegar arriba, no había forma de que tres hombres, sin ayuda de maquinaria alguna, pudieran mover la caja más alta y más pesada para poder acceder a la escotilla. Esa no podía ser la ruta de escape, era imposible.

“Que revisen cada túnel de ventilación en la base, quiero que encuentren a los intrusos ¡y quiero que los encuentren ya!”, ordenó vociferando y retirándose con grandes zancadas. No quedaba más remedio que notificar al Gran Almirante.

Mientras, en uno de los muchos túneles de la base, Montgomery Scott y Allec Kemra se arrastraban siguiendo la guía del corelliano. Kemra se mostró divertido al notar como Scotty lo observaba de reojo de vez en cuando, con una mezcla de asombro y temor.

“¿Hay algo que quieras saber?”, preguntó Kemra.

Scotty dudó un momento antes de contestar.

“Bueno, sólo… ¿cómo hiciste para mover esa caja sin tocarla? Se veía muy pesada”

Kemra sonrió divertido. Hacía mucho que no disfrutaba del asombro que sus habilidades podían despertar a los ojos de los demás mortales.

“Es sólo un pequeño truco que aprendemos como parte del entrenamiento básico que recibimos para convertirnos en Caballeros Jedi. ¿Cómo es que dicen en tu mundo? Aprender a caminar antes de aprender a correr. Bueno, usar la Fuerza para mover cajas es algo que aprendes antes de aprender a caminar” y soltó una risa de satisfacción.

La verdad es que mover la caja en la bodega para poder acceder a la escotilla no le tomó mayor esfuerzo, pero aprender a hacerlo no fue algo tan trivial como quería hacerlo ver. De pequeño, cuando era un Padawan en entrenamiento en los jardines del Consejo, allá en Coruscant, pasó muchas horas tratando de apilar un grupo de cajas durante las clases que recibía del gran maestro Yoda.

“La Fuerza fluye a través de cada creación del universo, sea un ser vivo o una caja”, les dijo Yoda y con un movimiento de manos apenas perceptible, les enseñó como poner una caja sobre otra, sin importar que tan pesada fuera.

“Pero que chiste tiene eso, cuando podemos usar una grúa como la que está por allá”, dijo uno de los niños de la clase, señalando la grúa que usara el personal de logística para llevar hasta allí las cajas. Eran unos diez niños en clase, una de las más concurridas de los últimos años, Kemra entre ellos. Todos estaban un tanto impresionados por la burla de su pequeño compañero.

Yoda no replicó. El maestro Jedi, corto en estatura y muy entrado en años, hizo un movimiento igual de suave al que usara antes para mover la caja. Eso bastó para que la grúa comenzara a levitar por los aires, flotando hasta quedar sobre las cajas. Parecía desafiar la gravedad y no pesar más de lo que lo haría un globo de helio. Entonces, Yoda liberó la maquina y ya libre de las cuerdas invisibles que la hacían flotar, cayó sobre las cajas aplastándolas.

“Aprender a convivir con la Fuerza debemos, para usarla y realizar proezas como esta”. Y acercándose al joven Padawan que quiso hacerse el chistoso un momento antes, lo golpeó en la cabeza con el bastón que le servía de apoyo al caminar. “Ahora joven Obi-wan, levantar la grúa debes para poder sacar lo que queda de las cajas y continuar con la clase”.

Una lágrima se deslizó por la mejilla de Kemra. “¿Por qué tengo esta sensación de melancolía?”, se preguntó. “Obi-wan, amigo… ¿qué ha sido de ti?”.

En ese momento, Tane Boman, el corelliano, se detuvo y les hizo señas para que se acercaran. El túnel en ese punto era lo suficientemente ancho para que los tres pudieran acercarse a una escotilla. Del otro lado se podían ver las naves aparcadas abajo, en el hangar de la estación. Tane le pidió a Kemra que usara su magia una vez más y como hiciera antes en la bodega, Kemra usó la Fuerza para romper las soldaduras de la escotilla y quitar la tapa enrejada, que cayó en dirección al suelo del hangar. Estaban cerca del techo y desde esa altura, el estruendo de la tapa al golpear el metálico piso sería tal, que alertaría a cuanto soldado hubiera cerca. Antes que eso ocurriera, Kemra usó sus habilidades para sostenerla y depositarla suavemente en el piso, sin hacer ruido.

Los tres hombres salieron del túnel, Kemra primero, para luego ayudar a bajar a los otros dos de la misma forma que hiciera con la tapa, sosteniéndolos en el aire y bajándolos suavemente con ayuda de la Fuerza. Avanzaron por entre las naves, unas doce entre transbordadores y cazas, siguiendo a Tane hasta llegar a una nave que parecía más un disco destartalado.

“Esta es, señores. La Estrella de Corellia”, dijo Tane con orgullo. Se acercó a la entrada y luego de ingresar un código de seguridad en un panel numérico junto a la puerta, les invitó a seguir. “Todos a bordo, para que podamos irnos de este lugar”.

“Muchas gracias, Tane. Pero creo que no iremos”, dijo Kemra.

“¿Qué? ¿Acaso piensan quedarse aquí para que los encierren de nuevo? ¿Están locos?”.

“Como solía decir un viejo amigo mío, tu sendero y el nuestro siguen diferentes caminos, Tane. Y si nos indicas donde está la nave con forma de ave de rapiña que mencionaste antes, estaremos bien”, respondió Kemra.

Tane le indicó la dirección en que debían dirigirse, les dio algunas instrucciones adicionales y se despidió.

“Ustedes se lo pierden”, dijo mientras cerraba la puerta de la Estrella.

Scotty y Kemra salieron del hangar y recorrieron el pasillo de la derecha. Tuvieron suerte porque no encontraron soldados ni técnicos en su camino, que iba ensanchándose de a poco hasta terminar en una gran puerta de metal que iba de pared a pared y del piso al techo.

“Puedes usar otro de tus trucos básicos para abrir esta puerta”, preguntó Scotty.

Kemra no sabía si Scotty hablaba en serio o no, pero aún si tuviera su sable láser, dudaba que pudiera abrir una puerta de semejante tamaño. A su izquierda había una puerta más pequeña, con una cerradura electrónica simple. Kemra abrió la puerta, daba a un pequeño armario usado para guardar herramientas. Llamó a Scotty y cerró la puerta.

“¿Qué estamos haciendo aquí?”, quiso saber Scotty, algo nervioso.

“Espera y lo sabrás”, contestó Kemra poniendo el dedo índice sobre sus labios, indicándole a Scotty que guardara silencio.

Una potente explosión se dejó escuchar por todo el lugar, incluso dentro del pequeño armario. Acto seguido sonaron sirenas y el sonido de algo pesado desplazándose. “¡La puerta!”, pensó Scotty. Oyeron muchos pasos por el pasillo, sin duda producidos por las botas de un pelotón de soldados corriendo al lugar del incidente. Cuando ya no se escucharon mas, Kemra abrió de nuevo la puerta del armario y los dos salieron. La gran puerta continuaba abierta, en el afán no se habían molestado en cerrarla después de salir.

“¿Qué pasó?”, quiso saber Scotty.

Kemra se encogió de hombros.

“Un golpe de suerte. Sospecho que nuestro amigo Tane decidió irse con un gran estallido. Mejor aprovechamos la distracción para encontrar lo que hemos venido a buscar”.

Los dos entraron a la enorme bodega que se encontraba tras la gran puerta. Al fondo estaba su objetivo, frente a ellos, detrás de muchos equipos y un grupo de técnicos que continuaban allí trabajando. Uno de ellos, el que parecía tener el más alto rango, los vio y se acercó, apoyando su mano derecha sobre el arma que colgaba de si cinturón.

“¿Quiénes son ustedes?”, preguntó en tono amenazante.

“Creo que esta no es forma de dirigirse a dos emisarios del Emperador”, respondió Kemra, desafiante.

“¿Emisarios? No me lo creo”, replicó el técnico. “Ustedes no…”

“Los estábamos esperando, debieron informarnos que eran ustedes”, dijo Kemra con una voz suave, apenas perceptible pero definitivamente hipnotizante. El técnico repitió las palabras de Kemra como si fueran las suyas propias, mientras Scotty miraba asombrado. Podía no entender el idioma, pero sabía lo que allí estaba pasando. McCoy le había comentado del pequeño acto de circo de Kemra con los guardias de seguridad de la Enterprise. Por supuesto, Scotty no le creyó entonces. Pero luego de ver con sus propios ojos las proezas de las que era capaz, no tuvo más remedio que aceptarlo. En otras circunstancias, este Kemra al que apenas conocía, podría ser una persona de mucho peligro.

“Vamos a darles algo de privacidad. Volveremos en una hora”, dijo el técnico recitando textualmente las palabras que Kemra acababa de pronunciar. Llamó a los demás y todos salieron. La gran puerta se cerró dejándolos adentro, solos.

“Déjame adivinar”, dijo Scotty casi sin poder creerlo, “este es otro de los trucos aprendidos en tu entrenamiento básico como Jedi”.

“No”, replicó Kemra, de nuevo sonriendo. “Este lo aprendemos en uno de los cursos avanzados”. Y señalando a la enorme nave agazapada al fondo de la bodega, preguntó: “¿Crees que nos servirá para revivir los motores de la Enterprise?”.

Scotty posó sus manos en las caderas y miró con admiración la nave allí aparcada. Tenía la forma de una gran ave de rapiña y no en balde era referida como tal en los catálogos de la Federación.

“Es casi seguro, si la sala del reactor está intacta”.

Juntos avanzaron hacia la nave. No era la primera vez que entraba en una nave caza de estas, pero era la primera vez que se alegraba de hacerlo. Unos segundos después, desaparecieron dentro de las entrañas de esa magullada pero aparentemente todavía funcional Ave de Presa Klingon.

« Anterior Siguiente » Continuará...

jueves, 2 de abril de 2015

Estrellas en colisión - Capítulo 8

Un día de suerte



Dos soldados imperiales caminan con prisa, siguiendo las indicaciones de un pequeño dispositivo sostenido por el más bajo de ellos. Llegan ante una puerta cerrada y luego de inspeccionar el marco, el soldado más alto presiona la cerradura electrónica que se encuentra a la derecha. La puerta se abre de golpe y entran en lo que parece ser una bodega.

“¿Qué necesitan?”, pregunta un oficial con cara de aburrimiento, aparentemente molesto por la interrupción de los soldados. En su escritorio aparecen proyectadas varias imágenes con las listas de un inventario en proceso de actualización.

Los dos soldados intercambian miradas. El más bajo le hace señas al oficial de que algo anda mal con sus auriculares. Aparentemente, le cuesta trabajo escuchar lo que le dicen. El más alto da un paso atrás y luego de revisar el marco de la puerta, encuentra la cerradura electrónica de este lado. La presiona y la puerta se cierra de golpe.

En el puente de mando del Avenger, Needa observa la nave alienígena flotando en órbita sobre el planeta Imraad. Desea con ansia poder hacerse a sus secretos, pero sabe de sobra que nada de lo que haga valdrá la pena si Lord Vader muere abordo. Tiempos extremos demandan medidas extremas y la supervivencia de Darth Vader y la suya propia, demandan hacer uso de cualquier medida a su alcance. Por eso había aceptado la propuesta de los prisioneros y había llevado al que llamaban Leonard McCoy, hasta la sala de urgencias.

“¡Por Dios!”, exclamó McCoy al observar el cuerpo que flotaba frente a él, sumergido en un liquido viscoso dentro de un cilindro conectado a varios monitores. “¿Qué le ha pasado a este hombre?”

Needa le explicó la situación, con la ayuda de D474, que traducía rápidamente para el entendimiento y comprensión del buen doctor. Luego de echar un segundo vistazo al cuerpo, McCoy indicó que necesitaba de cierto equipo médico que tenían en el transbordador, equipo que usualmente no cargaban pero que llevaron atendiendo a los consejos de Allec Kemra.

“¿Cómo pudo saberlo? ¿Acaso además de controlar a otros puede también ver el futuro?”, se preguntó en silencio, convenciéndose finalmente que debió ser sólo una afortunada coincidencia.

En compañía de algunos soldados, Needa y el doctor fueron hasta el hangar donde se encontraba el transbordador. McCoy señaló algunos contenedores y un par de soldados los recogieron.

“Espero entienda la gravedad de la situación, doctor”, le advirtió Needa con voz grave, aunque la traducción en la voz electrónica de D474 carecía del mismo sentido de urgencia. “Si ese hombre en la sala de urgencias muere, usted, sus amigos y su pequeña nave, morirán también”.

Mientras el doctor era conducido de nuevo a la sala de urgencias con su carga, Needa regresó al puente de mando. Luego de actualizarse sobre las últimas novedades, esperó allí unos minutos contemplando aquella nave extraña, la llamada Enterprise. El golpeteo de unas botas sobre la superficie metálica del puente atrajo su atención. El Teniente Skeele saludó.

“¿Dónde estaba, Teniente?”, preguntó impaciente el capitán Needa.

“Disculpe, estaba resolviendo algunos asuntos personales, señor”.

“Cuando se trabaja para el Imperio, no existe tal cosa como los asuntos personales”, recriminó Needa. Acto seguido dio la espalda a la vista de la nave en órbita y comenzó a caminar por el pasillo del puente con Skeele a su lado. “Me informaron hace unos minutos que uno de nuestros soldados ha desertado y escapado al planeta Imraad. ¿Por qué no se me había notificado antes?”

“Lo lamento, señor. Con los eventos que se han desarrollado en esta última hora, quise esperar a tener más detalles antes de comunicárselo”.

“Sabe lo importante que es para el Imperio la investigación que se está llevando a cabo en este planeta, Teniente. La deserción de un soldado, por bajo rango que tenga, podría significar un enorme riesgo para la seguridad de este proyecto. Ya bastantes complicaciones tenemos con la delicada situación de Lord Vader, como para encima tener que dar esta clase de noticias al Emperador, si entiende a qué me refiero, Teniente”.

Skeele lo sabía bastante bien. Esta no era su primera asignación en una nave Imperial. Anteriormente había estado bajo las órdenes de su hermano, el Gran Almirante Ego Skeele. Aquellos fueron días interesantes, en los que fue todo un honor y un orgullo servir al Imperio en exitosas campañas donde la firme y decidida guía de su hermano resultaron determinantes para llevar orden a un vasto sector de la Galaxia. Todo eso cambió luego de la batalla de Endor. El Emperador mandó llamar a muchos de sus Gran Almirantes para que rindieran cuentas por su falta de asistencia en la batalla. Ego, al igual que muchos otros, se presentaron en el que fuera el Gran Salón del Consejo, en el corazón del planeta Coruscant, capital del Imperio y nunca más se les vio con vida. Desaparecieron consumidos por la ira del Emperador. Luego de eso, Skeele pasó a prestar servicio en el Avenger, pero del honor y el orgullo ya no le quedaba más que los recuerdos. Si capitán, Skeele sabía perfectamente cuán cruel podía llegar a ser la mano del Emperador.

“No hay de qué preocuparse, capitán. Acabo de recibir un comunicado del planeta. Un caza recompensas le dio captura no hace mucho. He ordenado que lo traiga para ser interrogado”, contestó Skeele.

“Asegúrese que sea pronto. ¿Alguna otra novedad?”

“Recibí también reportes de un par de incidentes con los que parecen ser espías, probablemente rebeldes. El Gran Almirante Sarn se está encargando de eso”.

¿Espías? La situación parecía estarse complicando cada vez más. Needa sabía que si los rebeldes conseguían información sobre la nueva arma en la que estaban trabajando en Imraad, ante el Emperador de nada le serviría que salvara la vida de Lord Vader.

“Ordene que traigan esos espías abordo inmediatamente. Quiero encargarme personalmente de su interrogatorio”, ordenó y abandonó el puente de mando, dejando a Skeele a cargo.

Una vez hubo alcanzado la privacidad de su suite, Needa se dejó caer sobre un gran sillón y cruzó las manos frente a él, meditando sobre su situación. Se sentía preso de las circunstancias. Quería retomar la conversación con los prisioneros a la brevedad, pero para eso necesitaba de los servicios del androide y lo había enviado con el doctor, así que tendría que esperar. Necesitaba resolver lo de aquel soldado desertor pero nada podía hacer hasta que el caza recompensas se dignara a entregarlo. Detestaba a los caza recompensas y no le agradaba para nada pagar a uno de ellos por un trabajo que debieron realizar sus hombres, soldados profesionales, no matones en venta al mejor postor. Y ni que decir de las implicaciones de tener espías en la estación científica. No le quedaba más que esperar para una cosa o para la otra y según su experiencia, no había nada más letal que quedarse cruzado de brazos sin hacer nada. Debía pensar en algo para revertir esa situación.

El timbre del intercomunicador irrumpió el silencio del cuarto. Needa contestó. El semblante de su rostro pasó de pronto a denotar una combinación pasmosa de sorpresa y enojo.

“¡Esta línea es privada! ¿Cómo consiguió violar la seguridad de nuestro sistema?”, vociferó poniéndose de pie y moviendo agitadamente los brazos.

Unos pisos más abajo, en la sala de urgencias médicas, McCoy esperaba pacientemente a que su paciente despertará, en compañía de cuatro de sus “colegas” imperiales y dos androides médicos que los asistían.

Una vez que los soldados imperiales llevaron hasta allí el equipo médico que cargaron desde el transbordador, McCoy se puso manos a la obra. Primero, solicitó a los médicos sacar el cuerpo de Vader fuera del cilindro en que estaba contenido, esto para poder realizar un escaneo y diagnóstico con su tricorder médico. Con mucho cuidado, médicos y robots depositaron el cuerpo sobre una cama metálica. McCoy pasó el tricorder sobre el cuerpo tendido y las lecturas lo dejaron sorprendido. Era casi imposible de creer que una persona hubiera sobrevivido luego de sufrir la clase de heridas que ahora estaban sepultadas bajo sendas cicatrices. Quizás se debía a las ayudas cibernéticas que estaban conectadas a todo lo largo del cuerpo, remplazando tanto extremidades enteras, como sus piernas o su antebrazo y mano derechas, como algunos órganos internos, como pulmones y riñones. Descartando primero que aquellos equipos e implantes tuvieran algún desperfecto, McCoy se concentró en revisar los órganos todavía funcionales para determinar qué había desencadenado el colapso causante del alboroto que atestiguaron cuando él, Jim, Spock y el androide eran conducidos hasta el salón donde tuvieron esa corta entrevista con Needa. Y por supuesto, como no podía ser de otra forma, encontró la causa.

“Traduce con cuidado, chatarra”, le dijo a D474 y comenzó, señalando el cilindro en que estaba sumergido Vader: “Este tubo suyo contiene un líquido regenerador bastante eficiente, sin embargo, sus propiedades regenerativas no parecen obrar con suficiente rapidez en heridas profundas. Diría que por causa de un intenso estrés, se produjo una fisura en el corazón y aunque desconozco el por qué continua con vida cuando debería haber muerto infartado hace ya bastante, me temo que no aguantará mucho más si no la cauterizamos pronto. Para lograrlo, puedo usar este equipo y algo de su ayuda” y señaló el kit de reanimación, que una vez fuera de los contenedores y ensamblado, constaba de un escalpelo laser, un regenerador celular, un kit quirúrgico de emergencia y una cubierta equipada con sensores y electrodos a usar como especie de chaqueta sobre el pecho de un hombre para mantenerlo estable en una cirugía delicada, como la de corazón abierto que proponía.

Los médicos protestaron y se negaron a permitir tal intervención, argumentando que en el estado actual de Vader, eso bien podría acelerar su muerte. McCoy insistió con vehemencia confiado en su habilidad y experticia y más que nada, en honor de aquel juramento hipocrático que hiciera cuando recibió su grado de Doctor. Así las cosas, se enfrascó en una fuerte discusión con los médicos imperiales. D474 hacia lo que podía para traducir a unos y otros pero llegó un momento en que las voces se mezclaron en un desorden tal, que el androide sólo conseguía mover la cabeza para un lado y otro sin poder articular una sola oración completa. Y entonces, sin ningún aviso, los médicos imperiales callaron y se apartaron, dejando a McCoy vociferando en solitario. Le tomó un rato al doctor percatarse del silencio de sus “colegas” y de que miraban con temor al cuerpo sobre la mesa. Se volteó y para su sorpresa, se encontró con que aquel hombre, Darth Vader, estaba consciente, con los ojos abiertos, mirándolo fijamente. A través de la máscara de oxigeno que cubría su nariz y boca, susurró unas palabras y D474 se apresuró a traducirlas:

“Dice que proceda con la operación, doctor”.

La voluntad de aquel hombre debía ser absoluta porque ante su aprobación, los médicos imperiales dejaron de protestar y comenzaron a asistir a McCoy. Con su ayuda, el doctor posicionó la chaqueta sobre el pecho de Vader, que nuevamente quedó inconsciente, aparentemente como consecuencia de la anestesia suministrada. Presionó algunos botones y con ayuda del tricorder, programó la chaqueta para realizar una profunda incisión en el costado izquierdo, justo sobre el corazón. Tomó el escalpelo laser y procedió con la operación. Cuando hubo terminado, cauterizó la herida con el regenerador celular y con ayuda de los médicos imperiales, llevó nuevamente a Vader al tubo de regeneración. Luego, se sentó a esperar.

Poco después, los sensores atados al cuerpo de Vader comenzaron a registrar un cambio en sus funciones vitales. Las lecturas fueron mejorando con cada segundo y pronto, fueron tan normales como si nunca hubiese estado al borde de la muerte. McCoy esperaba una recuperación sí, pero no una tan notoriamente rápida. No lo esperaba, pero tampoco le molestaba. Su misión estaba cumplida.

“Bueno, si eso es todo…” musitó McCoy mientras lentamente retrocedía hacia la puerta. Llamó la atención del androide para que lo acompañara de salida, pero uno de los médicos le cortó el paso. En ese momento la puerta se abrió y un hombre enmascarado entró disparando. El primer impactó asestó en el médico junto a la puerta, el segundo golpeó al androide, que se desplomó sobre McCoy, de forma que los dos cayeron al suelo. Los siguientes disparos cobraron la vida de los médicos restantes y de los androides médicos, que saltaron en pedazos. El hombre en el tubo era el siguiente.

“¡Larga vida a Xizor!”, exclamó el hombre enmascarado antes de volver a disparar.

Vader era un blanco seguro. Encerrado en el tubo de regeneración, no tenía para donde correr o esconderse. El rayo impactó el tubo contenedor y este estalló, regando liquido por toda la sala de urgencias y llenando el lugar con un denso vapor. Para desgracia del enmascarado, Vader estaba despierto e increíblemente, de pie en los restos de lo que fuera el contenedor. El asesino intentó disparar de nuevo, pero el arma le fue arrancada de las manos por una fuerza invisible que manaba de la mano de Vader, extendida hacia él. Y antes que pudiera siquiera pensar en huir, manos también invisibles le tomaron la cabeza conforme Vader cerraba el puño y lo giraba, haciendo girar también la cabeza unos 360 grados, fracturándole el cuello sin mayor sin esfuerzo.

En medio del desorden, Needa y un pequeño contingente de soldados arribaron. Dos soldados más se unieron casi al tiempo al grupo. El vapor no se había disipado del todo cuando Needa entró en la sala de urgencias y se encontró con una figura desnuda e imponente frente a él. Needa sabía que aquel no era otro que Darth Vader y ordenó a los soldados esperar, nadie debía ver al Señor del Sith así. Inmediatamente sacó de un armario a su derecha una nueva armadura, una que previamente había sido llevada allí para usar en el momento en que Vader se recuperara y este era el momento. Cuando el vapor se disipó, los soldados se encontraron frente a frente con el señor del Sith, vestido en sus ropas negras y resoplando a través de la máscara en su cabeza, un sonido que inspiraba temor en sus súbditos y terror en sus enemigos.

Junto a los cuerpos de los médicos asesinados, un gemido de dolor hizo que repararan en un sobreviviente a esta masacre, cuyo perpetrador yacía muerto a unos pasos de Vader, quien sin prestarles atención, abandonó la sala de urgencias. Algunos soldados pusieron en pie a D474, de cuyo cuerpo brotaba una que otra chispa en el lugar donde el rayo lo golpeo. Posteriormente, ayudaron a poner en pie a un maltrecho pero ileso doctor McCoy.

“Ha hecho un buen trabajo doctor pero sus servicios aquí ya no son requeridos”, dijo Needa, tratando de ocultar esa sensación de alivio que comenzaba a invadirlo, dándole un respiro entre tantos asuntos pendientes. “Ahora por favor, acompañe a mis soldados de vuelta al Salón de reuniones. En cuanto pueda estaré con ustedes para continuar nuestra charla”. D474 tradujo tan rápido como pudo. Needa hizo un gesto y ordenó a los guardias: “¡Llévenselos!”

Los últimos dos soldados en llegar al lugar tomaron al doctor y al robot y los esposaron. Salieron de la sala y se encaminaron a un ascensor cercano. Lo tomaron.

“Así que de vuelta a donde comenzamos, lata oxidada”, se quejó McCoy, esperando a que el robot le replicara. Para su sorpresa, fue uno de los soldados quien contesto a eso.

“Por el contrario, creo que es hora de irnos, Bones”.

Sorprendido, McCoy no supo cómo reaccionar cuando el soldado más bajo le retiró las esposas, Claro que todo quedó aclarado en cuanto se despojó del pesado casco que cubría su rostro. El más alto hizo lo mismo y McCoy no contuvo la alegría que le produjo ver a esos dos.

“¡Jim! ¡Spock! Pero... ¿cómo?”

“Ya te contaremos los detalles, pero ahora es más apremiante llegar al transbordador. D474, ¿conoces el camino?”, preguntó el capitán Kirk.

El robot miró el panel de controles del ascensor.

“Creo que esto tal vez pueda ayudar, señor” y presionó el botón etiquetado “HANGAR”.

« Anterior Siguiente » Continuará...