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miércoles, 27 de junio de 2012

El niño que aprendió a volar - Capítulo 9

Interludio en el mañana

El novato alcanzó al sargento al doblar el corredor. Las alarmas que resonaban por toda la instalación anunciando problemas, callaron repentinamente. El silencio que invadió el lugar resultaba todavía más dramático, especialmente al verse interrumpido por el ruido de sus botas al golpear el piso metálico en su agitada carrera.

, comentó el sargento al percatarse de la compañía. , dijo señalando el laboratorio al final del pasillo, cuyas puertas habían sido arrancadas de tajo. .

Los dos oficiales de seguridad se apostaron a lado y lado de la entrada. A una señal del sargento, el novato cargó su arma y entró al laboratorio. Sabiéndose cubierto por el sargento, el novato avanzó en zigzag por el lugar, acercándose rápidamente a la mujer en uniforme rosa y blanco que se encontraba de rodillas al lado del cuerpo de un hombre aparentemente inconsciente.

, le gritó a la vez que le apuntaba a la cabeza, nervioso.

, le comandó el sargento, sujetándole el arma y alejándola de la cabeza de la mujer. .

balbuceó el novato avergonzado.

La mujer se puso de pie y avanzó hacia un panel de monitores y computadoras frente a ellos. Presionó algunos botones en los teclados allí dispuestos y en respuesta, los monitores comenzaron a desplegar información. Por su parte, el sargento se inclinó para atender al hombre caído, al que inmediatamente reconoció como otro de los Legionarios. Indicó al novato que solicitara una unidad médica de urgencia y mientras él se encargaba de cumplir la orden usando el radio comunicador atado a su muñeca izquierda, el sargento se acercó a la mujer y preguntó:

, respondió ella. . En ese momento, en la pantalla más grande del panel comenzó a reproducirse un video, recientemente grabado según la fecha reportada en la esquina inferior izquierda.

El video mostraba a un hombre en traje negro usando ese mismo panel de comandos. Una esfera plateada aparece en pantalla colgada de un gancho que la transporta desde un punto no determinado. El hombre se acerca a la esfera, sobre la que se dibuja una puerta de entrada sobre lo que antes parecía ser una superficie maciza. Antes que pueda entrar, una descarga eléctrica estalla sobre la esfera haciendo que el hombre gire sobre si mismo para quedar de cara a Garth, quien aparece en pantalla. Intercambian algunas palabras pero misteriosamente, el video no captura más que estática. De la nada, un gran mazo metálico se materializa en las manos del gigante de negro, quien lo levanta de forma amenazante pero antes que los dos puedan trabar pelea, una descarga de origen desconocido golpea al Legionario por la espalda, dejándolo inconsciente en el piso, en el mismo lugar donde lo encontraron. El hombre le habla a alguien que no ha quedado grabado en cámara, entra en la esfera y se desvanece en el aire. El reproductor es puesto en pausa y la imagen del video se congela.

, dijo la mujer introduciendo nuevos comandos por teclado. En la pantalla apareció el perfil del sujeto en cuestión: Mick Yardreigh, mercenario a sueldo identificado por el alias de Black Mace, quien en el pasado había tenido varios encuentros con la Legión y cuya última entrada en el perfil indicaba que se encontraba pagando condena el planeta prisión Takron Galtos. “Supongo que habrán olvidado cambiar su estado a prófugo”, comentó de forma sarcástica.

Presionó una nueva serie de comandos en el teclado. En una de las pantallas apareció la confirmación de que la esfera robada realizó un salto temporal al pasado y tras unos tecleos más, una segunda esfera emergió de la bodega situada al fondo del laboratorio. La esfera se estacionó a unos pasos y tal como en el video, una puerta apareció en ella.

, aconsejó el sargento intentando persuadirla de no ir en persecución del mercenario.

, replicó ella con determinación, sus labios no se movieron al hacerlo.

El sargento consideró prudente no interponerse. La observó entrar en la esfera y desaparecer un instante después. Sus palabras de despedida resonaron en su cabeza por largo rato: .

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miércoles, 20 de junio de 2012

El niño que aprendió a volar - Capítulo 8

Sin palabras

La camioneta aparcó lentamente a unos pasos del portón de entrada. Jonathan estaba agotado por el trabajo en la granja de los Braverman. Sin embargo, estaba agradecido que todo su esfuerzo fuera generosamente recompensado por Henry cuando le llevó la carga. Lo único que lamentaba de todo eso, era que tanto trabajo sirviera finalmente para beneficiar a un conglomerado chupasangre como LuthorCorp, para el que la distribuidora de Henry actuaba como representación en Smallville. Pero Jonathan estaba demasiado cansado como para complacerse en debates políticos con su conciencia, así que lo aceptó como una más de esas cosas en la vida que de momento no puedes cambiar. Como la milagrosa recuperación de Clark esa mañana, el impresionante calor que hizo durante todo el día o la misteriosa nave que ocultaban en el granero. Resignado, se sacudió el saco y bajó de la camioneta. Lento y sin afán, tal como venía conduciendo, entró en la casa.

Martha lo esperaba en la mesa de comedor, la que golpeaba incesantemente con un repetitivo movimiento de muñeca, produciendo un tap, tap, tap que Jonathan reconocía de inmediato como una mezcla inconfundible de impaciencia y preocupación. , se preguntó.

.

, dijo para tranquilizarla mientras apoyaba sus manos sobre los hombros de su esposa e intentaba uno de aquellos masajes relajantes que sabía que no se le daban nada bien.

.

Jonathan no tenía idea. Lo mismo había hecho esa mañana cuando el accidente de Pete. ¿Estaba relacionado con eso o había algo más que lo habría perturbado de forma tal que lo hiciera huir de casa? Y si así fuera, ¿qué pudo ser ese algo? De nuevo, no tenia idea. Lo que si sabia con certeza era que su hijo tampoco estaba en casa de los Braverman, donde él había pasado toda la tarde trabajando. Así que cansado y todo, no quedaba más que salir a buscarlo y cerciorarse que estuviera bien. Fue entonces que el teléfono sonó ruidosamente. Antes que timbrara por segunda vez, ya Martha estaba respondiendo con un apurado .

Quienquiera llamara había hecho el milagro de calmarla, observó Jonathan. Eso significaba que debían estarle dando buenas noticias y eso en términos generales era bueno, dadas las circunstancias. Esperó pacientemente a que su mujer se despidiera luego de una cascada de agradecimientos y un para enterarse que su hijo había estado en casa de Nell con su sobrina Lana y que no hacía mucho había emprendido el camino de regreso.

, le dijo a su esposa, antes que ella lo pidiera. La besó y salió de nuevo.

Jonathan abrió la puerta de la camioneta presto a subir a ella, cuando escuchó un ruido, un golpe seco proveniente del granero. Miró hacia allá y notó que dentro brillaba una luz blanca continua, no la luz amarilla a la que las pocas bombillas del techo lo tenían acostumbrado. Comenzó a acercarse para averiguar de qué se trataba, cuando algo salió proyectado por la puerta de madera, en la que quedó una pequeña abertura por donde aquel objeto hizo su salida violenta, dejando trozos de madera por doquier. Por un momento, la mente confusa de Jonathan se negó a creer lo que acababa de ver y apenas si reaccionó echándose para atrás cuando un hombre en traje negro, más grande que ningún otro que conociera en Smallville, terminó de romper la puerta. Aquel hombre lo miró con desprecio, como quien mira una cucaracha a la que ni siquiera vale la pena aplastar con la bota de un zapato viejo y lo ignoró, avanzando con paso firme en dirección a donde el objeto se estrelló.

Jonathan se quedó paralizado durante varios segundos. Luego, como si una corriente lo sacudiera de su estupor, entró en el granero. La cámara secreta estaba abierta de par en par y un objeto esférico del que provenía la luz blanca, flotaba sobre ella. No se detuvo a inspeccionar ninguno de los dos. Sin dudarlo, fue hasta uno de los anaqueles del fondo y de allí saco un viejo rifle. Lo cargó con un par de cartuchos y echó unos cuantos más en los bolsillos de su saco. Listo o no, salió de nuevo en persecución de aquel gigante, no tenía alternativa. Porque para su horror, ahora sabía a ciencia cierta que sus ojos no lo habían engañado la primera vez y que aquel objeto que salió volando por la puerta y que fue a estrellarse en medio de su plantación, no era otro que su pequeño hijo.

Su corazón palpitaba a más de lo que podía dar.

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miércoles, 13 de junio de 2012

El niño que aprendió a volar - Capítulo 7

Sorpresa en el granero

Clark bordeó la esquina, vio la camioneta de su padre entrar a la granja y se detuvo, ya no corrió más. Por mucho que quería llegar y abrazarlo, sabía que iban a reprenderlo por estar afuera tan tarde y es que para cuando llegó a la verja de la entrada, ya las estrellas comenzaban a poblar el cielo nocturno. Se ajustó la chaqueta roja, su segunda chaqueta favorita y que ahora se había convertido en la primera, ya que aquella otra la había perdido en la mañana. Exhaló un pronunciado suspiro y continuó camino a la casa con paso lento.

Mientras caminaba, Clark rememoró los acontecimientos del día y por mucho que lamentaba haber lastimado a su amigo, se maravillaba de haberlo podido derribar, algo que nunca había podido hacer antes. Ni que decir del salto con que alcanzó la cima del viejo molino o el haber recorrido la distancia desde la casa de los Lang en unos pocos segundos. Con algo más de esfuerzo, estaba seguro que podría salvar esa distancia en menos tiempo del que tomaba a su padre recorrerlo en la camioneta. Quizás incluso podría ser más rápido que el tren de la mañana, que pasaba a unos kilómetros de la granja. De lo que no estaba tan seguro era de querer compartirlo con Pete y los demás. Luego del incidente en el colegio, temía que sus amigos quisieran apartarse de él para que no los lastimase. Frustrado, pateó una piedra con rabia y cuando esta perforó la pared de madera del granero, comprendió que debía aprender a controlar su nueva fuerza si no quería que sus temores se hicieran realidad. Quizás su padre le podría ayudar, a fin de cuentas, él todo lo podía.

Antes de entrar a la casa, Clark se desvió para echar un vistazo al daño que acababa de hacer al granero. Al acercarse a la pared, escucho un zumbido, como si millares de abejas hubieran tomado posesión del granero y lo hubieran convertido en su panal. Curioso, entró. Lo que encontró era nada que hubiera visto antes, como no fuera tal vez en alguno de los seriales de Buck Rogers o Flash Gordon que daban los fines de semana en televisión o los que había visto en la función matinal de los domingos en el cine del pueblo.

En el centro del granero, una esfera plateada flotaba a unos metros del piso. Eso era la fuente del extraño zumbido. Hacia el centro se dibujaba un marco rectangular cuyo interior rompía la monocromía de la superficie y permitía un atisbo al interior, donde luces de colores parpadeaban con cadencias varias. Bajo la esfera, se abría lo que parecía ser un portal… no, no un portal, era una puerta oculta. Alguien había encontrado la entrada a una cámara secreta oculta en el piso del granero. Clark había estado allí incontables veces y nunca la había visto antes. Picado aún más por la curiosidad, se acercó con sigilo para ver más. Desde el borde, sin atreverse a bajar, descubrió que se trataba de una pequeña bodega. Allí habían varias cajas, posiblemente con periódicos viejos u otros documentos y en medio de ellas, una manta llena de polvo y parcialmente removida cubría lo que parecía ser un pequeño cohete, o sería acaso ¿una nave espacial? ¡Una nave espacial! Con la boca y ojos abiertos de par en par, extasiado en la contemplación de aquel objeto inanimado que por alguna extraña razón le resultaba familiar, el golpe lo tomó por sorpresa.

Un objeto metálico, duro y electrizante lo golpeó en la cabeza, arrojando su pequeño cuerpo a varios metros. El golpe habría sido fatal para cualquiera, incluso para un adulto. Pero aquel niño se había repuesto milagrosamente de la embestida de un toro semental de incontables kilos de peso y desde entonces, su cuerpo continuaba desarrollando facultades que muchos tildarían de milagrosas. Fue así que lo que de otra forma habría resultado ser un golpe mortal, tan sólo lo dejó atontado unos momentos. Poco a poco recuperó la compostura. Sin embargo, sus oídos estaban fuera de control, un efecto secundario de haber recibido el golpe cerca de su oído derecho. En consecuencia, el zumbido producido por la esfera ahora sonaba como un chillido insoportable. Tropezó al intentar ponerse de pie y cayó sentado. Cerró los ojos y se cubrió los oídos con sus manos, intentando en vano bloquear aquel sonido.

Clark percibió una presencia acercarse y entreabrió un ojo para ver de quien se trataba. Delante suyo, un gigante en un ajustado traje negro sostenía un enorme mazo electrificado, sin duda el objeto con que lo había golpeado. El extraño usaba una especie de diadema en su cabeza calva y aunque lo vio mover los labios, no pudo escuchar una sola palabra de lo que decía.

De hacer podido, esto es lo que Clark habría escuchado:

.

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miércoles, 6 de junio de 2012

El niño que aprendió a volar - Capítulo 6

Dos buenos amigos

Una suave brisa recorrió las planicies de Kansas, agitando suavemente las espigas de trigo plantadas por doquier, todavía a la espera de ser cosechadas. En un claro, de espaldas a un viejo árbol tapizado con hojas amarillas y cerca a un elevado molino de granja, encargado de bombear agua desde las profundidades, dos niños se encuentran casualmente.

, preguntó la pequeña niña.

, balbuceó Clark, nervioso pero sin entender la razón del por qué, algo que solía ocurrirle cada que se encontraba con Lana.

, cuestionó ella con incredulidad. Entre ese lugar y la granja de los Kent no debían haber más de tres kilómetros y aunque no resultaba una distancia considerablemente grande, para un niño de su edad era como caminar hasta la Luna.

, se apresuró a corregir Clark. . La franqueza de su respuesta debió bastar para Lana, porque no insistió en el tema. Se hizo un silencio que ninguno parecía saber como romper, hasta que Clark se animó a preguntar: .

, comentó con ensoñación. Clark asintió con una sonrisa picara, sin atreverse a confirmar con conocimiento de causa, lo que para ella eran suposiciones.

Lo invitó a que la acompañara hasta la casa donde su tía podría convidarles algo de tomar, pero él cortésmente declinó. Ya era casi de noche y prefería .

.

, confesó con voz apesadumbrada. Y aunque le causaba dolor expresarlo en voz alta, estaba complacido de poderlo sacar de su pecho, donde dolía mucho más.

Ella no dijo nada, tan sólo lo abrazó, una inocente manifestación de afecto que tuvo un efecto increíblemente reconfortante en Clark, que cerró los ojos para aprovecharlo al máximo. Este contacto produjo en él una sensación diferente a la que experimentaba con los abrazos de los Kent. Fue un intercambio de energía tan agradable, que su corazón palpitó con más fuerza y fue brotando de dentro de sí una oleada de calor tal, que se le sonrojaron las mejillas y dejó una marca grabada en la corteza de aquel viejo árbol cuando ese calor salió proyectado a través de sus ojos azules, ahora abiertos de par en par.

, preguntó asustado, separándose violentamente y rompiendo así el abrazo que Lana le había compartido con tanto cariño.

La niña, apenada, trató de justificar su comportamiento: .

Clark quiso interrumpirla para decirle que no se refería a su abrazo sino a la misteriosa ráfaga de calor que escapó por sus ojos, pero algo le dijo que no era el momento, que era mejor callar e ignorar la delgada columna de humo casi imperceptible que había quedado en aquel árbol como única huella de lo ocurrido.

, dijo avergonzado por haberla hecho sentir mal. Le puso una mano en un hombro y la miró con ternura hasta que ella le correspondió con una sonrisa. .

Lana vivía en casa de su tía, Nell Potter, quien la tenía bajo su tutela ante la continua ausencia de su padre, el reconocido arqueólogo Thomas Lang, que usaba su trabajo de exploración en el exterior para olvidar la muerte de su esposa. Frente al portón de su casa, Clark le compartió a su amiga aquello que más lo atormentaba desde que descubriera lo que ya sabemos: .

, dijo ella, intentando responder lo mejor que pudo. .

, reconoció Clark, con una urgencia nueva por correr a los brazos de la única mujer que había conocido como madre y escuchar la voz del hombre al que se orgullecía de llamar padre. Quizás no fuera su hijo de verdad, pero de momento, eran todo lo que tenía y lo que quería tener.

Se despidió de su amiga y emprendió el regreso, tomando el camino destapado junto a la carretera. Cuando se aseguró de que ella ni nadie más lo veía, echó a correr dejando tras de si una nube de polvo.

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