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lunes, 3 de diciembre de 2012

Secuencia de caritas

Ya pasaba mediodía, el sol brillada en lo alto de un cielo libre de nubes, calentando como si fuera pleno verano en lo que eran los primeros días del invierno. Ella saludó con un gesto de su mano mientras se acercaba caminando, sin prisa como de costumbre.

Yo sonreí, que más podía hacer. A fin de cuentas, nadie me había obligado a ir allí. Cierto, yo solito me ofrecí y ahora no quedaba mas que cumplir.

Algo de aquel reclamo apagado pareció notarse en mi rostro, porque luego de escuchar un "hola", lo siguiente que dejó salir de sus labios fue un "no fue mi culpa".

No fueron las palabras, por supuesto, fueron los gestos que hizo al pronunciarlas lo que me hizo estallar en risas. Claro que las risas se apagaron con su siguiente intervención:

"¿Podemos darnos prisa? No dormí bien anoche y estoy que me duermo", dijo mientras cerraba los ojos con pereza, para dar soporte a su petición.

"¡Que tal!", pensé. Tras de cotudo con paperas... mira que ahora salí a deberle pues... mejor dicho, que la duerman donde la trasnocharon, yo me voy para mi casa.

"Tan bobito", dijo ella con una sonrisa mientras me agarraba de gancho. "Sólo decía por molestar, muchas gracias por acompañarme", remató con una sonrisa y los ojos muy abiertos.

"Ya lo sabía", replique con un aire de modestia tal que haría palidecer a un argentino en su humildad.

De pronto, sin aviso de por medio, un "¡Auch!" escapó de sus labios y no pude menos que temer lo peor. Presurosa hurgó entre su cartera, que parecía no tener fondo por como escudriñaba en un sentido y otro. "Creo que la dejé", murmuró.

¡El colmo!, pensé. Apreté los dientes y exclame un maldita sea mientras mi cabeza explotaba de rabia... al menos así lo imaginé, pero la verdad, no era para tanto. Al final, la encontró.

"Ahora sólo nos queda cruzar los dedos para que no se haya agotado aún", dijo con una de sus contagiosas sonrisas.

Bostecé, era quizás efecto de los frijoles haciendo digestión en mi estomago o era quizás que quien no había tenido suficiente sueño la noche anterior no era precisamente ella. "Quizás debamos dejarlo para otro día", sugerí.

Ella se tapó los oídos y moviendo la cabeza de un lado para otro cantaba entre risas: "soy de palo, no oigo nada". Ni modo, habría que continuar.

Mientras avanzábamos por la acera del centro comercial, me compartió con especial detalle la noche de diarrea que pasó su mascota, un cachorro de Beagle, al comerse un ratón que intentó colarse en la casa. Demasiada información para procesar, especialmente en lo colorido de los detalles.

Ella soltó una andanada de ricillas que me recordaron al perro Pulgoso de las caricaturas de Hanna-Barbera que veía de niño. Claro, no era en su estomago que los frijoles se revolvían con las imágenes que su anécdota había plantado en mi cabeza.

Aplaudí en respuesta a su burla. "¿Y eso a qué viene?", me preguntó. "A que finalmente dejaste ver tu lado malvado", respondí con ironía.

"¿Yo?", replicó ella haciendo su mejor imitación de lo que podría ser un ángel, juntando sus manos como si elevara una plegaria a los cielos que a su vez contemplaba. Lo cierto era que no estaba imitando, un ángel era lo que ella era.

Me puse verde y no precisamente de la ira cuál remedo de Hulk, fue más bien cosa de envidia por no poder decir lo mismo. Lo más lamentable de la historia, fue que finalmente llegamos a nuestro destino.

Hizo su pedido y la niña al otro lado del mostrador le atendió de buena gana. Ella pasó su tarjeta para pagar, la misma que casi creyó haber dejado y luego emprendimos el camino de regreso, cada uno comiendo su cono con el sabor de temporada: Crispí con yogurt de frutos rojos.

Ella soltó una carcajada y al saber que era feliz, sonreí, pero como no iba a resultar de otra forma, me mordí la lengua al hacerlo.

martes, 30 de octubre de 2012

Momentos - Guía de Lectura

Selección originalmente compilada bajo el título Grandes Momentos de instantes Cotidianos, presentada en el 2010 al X concurso nacional de Novela y Cuento de la Cámara de Comercio de Medellín.

  1. El 58
  2. Ayer hubiera sido un buen día
  3. Una noche de verano
  4. Una razón para celebrar
  5. A lo mejor no convenía
  6. Es cosa del destino
  7. Por dentro, mi enemigo
  8. Un mensaje instantáneo
  9. Insomnio de pesadilla
  10. Abre los ojos
  11. La última carrera
  12. Una vez más
  13. Con la frente en alto

Disfruten la lectura! ;)

Febrero/2014: Próximamente esta selección de historias será publicada en libro y estará disponible para todos nuevamente, para disfrutar de su lectura en cualquier lugar y compartirla con las personas que más quieres.

miércoles, 15 de agosto de 2012

El niño que aprendió a volar - Guía de lectura

Una perspectiva propia sobre los primeros años de Clark Kent en Smallville.

Poster de Ken Taylor inspirado en la película Man of Steel

Presentación
  1. Juego de niños
  2. Culpa ciega y sorda
  3. En sala de urgencias
  4. Mentiras, secretos y verdades
  5. Meditando por lo alto
  6. Dos buenos amigos
  7. Sorpresa en el granero
  8. Sin palabras
  9. Interludio en el mañana
  10. A que te cojo ratón
  11. El hombre volador
  12. Hombre caído
  13. Una voz de aliento
  14. Arriba, arriba y a volar
  15. Epílogo

Superman, Clark Kent y demás personajes (con excepción de aquellos creados especificamente para esta historia), son propiedad de DC Comics. Ni el autor ni esta obra tienen relación alguna directa o indirecta con DC Comics. Esta obra se realiza con carácter de fan-fiction, sin ánimo de lucro. Aunque algunos de los eventos están inspirados en series de televisión, películas y más que nada en los cómics, esta historia en sí es un producto original que espero disfruten.

miércoles, 8 de agosto de 2012

El niño que aprendió a volar - Epilogo

Lentamente, Clark abrió los ojos. La luz que bañaba el lugar era tan intensa que lastimaba su retina o al menos esa era la impresión que causaba. De a poco la intensidad bajó hasta hacer el lugar visible, fue entonces que se dio cuenta que la iluminación a su alrededor era la normal, eran sus ojos los que estaban un poco sensibles. Desorientado, tardó unos segundos en reconocer la alcoba de descanso de su Fortaleza de cristal. Tambaleó con los primeros pasos que dio para salir de la cama y luego de ponerse su uniforme azul con el escudo pentagonal en el pecho, fue hasta la sala de controles.

, dijo en su cabeza la voz de Imra, quien lo esperaba en la sala.

, preguntó, todavía mareado.

.

Imra se puso de pie y seguida por Clark, comenzó a caminar por un pasillo a la derecha, que conectaba con un amplio salón de exhibiciones en medio del cual estaba estacionada su capsula del tiempo.

.



Clark la miró a los ojos y le contestó sin mover los labios, usando el mismo canal telepático por el que ella le hablaba, una técnica que con los años que llevaban de conocidos, había aprendido a dominar.

. Clark contuvo un sollozo y aceptó con agrado el abrazo de su amiga del mañana. .

, contestó Imra con absoluta certeza. .

Clark no estaba decepcionado pero no sorprendido. En su larga carrera se había topado con situaciones similares y sabía que las respuestas rara vez eran servidas en bandeja de plata.

Con un beso en la mejilla se despidió de Imra, quien usó su capsula del tiempo para regresar a su propia época. Luego, preparó algunos soportes para las mentiras blancas que iba a tener que dar para justificar su ausencia en el trabajo. Antes de salir, recordó con nostalgia aquella noche en que se vio a si mismo volando sobre los cielos de Smallville y como de niño, soñaba con poder volar como aquel hombre misterioso. Sonrió, ajustó la capa roja a su cuello y de un salto abandonó su Fortaleza en el ártico. En pocos minutos recorrió la enorme distancia que lo separaba de su querida Metrópolis, en la costa Este norteamericana.

Si, definitivamente había aprendido a volar.

Capítulo anterior: Arriba, arriba y a volar

miércoles, 1 de agosto de 2012

El niño que aprendió a volar - Capítulo 14

Arriba, arriba y a volar

La mañana siguiente, Jonathan llevó a Clark a la escuela. En el desayuno, Martha les sobre la mujer rubia en uniforme rosa y blanco que se presentó en el granero la noche anterior y que desapareció junto con la misteriosa esfera. Cuando el niño preguntó por la otra nave espacial, Jonathan se apresuró a contestar que , algo que sorprendió incluso a Martha.

En la escuela, Clark se reunió de nuevo con sus amigos y lo primero que hizo fue disculparse con Pete por haberlo lesionado. El peli-mono le restó importancia al asunto, le extendió un marcador y le indicó que pusiera su marca en el yeso de su brazo. Como Clark no dejaba de reprocharse y disculparse con él, le replicó con una sonrisa:

. Clark quedó confundido, sólo comprendió a qué se refería su amigo cuando, antes de iniciar clase, la profesora les presentó a una nueva estudiante, una pequeña de cabellos claros de nombre Chloe.

El resto de la jornada transcurrió sin mayores tropiezos, incluso el pesado de Brad pareció guardar distancia ese día. La única novedad notable, a falta de cualquier otra de mayor relevancia, corrió por cuenta de un ligero mareo que experimentó cuando estuvo compartiendo durante el descanso con su amigo Kenny Braverman. Por demás, todo bien.

Ya cerca del mediodía, su padre pasó a recogerlo en la camioneta y no encontró objeción a la petición de llevar con ellos a Lana. Jonathan condujo hasta la casa de la pelirroja, allí los niños se despidieron y Jonathan creyó ver entre ellos una chispa naciente, tímida, de algo más que una mera amistad.

En la verja de la entrada, a unos metros de la casa, Clark le confesó a su padre sus temores respecto a los cambios en su fuerza, su asombrosa capacidad de recuperación y la agudeza de sus sentidos, de la que Jonathan recién se enteraba, aunque se guardó el contar sobre la conversación que les escuchó el día anterior. También se sinceró sobre los sentimientos de culpa que lo agobiaban por lo ocurrido con Pete. Jonathan se estacionó.



, le interrumpió Clark, asustado por lo que estaba por preguntar a continuación.

Jonathan lo abrazó. Si le hubiera preguntado eso ayer, casi con seguridad, habría respondido para sus adentros . Ahora pensaba diferente, ya no tenía ese miedo. La noche anterior había echado un vistazo al mañana y aunque le preocupaba un poco (como a todo padre) la magnitud de los retos que alguien con sus capacidades tendría que enfrentar, estaba convencido que su pequeño no era un monstruo mutante, aunque no estaba tan seguro respecto a que viniera o no del espacio.

, respondió finalmente.

Clark asintió. En cuanto llegaron a la casa y hubieron almorzado, Clark se amarró una toalla rojiza al cuello y salió corriendo gritando .

, preguntó Martha desde el portón de la casa, mientras observaba a su hijo correr hacia el campo cosechado.

, contestó su esposo, notoriamente alegre, contagiado de seguro por el entusiasmo de su hijo.

. Ella le abrazó.

, respondió Jonathan. El infarto de la otra noche era una señal clara de que no debía tomar a la ligera su corazón.



Jonathan silenció a su esposa y le hizo señas de que Clark podría oírlos. Ella obedeció y no dijo más. Mas tarde, Jonathan le contaría como después de regresar de dejar a Clark en la escuela y subir la nave espacial a la parte de atrás de la camioneta, se la llevó a las montañas, cerca de donde suele acampar con Clark y allí la enterró. Lo hizo no solo para evitar que su hijo la viera, sino también como precaución para evitar atraer a su casa a sujetos como el de la otra noche.

Jonathan caminó hacia el campo, observando al pequeño correr con los brazos extendidos, simulando un planeador. Clark se sentía más enérgico que nunca, pensando en las posibilidades, las infinitas posibilidades del mañana y soñando con que un día ojalá no muy lejano, pudiera surcar los cielos, tal como el misterioso hombre volador con capa que los salvó a él y a su padre.

En la casa, un solitario televisor mostraba un aburrido presentador de noticias comentar las varias consecuencias menores del fenómeno de manchas solares que ha experimentado el Sol por estos días. Nada realmente relevante.

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Capítulo anterior: Una voz de aliento

miércoles, 25 de julio de 2012

El niño que aprendió a volar - Capítulo 13

Una voz de aliento

, llamó Clark con urgencia.

Martha se mostró renuente ante tal propuesta y la verdad es que para Jonathan tampoco resultaba una idea muy atractiva. No era sólo porque todavía se sentía convaleciente, se trataba de personas con habilidades superiores a las de cualquier mortal que conocía, ¿qué podían ellos hacer, como no fuera estorbar? Sin embargo, antes que pudieran debatirlo y sin previo aviso, el pequeño Clark se desmayó. Martha reaccionó de inmediato, lo tomó en sus brazos y entró en la casa. Jonathan los siguió, con algo de esfuerzo. Su corazón había sido reparado y latía de nuevo, pero le tomaría tiempo sanar del todo, si es que alguna vez lo hacía.

En medio del maizal, el hombre volador se retorcía del dolor mientras luchaba por mantener unida cada molécula de su cuerpo. Black Mace tenía una expresión de satisfacción en su rostro. Iba finalmente a hacerse con la victoria sin siquiera usar su mazo.

. El hombre replicó con apenas un susurro, pronunciando unas cuantas palabras que Black Mace no pudo comprender. , contestó con mofa.

, escuchó decir a la mujer que estaba de pie frente a él. Imra tenía un hilo delgado de sangre saliendo de su nariz, una manifestación del esfuerzo que debió realizar para resistir con sus poderes mentales el abuso físico al que fue sometida momentos antes. Se limpió aquella sangre con la manga de su uniforme, dejando ver un objeto metálico que sostenía en la mano. Black Mace reconoció la diadema y no ocultó su horror cuando la escuchó hablar de nuevo, sin mover los labios.

Con un esfuerzo menor al necesario para pestañear o espantar un mosquito, Imra golpeó síquicamente a Black Mace, induciéndole un coma que lo hizo caer pesadamente a tierra. En palabras del propio Mace, lo apagó.

Sin perder tiempo, Imra envió un comando mental a su anillo de la Legión, que transmitió a su vez una señal electrónica a un receptor parqueado en medio del campo, fuera de la vista de cualquiera. En respuesta, la capsula de tiempo en que viajaron vino a ellos. Usando su telequinesis, ya que no cabía lugar a dudas que de intentarlo usando su fuerza física le sería imposible, levantó el cuerpo de su amigo y lo depósito con cuidado dentro de la capsula. Acto seguido entró y salió. La puerta de la capsula del tiempo se cerró y sin más, desapareció.

Con ayuda de su anillo, Imra voló hasta el granero usando su telequinesis para llevar consigo el cuerpo inconsciente de Black Mace. No vio a los Kent, parecía que estaban ocupados dentro en la casa. Aprovecho para dejar a Black Mace dentro de la capsula y comenzar a programar la computadora de abordo para regresar a su propia era. Cuando todo estuvo listo para partir, una voz la llamó. Ella salió de la capsula. Era Martha.

, le preguntó la preocupada madre.

Imra era madre de dos pequeños y podía entender su angustia. Bajó a su lado, la tomó de las manos y le respondió usando su propia voz y no su telepatía, para no alterarla más de lo que ya estaba.

. Aunque a la fecha no había ocurrido, ella se había encontrado con Martha antes, a una edad donde no alcanzaba a comprender ciertas cosas como ahora lo hacía. Por eso, la abrazó y con lagrimas en los ojos, dijo: .

Luego, se apartó y entró en la capsula para desaparecer junto con ella.

Martha se quedó a solas en el granero, agradecida por las palabras de aquella mujer. Antes de regresar a la casa, donde Jonathan y un recién reanimado Clark la esperaban, miró a su alrededor, al desorden y destrucción que allí quedaba. Habría mucho que hacer en la mañana, especialmente en lo concerniente al cuarto oculto del piso, donde estaba aquello. Se acercó y contempló de nuevo esa especie de cohete espacial donde una tarde, ocho años atrás, habían encontrado al pequeño Clark. Ahí confirmó que sus ojos no le habían engañado antes, cuando creyó reconocer a aquel hombre volador. Precisamente allí, en ese cohete, estaba la prueba. Grabado en su parte frontal, resaltaba un escudo pentagonal con algo que podría describirse como una estilizada. Era el mismo escudo que llevaba como insignia en su pecho aquel misterioso hombre volador.

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jueves, 19 de julio de 2012

El niño que aprendió a volar - Capítulo 12

Hombre caído

El hombre volador atrapó el cuerpo de Jonathan antes que golpeara el suelo. Clark y Martha se abalanzaron sobre ellos, gritando desesperados. El hombre volador sabía que hacer, qué decir. Lo había sabido durante los últimos veinte años.

.

Con mucho cuidado, aquel desconocido acostó a Jonathan en el suelo y concentró su mirada en el pecho del granjero. Martha no comprendía qué ocurría, pero Clark si podía verlo con sus sentidos agudizados, así no pudiera comprenderlo. De aquellos ojos azules se proyectaban dos líneas de energía que atravesaban el cuerpo de Jonathan, calentando puntos clave de su corazón, más específicamente, las junturas de las arterias coronarias, cauterizando lenta pero seguramente, las rupturas que produjeron la obstrucción que desencadenó aquel infarto. Terminado aquel procedimiento quirúrgico, el hombre le dio respiración boca a boca y alternadamente posó la palma de su mano sobre el pecho de Jonathan, presionando tres veces. Repitió e l procedimiento un par de veces más, hasta cuando Clark escuchó palpitar el corazón de su padre. Una sonrisa apareció en los labios del niño y de su madre, cuando vieron a Jonathan respirar de nuevo y abrir perezosamente los ojos.

Martha se arrodilló al lado de su esposo y lo abrazó. Clark se unió a ellos y los ojos del hombre volador se enlagunaron ante la escena. Se enjugó los ojos y lentamente comenzó a elevarse en el aire, sin mayor esfuerzo que el que toma a la mayoría de los mortales caminar un par de pasos. Un tirón en su larga capa le hizo detenerse y volverse hacia los Kent. Los tres le observaban con curiosidad, especialmente Jonathan, que le sostenía de la capa y sonreía de una forma especial, con una expresión en sus ojos que le decían sin necesidad de palabras ociosas, lo orgulloso que se sentía. El hombre volador asintió con la cabeza y sin más, Jonathan lo dejó ir. Y mientras se alejaba, contempló al granjero abrazar fuertemente a su pequeño hijo.

En medio del maizal, Imra usaba troncos, rocas y cuanto objeto encontraba a su alcance para entorpecer los esfuerzos de Black Mace para acabar con su vida. Sus escudos de energía síquica podían contener una avalancha, pero de nada servían contra su mazo, adaptado específicamente para neutralizarlos. Finalmente, su persistencia fue premiada y Mace consiguió lo que un tirador llamaría un tiro limpio. Dejó caer su mazo con toda su fuerza sobre el cuerpo indefenso de la mujer. La fuerza del golpe produjo un estruendo tal, que podría decirse que pudo escucharse hasta Metrópolis.

Kenny Braverman era reprendido por su padre por su falta de colaboración en las labores de la granja, por su bajo rendimiento en los deportes, en el estudio o por cualquier razón que lo justificara. La misma rutina de cada día. Así que cuando aquel estruendo hizo que su atención se desviara, Kenny aprovechó para encerrarse en su cuarto. Se tiró en la cama y apagó la luz. En la soledad de su cuarto, para nada se preocupó por la causa de aquel sonido. Tan sólo se relajó con los destellos verdes que emanaban de su cuerpo y que aprendía a controlar de a poco cada día.

Pete Ross de nuevo se sobresaltó. Otro trueno y nada de nubes en el cielo. Esta vez no continuó con su lectura. Guardó sus historietas en el cajonero al lado de su cama y se metió bajo las cobijas. No le gustaba para nada el sonido de aquellos truenos.

El mazo se estrelló estrepitosamente contra pectorales que alguna vez soportaron el embiste de la criatura del Juicio Final. A pesar de la energía liberada al contacto y de lo estruendoso del impacto, ni el mazo ni el hombre volador sufrieron daño alguno. No podía decirse lo mismo de Black Mace. El mercenario seguía desconcertado por aquella inesperada aparición, cuando un puño de acero se estrelló en su rostro, arrojándolo a varios metros de distancia.

, preguntó mientras ayudaba a Imra a ponerse de pie.

, respondió ella telepáticamente.

De pronto, el hombre volador hizo una mueca de dolor y cayó al suelo en medio de convulsiones. Su fortaleza y valores eran tales, que su leyenda se extendía por planetas y siglos por venir. Había atravesado soles, sobrevivido a más de un encuentro directo con el tirano regente de Apokolips y salvado al mundo de infinitas crisis. Eso daba una dimensión de la clase de dolor que ahora le obligaba a doblegarse y que iba en aumento, conforme las conexiones atómicas de las moléculas que daban forma a su cuerpo comenzaban a fragmentarse.

, comentó con sarcasmo Black Mace, regresando de entre las sombras con su mazo electrificado.

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miércoles, 11 de julio de 2012

El niño que aprendió a volar - Capítulo 11

El hombre volador

Cuando el polvo se disipó, Black Mace no disimuló su decepción al no encontrar los cuerpos del niño y su padre. Miró a un lado y otro buscándolos pero aparte del terreno baldío alrededor y los maizales más allá del cráter del que era responsable, no vio ninguna otra forma de vida. De pronto, un zumbido en la diadema que usaba le hizo mirar hacia arriba. Allí descubrió la figura de una mujer que descendía del cielo nocturno. Imra aterrizó a una distancia prudente del mercenario.

, reparó con disgusto Black Mace. La mujer lo miró durante un momento confundida. .

, murmuró Imra, con voz apenas audible.

El viento frio golpeando a gran velocidad en su rostro reanimó al pequeño Clark. Lo último que recordaba era al gigante saltando sobre él y su padre y luego, nada. No entendía por qué se había desvanecido durante algunos segundos. No podía saber que era porque había sido movido a gran velocidad por una fuerza superior y que fue la brusquedad del movimiento sumado a la falta de oxigeno, la que le hizo desmayarse. Ahora despertaba desorientado y veía bajo sus pies los maizales pasar velozmente. Su mente infantil imaginó que estaba muerto y que su alma incorpórea volaba sobre los cultivos de Smallville de camino al cielo. Sin embargo, no se sentía muerto del todo pero algo si era cierto en toda esa fantasía, ¡volaba sobre las plantaciones de su familia! ¿Cómo era eso posible? Cada vez más despejado y despierto, sintió un fuerte brazo que lo sujetaba. Miró a su izquierda y vio a su padre todavía inconsciente, agarrado por la cintura de la misma forma que él. Trató de mover su cabeza para ver a quién pertenecían esos brazos, pero aquel brazo era macizo, fuerte y lo sujetaba de forma tal que su cabeza pudo subir sólo lo suficiente para que sus ojos se posaran en un escudo pentagonal que adornaba el pecho de aquel hombre volador. Su padre comenzó a reaccionar y al descubrirse volando por los aires, entró en pánico.

, dijo una voz que proyectaba autoridad y confianza. .

Efectivamente, frente a ellos o mejor, debajo, las luces de la casa se fueron haciendo cada vez mas grandes. Suavemente, aquel hombre aterrizó frente al porche de la entrada principal, donde Martha los observaba con la boca abierta. Con cuidado, dejó a cada uno en tierra.

, preguntó Jonathan alterado, histérico. Sus vidas habían sido amenazadas por un extraño y tenía derecho a saber por qué. Sujetó al hombre volador por la capa que llevaba cosida al cuello de su uniforme. Empinándose para quedar a su misma altura, demandó a gritos una explicación.

A varios metros de ellos, Imra ataca con descargas de energía síquica a Black Mace, pero él está preparado. Un comando en su mazo hace que en la cabeza del mismo crezcan púas cargadas de energía iónica con las que contrarresta las descargas síquicas. Mientras considera una estrategia diferente, Imra comienza a elevarse de nuevo usando la tecnología de vuelo oculta en su anillo de la Legón y ponerse así fuera del alcance de los golpes de Black Mace, quien reacciona arrojándole su mazo electrificado cuál si fuera un misil teledirigido. Imra lo subestima, confiada en poder contenerlo usando su telequinesis. Por desgracia, la energía iónica que lo alimenta crea un campo de energía a su alrededor que lo hace virtualmente inmune a su poder. El brutal impacto la arroja al suelo, dejándola atontada el tiempo suficiente para permitir a su adversario recuperar su arma y tomar posición junto a ella. Una vez más, el mercenario levanta su mazo, dispuesto a asestar un golpe mortal. Si no iba a llevarse el premio mayor, estaría más que satisfecho con este premio de consolación.

En la casa, tan repentinamente como saltó para sujetarlo, Jonathan soltó al hombre volador. La furia de hace un momento cedió cuando lo tuvo tan cerca que pudo verse reflejado en la pupila de sus ojos azules, mismos que, para su sorpresa, descubrió que conocía bastante bien. Fue entonces que su vista se nubló y sus rodillas se doblaron. El granjero sintió una punzada fuerte, dolorosa en su pecho y se desplomó. Finalmente, tal como venía anunciándoselo de a poco desde hace mucho y con particular intensidad en las últimas horas, tantas emociones fuertes hicieron mella en su enfermo corazón y este no pudo más.

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miércoles, 4 de julio de 2012

El niño que aprendió a volar - Capítulo 10

A que te cojo ratón

La granja de los Kent contaba con tres parcelas plantadas con trigo, cuyas espigas ya se elevaban varios centímetros. En unas semanas más estarían listas y podrían prestar la cosechadora del viejo McCullogh para recogerlas. Como parte de su proyecto de diversificación, otras tres parcelas estaban cultivadas con maíz, de las que ya dos habían sido cosechadas, la tercera todavía no estaba a punto. Esta noche, Jonathan Kent se vio obligado a entrar en esa plantación.

Clark abrió los ojos y contempló el cielo estrellado de Kansas. No habían nubes, la Luna estaba a tres cuartos de creciente y todo estaba inmerso en un pacifico silencio. Podría tratarse de una experiencia relajante, de no ser por las costillas rotas y el sabor a sangre en la boca. Era una situación similar a lo vivido en la mañana, cuando fue pisoteado por el toro de Ben Hubbard aunque con una notoria diferencia: aunque el golpe que acababa de recibir había sido muchísimo más fuerte, el daño infligido era en comparación mucho menor. Y no sólo eso, su capacidad de recuperación era más rápida, tanto que para cuando se puso de pie, sus costillas ya habían sanado. Su cuerpo de niño estaba cambiando a una velocidad increíble y aunque le asustaba no saber en qué se estaba convirtiendo o por qué, tenía cosas más inmediatas de qué preocuparse, como del hombre que lo estaba buscando, moviendo su mazo a un lado y otro, abriéndose paso por entre las matas de maíz.

, gritó el hombre del mazo soltando una carcajada. Se divertía torturando a su potencial victima.

Clark se escabulló por entre las matas, aprovechando su baja estatura y la oscuridad para ocultarse. Trataba de hacerse camino a la casa, para huir con sus padres en la camioneta y buscar ayuda, pero cada que conseguía ponerse en ruta, su paso quedaba bloqueado. Black Mace estaba seguro que casi le había atrapado en un par de ocasiones, estaba teniendo problemas para encontrarlo y al poco rato, la situación dejó de parecerle divertida.

, masculló con rabia. Presionó uno de los botones ocultos en el mango del mazo y este se sobrecargó de energía. Lo levantó y seguido lo dejó caer con fuerza sobre el piso.

Pete Ross estaba en su casa leyendo algunas historietas luego de cenar, cuando escuchó un estruendo. Miró por la ventana pero no vio nubes, ni relámpagos ni nada que pudiera parecérsele. Se encogió de hombros y continuó leyendo.

Lana Lang sintió un ligero temblor sacudir la mesa cuando estaba levantando los cubiertos para llevárselos a su tía a la cocina. No escuchó el estruendo que se produjo en la lejanía porque el volumen del televisor lo enmascaró, pero tuvo la desagradable sensación de qué algo andaba mal.

En medio de la plantación de los Kent se despejó una considerable área, abriendo un cráter de baja profundidad. Hojas, mazorcas y tierra caían alrededor, sacudidas por el brutal impacto. Al borde del área limpiada, Clark se tambaleaba sin conseguir ponerse de pie, aturdido. Black Mace sonrió al verlo, estaba por completar el trabajo para el que fue reclutado, uno que por vez primera había decidido a realizar ad honorem. Después de todo, estaba por pasar a la historia o mejor aún, cambiarla por completo, al convertirse en el responsable de terminar con una leyenda antes que esta siquiera tuviera oportunidad de comenzar. El placer de ese pensamiento le resultaba tan dulce, que le hacía babear. Seguro y confiado, caminó en dirección al pequeño.

, amenazó Jonathan Kent, apuntando su rifle a la cabeza del gigante de negro. Agitado, estuvo a punto de desmayarse por la fuerza del impacto que limpió esa área, pero la imperiosa urgencia de salvar a su hijo pudo más.

Cuando Clark vio a Jonathan aparecer de la nada e interponerse en el camino de ese hombre peligroso, arriesgando su propia vida para protegerlo, cualquier duda que pudiera quedarle sobre la real naturaleza de sus sentimientos se desvaneció. Se puso de pie sujetándolo del pantalón y lo abrazó. En lo que a él respecta, en adelante y para todos los efectos, ese hombre era y siempre será su padre.

Black Mace no se dejó conmover por el momento. Tomó su mazo, lo recargó y se lanzó sobre padre e hijo. , se dijo.

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miércoles, 27 de junio de 2012

El niño que aprendió a volar - Capítulo 9

Interludio en el mañana

El novato alcanzó al sargento al doblar el corredor. Las alarmas que resonaban por toda la instalación anunciando problemas, callaron repentinamente. El silencio que invadió el lugar resultaba todavía más dramático, especialmente al verse interrumpido por el ruido de sus botas al golpear el piso metálico en su agitada carrera.

, comentó el sargento al percatarse de la compañía. , dijo señalando el laboratorio al final del pasillo, cuyas puertas habían sido arrancadas de tajo. .

Los dos oficiales de seguridad se apostaron a lado y lado de la entrada. A una señal del sargento, el novato cargó su arma y entró al laboratorio. Sabiéndose cubierto por el sargento, el novato avanzó en zigzag por el lugar, acercándose rápidamente a la mujer en uniforme rosa y blanco que se encontraba de rodillas al lado del cuerpo de un hombre aparentemente inconsciente.

, le gritó a la vez que le apuntaba a la cabeza, nervioso.

, le comandó el sargento, sujetándole el arma y alejándola de la cabeza de la mujer. .

balbuceó el novato avergonzado.

La mujer se puso de pie y avanzó hacia un panel de monitores y computadoras frente a ellos. Presionó algunos botones en los teclados allí dispuestos y en respuesta, los monitores comenzaron a desplegar información. Por su parte, el sargento se inclinó para atender al hombre caído, al que inmediatamente reconoció como otro de los Legionarios. Indicó al novato que solicitara una unidad médica de urgencia y mientras él se encargaba de cumplir la orden usando el radio comunicador atado a su muñeca izquierda, el sargento se acercó a la mujer y preguntó:

, respondió ella. . En ese momento, en la pantalla más grande del panel comenzó a reproducirse un video, recientemente grabado según la fecha reportada en la esquina inferior izquierda.

El video mostraba a un hombre en traje negro usando ese mismo panel de comandos. Una esfera plateada aparece en pantalla colgada de un gancho que la transporta desde un punto no determinado. El hombre se acerca a la esfera, sobre la que se dibuja una puerta de entrada sobre lo que antes parecía ser una superficie maciza. Antes que pueda entrar, una descarga eléctrica estalla sobre la esfera haciendo que el hombre gire sobre si mismo para quedar de cara a Garth, quien aparece en pantalla. Intercambian algunas palabras pero misteriosamente, el video no captura más que estática. De la nada, un gran mazo metálico se materializa en las manos del gigante de negro, quien lo levanta de forma amenazante pero antes que los dos puedan trabar pelea, una descarga de origen desconocido golpea al Legionario por la espalda, dejándolo inconsciente en el piso, en el mismo lugar donde lo encontraron. El hombre le habla a alguien que no ha quedado grabado en cámara, entra en la esfera y se desvanece en el aire. El reproductor es puesto en pausa y la imagen del video se congela.

, dijo la mujer introduciendo nuevos comandos por teclado. En la pantalla apareció el perfil del sujeto en cuestión: Mick Yardreigh, mercenario a sueldo identificado por el alias de Black Mace, quien en el pasado había tenido varios encuentros con la Legión y cuya última entrada en el perfil indicaba que se encontraba pagando condena el planeta prisión Takron Galtos. “Supongo que habrán olvidado cambiar su estado a prófugo”, comentó de forma sarcástica.

Presionó una nueva serie de comandos en el teclado. En una de las pantallas apareció la confirmación de que la esfera robada realizó un salto temporal al pasado y tras unos tecleos más, una segunda esfera emergió de la bodega situada al fondo del laboratorio. La esfera se estacionó a unos pasos y tal como en el video, una puerta apareció en ella.

, aconsejó el sargento intentando persuadirla de no ir en persecución del mercenario.

, replicó ella con determinación, sus labios no se movieron al hacerlo.

El sargento consideró prudente no interponerse. La observó entrar en la esfera y desaparecer un instante después. Sus palabras de despedida resonaron en su cabeza por largo rato: .

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miércoles, 20 de junio de 2012

El niño que aprendió a volar - Capítulo 8

Sin palabras

La camioneta aparcó lentamente a unos pasos del portón de entrada. Jonathan estaba agotado por el trabajo en la granja de los Braverman. Sin embargo, estaba agradecido que todo su esfuerzo fuera generosamente recompensado por Henry cuando le llevó la carga. Lo único que lamentaba de todo eso, era que tanto trabajo sirviera finalmente para beneficiar a un conglomerado chupasangre como LuthorCorp, para el que la distribuidora de Henry actuaba como representación en Smallville. Pero Jonathan estaba demasiado cansado como para complacerse en debates políticos con su conciencia, así que lo aceptó como una más de esas cosas en la vida que de momento no puedes cambiar. Como la milagrosa recuperación de Clark esa mañana, el impresionante calor que hizo durante todo el día o la misteriosa nave que ocultaban en el granero. Resignado, se sacudió el saco y bajó de la camioneta. Lento y sin afán, tal como venía conduciendo, entró en la casa.

Martha lo esperaba en la mesa de comedor, la que golpeaba incesantemente con un repetitivo movimiento de muñeca, produciendo un tap, tap, tap que Jonathan reconocía de inmediato como una mezcla inconfundible de impaciencia y preocupación. , se preguntó.

.

, dijo para tranquilizarla mientras apoyaba sus manos sobre los hombros de su esposa e intentaba uno de aquellos masajes relajantes que sabía que no se le daban nada bien.

.

Jonathan no tenía idea. Lo mismo había hecho esa mañana cuando el accidente de Pete. ¿Estaba relacionado con eso o había algo más que lo habría perturbado de forma tal que lo hiciera huir de casa? Y si así fuera, ¿qué pudo ser ese algo? De nuevo, no tenia idea. Lo que si sabia con certeza era que su hijo tampoco estaba en casa de los Braverman, donde él había pasado toda la tarde trabajando. Así que cansado y todo, no quedaba más que salir a buscarlo y cerciorarse que estuviera bien. Fue entonces que el teléfono sonó ruidosamente. Antes que timbrara por segunda vez, ya Martha estaba respondiendo con un apurado .

Quienquiera llamara había hecho el milagro de calmarla, observó Jonathan. Eso significaba que debían estarle dando buenas noticias y eso en términos generales era bueno, dadas las circunstancias. Esperó pacientemente a que su mujer se despidiera luego de una cascada de agradecimientos y un para enterarse que su hijo había estado en casa de Nell con su sobrina Lana y que no hacía mucho había emprendido el camino de regreso.

, le dijo a su esposa, antes que ella lo pidiera. La besó y salió de nuevo.

Jonathan abrió la puerta de la camioneta presto a subir a ella, cuando escuchó un ruido, un golpe seco proveniente del granero. Miró hacia allá y notó que dentro brillaba una luz blanca continua, no la luz amarilla a la que las pocas bombillas del techo lo tenían acostumbrado. Comenzó a acercarse para averiguar de qué se trataba, cuando algo salió proyectado por la puerta de madera, en la que quedó una pequeña abertura por donde aquel objeto hizo su salida violenta, dejando trozos de madera por doquier. Por un momento, la mente confusa de Jonathan se negó a creer lo que acababa de ver y apenas si reaccionó echándose para atrás cuando un hombre en traje negro, más grande que ningún otro que conociera en Smallville, terminó de romper la puerta. Aquel hombre lo miró con desprecio, como quien mira una cucaracha a la que ni siquiera vale la pena aplastar con la bota de un zapato viejo y lo ignoró, avanzando con paso firme en dirección a donde el objeto se estrelló.

Jonathan se quedó paralizado durante varios segundos. Luego, como si una corriente lo sacudiera de su estupor, entró en el granero. La cámara secreta estaba abierta de par en par y un objeto esférico del que provenía la luz blanca, flotaba sobre ella. No se detuvo a inspeccionar ninguno de los dos. Sin dudarlo, fue hasta uno de los anaqueles del fondo y de allí saco un viejo rifle. Lo cargó con un par de cartuchos y echó unos cuantos más en los bolsillos de su saco. Listo o no, salió de nuevo en persecución de aquel gigante, no tenía alternativa. Porque para su horror, ahora sabía a ciencia cierta que sus ojos no lo habían engañado la primera vez y que aquel objeto que salió volando por la puerta y que fue a estrellarse en medio de su plantación, no era otro que su pequeño hijo.

Su corazón palpitaba a más de lo que podía dar.

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miércoles, 13 de junio de 2012

El niño que aprendió a volar - Capítulo 7

Sorpresa en el granero

Clark bordeó la esquina, vio la camioneta de su padre entrar a la granja y se detuvo, ya no corrió más. Por mucho que quería llegar y abrazarlo, sabía que iban a reprenderlo por estar afuera tan tarde y es que para cuando llegó a la verja de la entrada, ya las estrellas comenzaban a poblar el cielo nocturno. Se ajustó la chaqueta roja, su segunda chaqueta favorita y que ahora se había convertido en la primera, ya que aquella otra la había perdido en la mañana. Exhaló un pronunciado suspiro y continuó camino a la casa con paso lento.

Mientras caminaba, Clark rememoró los acontecimientos del día y por mucho que lamentaba haber lastimado a su amigo, se maravillaba de haberlo podido derribar, algo que nunca había podido hacer antes. Ni que decir del salto con que alcanzó la cima del viejo molino o el haber recorrido la distancia desde la casa de los Lang en unos pocos segundos. Con algo más de esfuerzo, estaba seguro que podría salvar esa distancia en menos tiempo del que tomaba a su padre recorrerlo en la camioneta. Quizás incluso podría ser más rápido que el tren de la mañana, que pasaba a unos kilómetros de la granja. De lo que no estaba tan seguro era de querer compartirlo con Pete y los demás. Luego del incidente en el colegio, temía que sus amigos quisieran apartarse de él para que no los lastimase. Frustrado, pateó una piedra con rabia y cuando esta perforó la pared de madera del granero, comprendió que debía aprender a controlar su nueva fuerza si no quería que sus temores se hicieran realidad. Quizás su padre le podría ayudar, a fin de cuentas, él todo lo podía.

Antes de entrar a la casa, Clark se desvió para echar un vistazo al daño que acababa de hacer al granero. Al acercarse a la pared, escucho un zumbido, como si millares de abejas hubieran tomado posesión del granero y lo hubieran convertido en su panal. Curioso, entró. Lo que encontró era nada que hubiera visto antes, como no fuera tal vez en alguno de los seriales de Buck Rogers o Flash Gordon que daban los fines de semana en televisión o los que había visto en la función matinal de los domingos en el cine del pueblo.

En el centro del granero, una esfera plateada flotaba a unos metros del piso. Eso era la fuente del extraño zumbido. Hacia el centro se dibujaba un marco rectangular cuyo interior rompía la monocromía de la superficie y permitía un atisbo al interior, donde luces de colores parpadeaban con cadencias varias. Bajo la esfera, se abría lo que parecía ser un portal… no, no un portal, era una puerta oculta. Alguien había encontrado la entrada a una cámara secreta oculta en el piso del granero. Clark había estado allí incontables veces y nunca la había visto antes. Picado aún más por la curiosidad, se acercó con sigilo para ver más. Desde el borde, sin atreverse a bajar, descubrió que se trataba de una pequeña bodega. Allí habían varias cajas, posiblemente con periódicos viejos u otros documentos y en medio de ellas, una manta llena de polvo y parcialmente removida cubría lo que parecía ser un pequeño cohete, o sería acaso ¿una nave espacial? ¡Una nave espacial! Con la boca y ojos abiertos de par en par, extasiado en la contemplación de aquel objeto inanimado que por alguna extraña razón le resultaba familiar, el golpe lo tomó por sorpresa.

Un objeto metálico, duro y electrizante lo golpeó en la cabeza, arrojando su pequeño cuerpo a varios metros. El golpe habría sido fatal para cualquiera, incluso para un adulto. Pero aquel niño se había repuesto milagrosamente de la embestida de un toro semental de incontables kilos de peso y desde entonces, su cuerpo continuaba desarrollando facultades que muchos tildarían de milagrosas. Fue así que lo que de otra forma habría resultado ser un golpe mortal, tan sólo lo dejó atontado unos momentos. Poco a poco recuperó la compostura. Sin embargo, sus oídos estaban fuera de control, un efecto secundario de haber recibido el golpe cerca de su oído derecho. En consecuencia, el zumbido producido por la esfera ahora sonaba como un chillido insoportable. Tropezó al intentar ponerse de pie y cayó sentado. Cerró los ojos y se cubrió los oídos con sus manos, intentando en vano bloquear aquel sonido.

Clark percibió una presencia acercarse y entreabrió un ojo para ver de quien se trataba. Delante suyo, un gigante en un ajustado traje negro sostenía un enorme mazo electrificado, sin duda el objeto con que lo había golpeado. El extraño usaba una especie de diadema en su cabeza calva y aunque lo vio mover los labios, no pudo escuchar una sola palabra de lo que decía.

De hacer podido, esto es lo que Clark habría escuchado:

.

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miércoles, 6 de junio de 2012

El niño que aprendió a volar - Capítulo 6

Dos buenos amigos

Una suave brisa recorrió las planicies de Kansas, agitando suavemente las espigas de trigo plantadas por doquier, todavía a la espera de ser cosechadas. En un claro, de espaldas a un viejo árbol tapizado con hojas amarillas y cerca a un elevado molino de granja, encargado de bombear agua desde las profundidades, dos niños se encuentran casualmente.

, preguntó la pequeña niña.

, balbuceó Clark, nervioso pero sin entender la razón del por qué, algo que solía ocurrirle cada que se encontraba con Lana.

, cuestionó ella con incredulidad. Entre ese lugar y la granja de los Kent no debían haber más de tres kilómetros y aunque no resultaba una distancia considerablemente grande, para un niño de su edad era como caminar hasta la Luna.

, se apresuró a corregir Clark. . La franqueza de su respuesta debió bastar para Lana, porque no insistió en el tema. Se hizo un silencio que ninguno parecía saber como romper, hasta que Clark se animó a preguntar: .

, comentó con ensoñación. Clark asintió con una sonrisa picara, sin atreverse a confirmar con conocimiento de causa, lo que para ella eran suposiciones.

Lo invitó a que la acompañara hasta la casa donde su tía podría convidarles algo de tomar, pero él cortésmente declinó. Ya era casi de noche y prefería .

.

, confesó con voz apesadumbrada. Y aunque le causaba dolor expresarlo en voz alta, estaba complacido de poderlo sacar de su pecho, donde dolía mucho más.

Ella no dijo nada, tan sólo lo abrazó, una inocente manifestación de afecto que tuvo un efecto increíblemente reconfortante en Clark, que cerró los ojos para aprovecharlo al máximo. Este contacto produjo en él una sensación diferente a la que experimentaba con los abrazos de los Kent. Fue un intercambio de energía tan agradable, que su corazón palpitó con más fuerza y fue brotando de dentro de sí una oleada de calor tal, que se le sonrojaron las mejillas y dejó una marca grabada en la corteza de aquel viejo árbol cuando ese calor salió proyectado a través de sus ojos azules, ahora abiertos de par en par.

, preguntó asustado, separándose violentamente y rompiendo así el abrazo que Lana le había compartido con tanto cariño.

La niña, apenada, trató de justificar su comportamiento: .

Clark quiso interrumpirla para decirle que no se refería a su abrazo sino a la misteriosa ráfaga de calor que escapó por sus ojos, pero algo le dijo que no era el momento, que era mejor callar e ignorar la delgada columna de humo casi imperceptible que había quedado en aquel árbol como única huella de lo ocurrido.

, dijo avergonzado por haberla hecho sentir mal. Le puso una mano en un hombro y la miró con ternura hasta que ella le correspondió con una sonrisa. .

Lana vivía en casa de su tía, Nell Potter, quien la tenía bajo su tutela ante la continua ausencia de su padre, el reconocido arqueólogo Thomas Lang, que usaba su trabajo de exploración en el exterior para olvidar la muerte de su esposa. Frente al portón de su casa, Clark le compartió a su amiga aquello que más lo atormentaba desde que descubriera lo que ya sabemos: .

, dijo ella, intentando responder lo mejor que pudo. .

, reconoció Clark, con una urgencia nueva por correr a los brazos de la única mujer que había conocido como madre y escuchar la voz del hombre al que se orgullecía de llamar padre. Quizás no fuera su hijo de verdad, pero de momento, eran todo lo que tenía y lo que quería tener.

Se despidió de su amiga y emprendió el regreso, tomando el camino destapado junto a la carretera. Cuando se aseguró de que ella ni nadie más lo veía, echó a correr dejando tras de si una nube de polvo.

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miércoles, 30 de mayo de 2012

El niño que aprendió a volar - Capítulo 5

Meditando por lo alto



Los gritos se escucharon en la cocina y Martha Kent salió a ver de qué se trataba. Frente a la puerta de entrada encontró a tres niños. Reconoció a Pete Ross con su brazo encabestrillado y unas buenas ojeras a consecuencia de tanto llorar. A su lado, el primogénito de los Braverman, un tanto más alto que Pete y con una expresión de quien prefiere estar en otra parte o jugando en algún lado antes que andar haciendo una visita vespertina. La tercera era una niña de cabellos color dorado pálido a quien nunca antes había visto.



El muchacho levantó el brazo tanto como pudo antes de sentir un poco de dolor y se limitó a responder al reclamo con un humilde , y luego como si fuera algo normal andar con el brazo colgando, continuó:

.

Martha subió al segundo piso, tocó la puerta del cuarto de Clark y al no tener respuesta, entró. La única señal de que su hijo estuvo allí, era la cama desarreglada. La ventana estaba abierta y con los acontecimientos recientes, Martha contempló la idea de que hubiera salido por ahí, algo que no parecía posible ya que afuera no había nada que le permitiera descolgarse hasta el piso. Lo más seguro, concluyó, es que hubiera salido por la puerta de atrás luego que Jonathan se fuera a cumplir con el compromiso adquirido en la mañana con Henry Rosenthal, el dueño de la distribuidora de grano. El rostro de decepción fue evidente en los niños, cuando Martha les comunicó la novedad.

, preguntó inquieto Pete.

No dejaba de sorprenderle lo rápido que corrían los rumores en Smallville. Era casi un milagro que ella y su esposo hubieran podido guardar durante tanto tiempo el origen secreto de su hijo y ya fuera cosa de las circunstancias o del destino, daba gracias por eso.

, respondió con una sonrisa. Le resultaba conmovedor que, aunque en cierto grado Clark tuviera alguna responsabilidad en la lesión de su brazo, Pete estaba preocupado por él en lugar de estar furioso. Eso decía mucho de Pete y un tanto más acerca de Clark, lo que la hizo sentir orgullosa.

.

, respondió Pete. y sin decir más, los tres tomaron el sendero de salida.

Desde su puesto, Clark vio y escuchó claramente la conversación de sus amigos y su madre. Hubiera podido regresar a la casa para estar con ellos, pero realmente no estaba de ánimo para eso. Tampoco quería estar encerrado. Por eso salió sin avisar luego de terminado el almuerzo que con tanto cariño les preparó su madre. Madre. Realmente ella no lo era, ni Jonathan era su padre. Eran una pareja de extraños que lo cuidaban. ¿Dónde estaban sus verdaderos padres? ¿Por qué lo habían abandonado? ¿Por qué no lo habían amado lo suficiente para retenerlo a su lado, tanto como lo amaban los Kent? Todas esas preguntas abarrotaban el pequeño cerebro en su cabeza.

Con el aumento del viento frio y los cielos tornándose cada vez más rojos, Clark reparó en que quedaba poco para que llegara la noche y aunque aquellos no fueran sus verdaderos padres, los quería y lo menos que deseaba era que se preocuparan por su ausencia. Se puso de pie y saltó.

La altura de caída fue mucho mayor que la de un rato antes, cuando saltó por la ventana de su cuarto. La velocidad alcanzada hizo que se produjera un sonido fuerte y seco cuando sus pies golpearon el piso, que se hundió, no por causa de su peso, sino por la fuerza del impacto. Miró hacia arriba y contempló el molino dando vueltas. La base metálica donde estaba sentado hace tan sólo un momento, justo bajo las aspas del molino, tenía una altura mayor que la de la chimenea de su casa. ¿Cómo había podido alcanzarla con tan sólo el impulso de un salto? Una pregunta más que le revoloteaba en su cabeza y una más que se quedaría sin respuesta de momento. Una mayor prioridad surgió cuando escuchó una delicada voz a sus espaldas, llamándole por su nombre.

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miércoles, 23 de mayo de 2012

El niño que aprendió a volar - Capítulo 4

Mentiras, secretos y verdades

El médico terminó de examinar al niño. Aparte de algunos moretones sin importancia, no encontró razón para alarmarse. El pequeño Clark estaba tan sano y fuerte como siempre. Le dio una palmadita en las mejillas y salió del cuarto, dejándolo al cuidado de su madre, quien estuvo con ellos todo el tiempo. , pensó el galeno.

Bajó sin prisa las escaleras hasta la primera planta, donde lo esperaba Jonathan. Sentado en la sala, se le notaba nervioso, agitado y más pálido de lo usual. Sin embargo, lo que menos le agradó al médico, fue verlo sobarse el lado izquierdo del pecho con tanta fuerza e insistencia.

, preguntó.

, contestó Jonathan, confiando en que fuera tan solo eso, un achaque de esos que llegan con los años.

.

Jonathan esbozó una sonrisa forzada.

, advirtió antes que Jonathan pudiera replicar, como era su costumbre, .

El medico tomó su saco y sombrero, que colgaban del perchero a un paso de la puerta y se despidió. Jonathan lo observó subir a su auto, dar la vuelta frente del granero y conducir por el sendero hasta salir de la granja. Martha se reunió con él, bajo el porche de la entrada. Era más de medio día y el sol parecía calentar más que de costumbre.

, comentó Martha.

, musitó Jonathan sin todavía dar crédito a lo ocurrido.

, le interrumpió su esposa, abrazándolo con fuerza, con lagrimas en sus ojos.

Jonathan no estaba tan seguro de eso. Sospechaba que algo más estaba en juego. Precisamente, ese algo que durante los últimos ocho años habían mantenido enterrado, oculto bajo el piso del granero. Un secreto sobre el que ahora comenzaba a tener sus dudas.



La mujer se apartó de su lado y lo miro con determinación: . Se enjugó las lágrimas, las suyas y las de su esposo.

Jonathan asintió y con un beso renovaron sus votos y la promesa de mantener su secreto. Sin embargo, Jonathan no conseguía sacarse de la cabeza una duda que lo venía atormentando sobre su hijo:

En su cuarto, Clark comenzó a llorar. No entendía lo que le estaba ocurriendo ni por qué. Su cuerpo había sanado sorpresivamente rápido y de un momento para acá, podía ver mejor que antes, descubriendo detalles minúsculos en las cosas que lo rodeaban, tanto que casi parecía que pudiera ver a través de ellas. Y no sólo eso. También podía escuchar con claridad prístina cada sonido: el zumbido de las abejas del panal que colgaba del árbol sembrado atrás del granero, el tranquilo respirar de los caballos que descansaban en el establo situado al lado del silo y las voces de sus padres en la planta baja. Fueron sus palabras las que desataron su llanto. Podría no entender muchas cosas, pero si que las personas de allí abajo, aquellas a las que tanto amaba, no eran sus padres.

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viernes, 18 de mayo de 2012

El niño que aprendió a volar - Capítulo 3

En sala de urgencias

gritó el hombre de gruesa constitución que se abrió paso por los pasillos del hospital hasta la camilla de la sala de emergencias, donde un golpeado niño contemplaba con lágrimas en los ojos, el yeso que cubría su brazo derecho. El hombre se detuvo a su lado con una expresión de furia tal, que basto para hacer que el niño olvidara que el acetaminofén no había conseguido mitigar del todo el dolor que la fractura la produjo.

, dijo tímidamente el niño sin siquiera levantar la mirada.

Una enfermera se acercó al hombre y se lo llevó para que llenara algunos formatos y pudiera llevarse al niño a casa. De nuevo, lagrimas enlagunaron los ojos de Pete, pero esta vez no eran causadas por el dolor físico de su lesión, este era un dolor que ninguna analgésico le iba a quitar.

, escuchó saludar a una delicada voz, tan dulce que Pete podría compararla con la voz de un ángel, claro, si conociera la voz de los ángeles. Frente a él, una niña de cabellos dorados que no le llegaban a los hombros debido al corte que llevaba, preguntó apuntando al yeso: .

, Pete se enderezó y decidió impresionar a la niña contando su propia versión de los hechos:

, interrumpió la niña con una sonrisa maliciosa, deleitada en el placer de desenmascarar a ese pequeño y agradable mentiroso.

Pete la miró con sospecha. ¿Cómo podía saber tanto de eso si nunca antes la había visto? .

.

¿Metrópolis? Esa era la ciudad metropolitana de mayor renombre y crecimiento en la costa este y quedaba a varias horas de distancia en carro. El año pasado Pete y sus padres habían ido allá a una de esas que no se molestaron en explicarle. Como sea, le dio la oportunidad de conocer los edificios más altos que había visto en su corta vida. .

.

, preguntó con curiosidad mientras la niña sacaba un marcador de una mochila rosa que colgaba de su hombro. Pete adivinó cuál era la intención de la pequeña y no se molestó en evitarlo. Ella respondió a su pregunta mientras garabateaba su nombre en el blanco yeso virgen que le cubría el brazo.

, recalcó con absoluta confianza.

Pete contempló el nombre en su yeso. Ya no le dolía el brazo y concluyó que eso, tener la oportunidad para conocer a esta pequeña, era lo mejor que le había ocurrido en la vida. Y todo gracias a Clark.

.

Pete salió de su ensueño con el impacto de la noticia. , pensó: .

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miércoles, 9 de mayo de 2012

El niño que aprendió a volar - Capítulo 2

Culpa ciega y sorda

Jonathan terminó de descargar las pacas de maíz y ajustó cuidadosamente la cajuela de la vieja camioneta Ford. Los peones de la distribuidora tomaron la mercancía y la llevaron a la bodega. Henry, distribuidor mayorista y propietario de la bodega, estaba satisfecho con el producto.

, felicitó a Jonathan y le extendió la factura de recibo, junto con el respectivo cheque. Jonathan lo recibió complacido. Con ese dinero esperaba ponerse al día con las deudas de su granja. Henry aprovechó para proponerle un trabajo extra a Jonathan, algo que beneficiaba a los dos:

, respondió Jonathan con una sonrisa.

Antes que Jonathan pudiera terminar, uno de los muchachos que atendía el despacho al público en la distribuidora salió corriendo al patio gritando desaforado: . Con el permiso de Henry, entró a la oficina y atendió la llamada. Su rostro reflejó la preocupación que le causaron las noticias.



, le dijo al despedirse.

No tardó mucho en llegar a la escuela. Smallville era después de todo un pueblo pequeño y aunque algunas casas y granjas quedaran un tanto retiradas unas de otras, las vías usualmente estaban descongestionadas. Parqueó la camioneta y fue directamente al despacho de la directora. Allí, la veterana docente le contó los detalles de lo ocurrido.

.

, preguntó angustiado Jonathan.



Jonathan no perdió otro minuto. Salió de la escuela, saltó a su camioneta y arrancó. No iba a perder tiempo esperando que el Comisario iniciara la búsqueda de su hijo. Abandonó la zona urbana de la ciudad y las parcelas de las granjas comenzaron a llenar el horizonte. Si la directora tenía razón y el muchacho iba camino de su casa, probablemente cortaría por las parcelas, por las tierras de su vecino Ben Hubbard, como acostumbraban hacer cuando salían juntos. Y no se equivocaba. A lo lejos, dentro de los predios de Ben, pudo ver el saco rojo del uniforme de la escuela que llevaba su niño y que destacaba contra los colores verdes y amarillos de los campos. Orilló la camioneta y desmontó. Se acercó a la cerca y comenzó a llamarlo a gritos.

Clark no escuchaba los llamados de su padre. Sus propios sollozos y las lágrimas en sus ojos se lo impedían. Había lastimado a su mejor amigo, lo escuchó gritar de dolor. ¿Cómo podría perdonarse por algo así? ¿Cómo podría Pete perdonarlo por haberle causado semejante daño? Su pequeño mundo se estremecía… no, no era eso. Era algo más. Algo en la tierra...

Jonathan gritaba con toda la fuerza que sus cansados pulmones le daban mientras corría hacia él, pero el niño seguía sin escuchar. Tampoco parecía reparar en el enorme animal que también corría desbocado en su dirección. Al enorme toro negro poco o nada le importó que una cría de humano estuviera en su camino. Le pasó por encima como si nada y siguió su camino. Jonathan sintió que su corazón iba a estallar.

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miércoles, 2 de mayo de 2012

El niño que aprendió a volar - Capítulo 1

Juego de niños

La campana resonó por todos corredores, irrumpiendo en los salones de clase para anunciar el descanso de media mañana. Al igual que el resto de los niños, Clark guardó sus libros de estudio en su mochila, la acomodó en el cajón bajo la tabla de escribir de su pupitre de madera, tomó su lonchera y salió corriendo al patio de recreos que quedaba en la parte posterior de la escuela. El patio de juegos era lo suficientemente amplio para que los casi cien niños que estudiaban allí pudieran distraerse libremente, ya fuera en los juegos de tiovivo, las barras o los espacios dispuestos para armar improvisados encuentros de beisbol casero o de Football americano. Era para un picadito de esto último precisamente, que un grupo de sus compañeros estaban ya organizándose.

, le preguntó su amigo Pete, un peli-mono lleno de pecas que lo tomó del brazo presuroso. .

, respondió Clark y corrió junto a su amigo Kenny para tomar posición en el campo de juego, luego de poner la lonchera junto con todas las demás, amontonadas al borde de la imaginaría línea de meta que demarcaba su cancha de juego.

La pequeña Lana y dos de sus amigas se sentaron bajo la sombra de un árbol desde donde se contemplaba el juego de sus compañeros. La pelirroja saboreaba su merienda mientras sus dos amigas parloteaban sobre algo, la verdad no les prestaba mayor cuidado. Su atención estaba centrada en el juego de los niños, en uno de ellos en particular.

Clark tomó el balón y avanzó hacia la línea de meta contraria. Kenny bloqueó a Pete pero su otro compañero no pudo contener a Brad, que tenía un físico superior aunque compartía la misma edad de sus compañeros. Brad no tuvo contemplación alguna y derribo a Clark con algo más de fuerza de la que realmente necesitaba. Le gustaba apalear a los pequeños sabelotodo y nada mejor que hacerlo dentro del campo de juego, donde podía excusarse con un sencillo .

Lana se puso de pie de golpe y casi derramó la bebida de su botella, un delicioso jugo de fresas preparado por su tía Nell esa mañana.

Clark tenía la vista borrosa por las lágrimas que escurrían por sus ojos. No eran de dolor, prácticamente no había sentido el empujón. Eran de orgullo herido y rabia, al escuchar la mofa que el pesado de Brad hacía a costa suya. Se puso de pie sin limpiarse la tierra de sus jeanes ni los raspones que la caída le había dejado en los codos y se abalanzó contra Brad. Pete se percató del arrebato de su amigo y pensó . Sin pensarlo dos veces, corrió para interponerse en el camino de Clark y bloquearlo antes que fuera demasiado tarde.

Lo siguiente que Pete recuerda, es la cara del enfermero que le decía con voz suave: .

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viernes, 20 de abril de 2012

El niño que aprendió a volar

Hola amigos!

Ha pasado tiempo desde la última vez que publiqué una historia por acá. Mientras acondiciono de nuevo los músculos de escritor (ando escribiendo todavía pero dudo que un lenguaje de programación para computadores cuente como tal), voy a compartir una historia de Fan-Fiction sobre un personaje que me ha interesado desde niño. Aquí les participo el primer párrafo mientras termino el primero de al menos siete capítulos, que recién estoy escribiendo :)

La campana resonó por todos los salones de clase anunciando el descanso de media mañana. Al igual que los demás niños, Clark salió corriendo al patio de recreos que quedaba en la parte posterior de la escuela. El patio era lo suficientemente amplio para que los casi cien niños que estudiaban allí pudieran distraerse libremente, ya en los juegos de tiovivo, las barras o los espacios dispuestos para armar improvisados encuentros de beisbol casero o de Football americano. Precisamente, un grupo de sus compañeros de primaria estaban ya organizándose para empezar un encuentro, donde el ganador se llevaba un preciado premio.

, le preguntó su amigo Pete, un pelirrojo lleno de pecas que lo tomó del brazo presuroso. .


¿Ya adivinaron? Espero que si y que estén un poco interesados.

¡Nos veremos pronto!

jueves, 19 de abril de 2012

Editorial - XI Concurso Nacional de Novela y Cuento en Medellín

Ya está abierta la convocatoria para el XI Concurso Nacional de Novela y Cuento de la Cámara de Comercio de Medellín para Antioquia.

Ciudadanos colombianos naturales o nacionalizados, mayores de edad, residentes o no en el país, que sean autores de una novela o de una colección de cuentos original e inédita, es el perfil de los escritores convocados.

Habrá tiempo hasta el viernes 30 de noviembre de 2012 para enviar obras en las dos categorías contempladas en el concurso.

Más información en la página oficial del Concurso.

Anímate a participar!